Guarecernos de los otros, del contacto con los demás, de la proximidad y hasta de la vista de los extraños nos lleva, ineludiblemente, a otro tipo de cercanía, de invasión: La nuestra propia. Desprendernos de la mirada que nos devuelve el espejo, del timbre de nuestra voz, del tacto de la piel que nos encierra es, desde luego, imposible. Por eso es mejor diluirnos en el otro, para escapar por un instante de nosotros mismos, para experimentar efímeramente la lejanía.
Sep 06