Siempre me han molestado las llamadas al celular. Aunque debo reconocer que estar localizable en cualquier momento tiene sus ventajas, debería ser posible ignorar el teléfono sin que nadie se ofendiera. Desde que todo el mundo lleva uno de esos aparatos en el bolso o sujeto al cinturón, los restaurantes, las calles y hasta las iglesias se han convertido en cabinas telefónicas. No me molesta que los demás hablen por teléfono, pero los tonos estridentes o francamente ridículos sirven, en realidad, para satisfacer la infantil necesidad de exhibirse en público. Además de eso, a muchos no parece importarles que los demás escuchen sus conversaciones, por más íntimas, cursis o triviales que éstas sean. No es raro escuchar que alguien recita en voz alta una lista de compras que le está siendo dictada, o que una señora discute el precio de los tintes a voz en cuello, o que una adolescente chilla a su interlocutor que no la abandone, que él es el amor de su vida, que no volverá a chatear con fulanito. Para colmo de males, si la recepción es mala, el recién llamado se pone de pie, camina velozmente hacia una ventana o comienza a dar vueltas alrededor de un punto imaginario como si con ese acto sobrenatural y simbólico conjurara la señal. Ríen, exclaman, se gastan bromas y hasta cantan canciones. Todo ello sin el menor respeto por los demás.
Uno debería tener derecho al silencio.
©Andrés Borbón, 2007.