(Milorad Pavic, Sexto Piso, 2007).
Por Andrés Borbón
La hermosa edición de Sexto Piso contiene dos volúmenes en lugar de uno, en una caja con el nombre de la obra. Hasta aquí, nada extraordinario. Sin embargo, pronto es evidente que no se trata de lo que pensábamos, pues no hay continuidad entre ambos libros.
La segunda sorpresa viene del texto mismo. El inicio es desconcertante: Pavic nos presenta, desde la primera página, al protagonista de la historia: Aleksandar Klozevits, un andrógino que se hace llamar Sandra cuando actúa como mujer y Aleksa, si adopta una apariencia masculina (cabeza rasurada, arete en la ceja). Las sorpresas no paran aquí, pues Klozevits tiene, además de la de criminal, una profesión nada convencional: Vendedor de sueños. Pero no se trata de sueños comunes y corrientes, sino de sueños futuros, y el precio que cobra va desde un felatio (para Aleksa) hasta una vida humana, perpetrada bajo la impunidad de una cercana muerte.
Los primeros capítulos transcurren en una especie de hipnosis olfatoria. Los personajes se nos presentan mediante el olor de sus perfumes y afeites más que por su aspecto físico. El tono onírico (por supuesto) está marcado por un manejo algo arbitrario del tiempo. Un personaje puede enfermar de cancer, ser hospitalizado al siguiente día y morir una semana después, de una metástasis soñada o real, la decisión es del lector. Los hechos transcurren con la velocidad de los sueños: Extensos close ups a detalles mínimos, lentas reflexiones en tres interminables líneas y, después, escenas que suceden a toda velocidad pero que conservan el rigor y la precisión de una sinfonía. Y Pavic no pierde nota. Cuando pensábamos que la novela estaba ya cerrándose sobre sí misma, aparecen los capítulos finales, durante los cuales el que lee siente la tentación de regresar sobre sus pasos y comprobar algunos datos, pero ello equivaldría a hacer trampa.
Queda en el lector, también, resolver algunos otros aspectos de los crímenes con la ayuda del segundo libro: El cuaderno de notas de Eugen Stross, el investigador asignado al caso. Aunque es posible detener la lectura tras el primer volumen, el ejercicio propuesto por Milorad Pavic no concluye hasta que el lector aborda el Libro Azul y se enfrenta a las mismas interrogantes que el detective, un hombre poco convencional y dado a ejercer su profesión de una manera circular, obsesiva.