Aguardo con paciencia mi turno. La entrevista se ha postergado muchas veces y conozco de memoria la secuencia en que sucederán los hechos:
Cada pocos minutos (quince, aproximadamente) llamarán a uno de nosotros: El menos esperado, aquél cuyo aburrimiento le hizo quedarse dormido en los mullidos sillones de la sala o el que regresa del sanitario. No hay un orden preestablecido: El turno siempre llega a tiempo.
La recepcionista me ofrecerá un café y asentiré, moviendo la cabeza de arriba abajo. Al cabo de un rato, regresará disculpándose. Sólo tenemos té, señor. Nunca alcanzaré a beberlo pues el asistente del personaje leerá mi nombre de una tarjeta y saltaré del sillón como un resorte.
Una vez en la puerta, me asomaré a través de las anchas hojas y una voz dirá “¡Entre!” (todos en la sala de espera escucharán el grito). Al llegar frente al escritorio, será visible sólo el respaldo de la silla pues el hombre habla por teléfono, con el rostro vuelto hacia la ventana.
Indeciso, de pie, balanceándome sobre las piernas, retorceré la carpeta que llevo en las manos y morderé mi labio hasta probar la sangre.
Escucharé al hombre sin decir palabra. Diez minutos después, saldré de la oficina y, sin dar las gracias, abandonaré el lugar con el rostro pálido, los ojos desencajados y la inevitable certeza de que la eternidad acaba de comenzar.