La primera fiera es una posibilidad, un temor desconocido, una duda encubierta por la ignorancia del dolor, por la ceguera que antecede al naufragio en la sangre. Todas las primeras fieras son cachorros adorables, juguetes de pelo espeso para repasar la mejilla, para colgarles un cascabel como si fueran gatos, cachorros inofensivos. El primer rugido, la primera garra, el primer lancetazo del colmillo bastan para quitarnos la venda de los ojos, para desterrar la virginidad de nuestros corazones, para ahuyentarnos del edén.
© Andrés Borbón 2007
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