Los atardeceres y el pasado tienen un nexo indisoluble. A diferencia del alba, la puesta del sol nos indica que algo se ha terminado, que valdría la pena recordarlo, dejar que se disuelva en el olvido o comunicárselo a otros. Sin embargo, el ajetreo de la vida moderna provoca que muchos atardeceres se pierdan para siempre, que pasen inadvertidos o que se les vea como una amenaza. Los días de los atardeceres, temo admitirlo, están contados.
© Andrés Borbón 2007