Negra Novela Primer Invierno
Sep 12

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Como muchos de mi generación (y de la anterior, supongo), fui seducido hasta el tuétano por las novelas de Lobsang Rampa. Lo digo con el ruin orgullo del irredento, del que no aprende ni aprenderá, del que se siente orgulloso de sus errores, aunque arda saber que lo que ahí pone el inglés que se hizo pasar por tibetano sean puras mentiras, paparruchadas que sólo un adolescente de catorce años como lo era yo en aquella época se pudo haber creído. Y ahí me tienen, fatigando mis tardes en el intento de un viaje astral, consiguiendo con los amigos (tan sorbidos del seso como yo) el dinero suficiente para irnos a las librerías de viejo y rescatar los otros tomos de las sabias enseñanzas del incomprendido lama transformado en ciudadano inglés por obra de una reencarnación en vida. Hasta se me ocurrió convertirme en neurocirujano para ver si era capaz de entender cómo funcionaba la sangrienta operación para abrir el tercer ojo. Como los recursos eran pocos, nuestras capacidades técnicas insuficientes y la supervisión paterna estrecha, no pudimos desarmar un televisor y una cámara fotográfica para construir una cámara Kirlian, pero ganas no nos faltaron. Cuando el material de lectura se acabó (Rampa no alcanzó a escribir más), nos aventuramos a otros terrenos pero, por desgracia, comenzamos a crecer. Del viaje astral y la meditación pasamos a la música de Queen y de ahí a las florecientes púberes que eran nuestras compañeras de escuela y… poco a poco fueron cayendo todos los integrantes de la banda metafísica y atolondrada que alguna vez tuvo tanto empuje como nos lo permitían nuestras cabezas llenas de gorgojos. Al final, no quedó sino el maravilloso recuerdo de, alguna vez, haber creído en algo.

© Andrés Borbón 2007

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