Por Andrés Borbón.
En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Borges afirma: “…los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. Pocas líneas más abajo, se arrepiente y declara: “Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are abominable) porque lo multiplican y lo divulgan”. Cualquier lector de Borges sabrá que pocas cosas en él son accidentales y aquí, en menos de una página, el autor capitula y disfraza, ambas cosa a la vez. Sin embargo, se asegura que la primera frase permanezca en la memoria por encima de la otra, que adorna y dificulta al introducirla en mitad de un pasaje farragoso, transitado de citas cultas (falsas, por supuesto). Así es Borges, quien deja caminar a tantos hijos literarios y quien, sin embargo, se espeluzna de la paternidad, de la progenie, o de la cópula. Son numerosas las repeticiones de esa metáfora aterrorizante en su obra. El Gólem es, tal vez, la representación más evidente de este miedo y, ni siquiera siendo cuento, se atreve a insinuar la verdadera naturaleza de su horror. Aprovecha la leyenda judía y crea un hijo asegurándose de poder matarlo con sólo borrar una letra, así como se vale de la mitología griega y ejerce un castigo semejante (¿peor?) sobre Asterión y lo encierra, lo vuelve peligroso, merecedor de la muerte.
Pero el ejemplo más claro (y el más hermoso) de este temor constitucional, nos lo regala en 1944 cuando en Ficciones incluye una de sus mejores prosas: Las Ruinas Circulares donde el protagonista (el hombre gris, el mago, el mismo Borges) llega al redondel de piedras coronado con la efigie de un tigre. Se impone la autoflagelación por lo que ha de hacer y, mareado y ensangrentado, se dispone a realizar el prodigio que le aguarda en el futuro. Los demás hombres le temen (él se teme) y se dispone a soñar un hombre (un hijo), proyecto que había agotado el espacio entero de su alma. Primero se sueña grande, sabio, generoso y trata de sustituir al hijo con un grupo de alumnos, pero se da cuenta de su propio embuste y cambia el colegio por un solo y sobresaliente alumno y vuelve a avergonzarse de aquella paternidad forzada, de cartón. Reconoce su verdadero deseo y, antes de emprender la tarea (el coito), espera la luna llena, se purifica y adora a los dioses. Construye al hijo de adentro hacia fuera, como sucede en la realidad del vientre materno y, por un momento, está a punto de destruirlo (se arrepiente de no haberlo hecho). Pide ayuda a los dioses para infundirle un alma y se la conceden. El demiurgo, entonces, dice Ahora estaré con mi hijo. Se sabe indispensable para insuflarle vida, si no alma. Besa al hijo y, una vez vivo, el mago (Borges) se llena de hastío y comienza a darse cuenta que el hijo le roba la propia vida (el alma) y compite con él por el azoro de los naturales. Se encela. Finalmente, Borges genera (inventa) una catástrofe contradictoria y organiza un incendio que no mata al mago y lo vuelve consciente, aterradoramente, de la misma debilidad que al hijo: su inmunidad al fuego. En el fondo, lo que le asusta al mago (al autor) es saberse generado por otro, más poderoso, y la progresiva disminución del poder que (ahora lo sabe) ha heredado e, implícitamente, malgastado en su progenie.
La única alusión directa de Borges al coito como hecho (no como idea) ocurre en Emma Zunz (El Aleph, 1949) y es la mujer quien lo busca con un desconocido. Dicho acto sirve de excusa a la protagonista para cometer otro que, en comparación al primero, es menos terrible: El asesinato. Hábilmente, coloca en el texto algunas atenuantes: El suicidio del padre y la víctima traidora. Sin embargo, el motor del crimen no es el odio, sino el coito, que le da sentido a la otra muerte. Justifica el asesinato del hombre acusándolo de violación. El alegato de aquél primer crimen horrendo (en su esencia, no en las circunstancias) sirve a Borges para construir una trama policiaca de la que se vale para hacer verosímil la historia.
El horror ante la paternidad tiene dos vertientes en el Borges literario: La cópula y la progenie. La primera desmiente la autosuficiencia del hombre. La segunda, debilita al progenitor. Eso, por lo menos, en un plano abstracto. Concibe a los hombres (a los personajes) como seres que, en circunstancias ideales, merecen la unicidad. Tal “singularidad” sufre las amenazas de la realidad, donde los seres humanos formamos un punto en la línea. Así, el mago de Las Ruinas Circulares se espeluzna de haber sido creado, Emma Zunz se siente con el derecho de matar por haber copulado y el artífice del Gólem se arrepiente de haber engendrado. Tres momentos en la misma secuencia.
Más allá de esto (por añadidura), la abominación de Borges se extiende a los espejos, metáfora del otro, del sí mismo proyectado en un punto alternativo del espacio (como la paternidad). El horror último es, tal vez, el que perfila en Animales de los Espejos (El Libro de los Seres Imaginarios, 1967) donde cuenta cómo los habitantes de estos cumplen una condena ancestral que les impone repetir nuestros movimientos. Sin embargo, son otros. Con dichos antecedentes, Borges insinúa la duda: ¿Y si la imagen no desaparece cuando apartamos la mirada del espejo?
Borges no inventó este miedo ni lo inauguró como tema literario. Hizo algo mucho más importante: Lo transformó en motivo de una genealogía perdurable: Él, sus libros, sus lectores.
October 8th, 2008 at 8:34 am
“Sombra de sombras de otras sombras”.