Para leer a Borges se necesita, antes que nada, perder la inocencia, la virginidad. Éste escritor no es para los espíritus puros, para los ingenuos. Hace falta un poco de malicia, algunas lecturas y una biblioteca para confirmar que las referencias no existen, que Borges es capaz de inventárselo todo, hasta a sus lectores.
La primera vez que tuve un libro de Borges en las manos, hace más de veinte años, fue de la manera menos propicia: En una recopilación, una de esas antologías del cuento fantástico impresa en un papel que ya amarilleaba de tan viejo y que, además, había pasado por muchos otros ojos antes que los míos. Algunas frases estaban subrayadas, las esquinas tenían múltiples huellas de dobleces y hallé más de un comentario al margen que me sesgó, me hizo transitar por otros caminos diferentes a los que él ideó. Sin embargo, aún recuerdo la zozobra de mi espíritu cuando los dedos de Borges salieron de las páginas como patas de araña, cuando la mirada hipnótica del ciego me alcanzó, cuando su voz, quebrada y porteña, me contó la historia del otro, la de la biblioteca, la de Emma Zunz, la de Asterión, la del Aleph.
Dicen que nadie puede ser el mismo después de leer a Borges. Dicen que ningún escritor es capaz de sustraerse a su influencia. Dicen que es imposible olvidarlo. Dicen que uno acaba imitándolo. Dicen que sus libros siempre son el inicio de otro libro. Dicen que en el juego de ajedrez que inventó Borges, él es quien mueve los hilos de nosotros, sus marionetas.
Yo no creo ninguna de estas cosas. Sólo escribo.