Cuando acaba el día, viene el grito. Pero nadie escucha. Para hacerlo, hay que prestar mucha atención, fijar la vista, callar los pensamientos un instante. Eso es lo más difícil: No pensar. Los gatos, esos animales nocturnos e impredecibles, escuchan el silencio mejor que nadie. El grito, dirán ellos, es una pausa en la línea del silencio. Otros lo comparan a una mariposa retratada justo después del alba. La mayoría, sin embargo, opina que el grito es como una pluma posándose en el ojo abierto de un cadáver.
© Andrés Borbón 2007