La primera vez que leí un libro de Simenon, allá en la prehistoria de mi bLografía, tuve una especie de revelación (la verdad, las tenía casi a diario) y me dije: Yo quiero escribir así. Luego me pasó lo mismo con Carlos Fuentes, con Vargas Llosa, con Grass, con Cortázar, con Thomas Mann… las lista es casi interminable, pero no incluye a Cervantes, ni a César Aira, ni a Mario Benedetti, ni a Laura Restrepo. Pero Simenon ha sido un caso especial. La nitidez de su prosa es, a la vez, atractiva y aterrorizante. Uno no diría que escribía sus obras en menos de dos semanas. Por el contrario, parecen el producto de una larga tarea, de un cuidado pulir de las palabras. Lo que uno comienza echando de menos (Los Adjetivos), pronto se convierte en una de sus marcas distintivas, en su atractivo principal. La aparente simplicidad de sus textos y su eficacia tiene que ver con los gruesos trazos, con la dimensionalidad de los personajes. El primer libro que leí de él, Carta a mI Juez, es un buen ejemplo de ello, y el más frustrante, al mismo tiempo. Simenon no escribe: Cincela las palabras en la página, de tal modo que el producto tiene relieve, consistencia, verdad. Uno diría que sus novelas son dibujos a crayola, sin retoque, sin engaño, sin adornos superfluos. La poética de Simenon, dicen los que saben, se basa en un truco viejo pero con frecuencia despreciado por la nueva literatura: El poder del verbo, la contundencia de los sustantivos y el destierro de todo lo que huela a adjetivo.
Sep 13