La primera vez que leí un libro de Simenon, allá en la prehistoria de mi bLografía, tuve una especie de revelación (la verdad, las tenía casi a diario) y me dije: Yo quiero escribir así. Luego me pasó lo mismo con Carlos Fuentes, con Vargas Llosa, con Grass, con Cortázar, con Thomas Mann… las lista es casi interminable, pero no incluye a Cervantes, ni a César Aira, ni a Mario Benedetti, ni a Laura Restrepo. Pero Simenon ha sido un caso especial. La nitidez de su prosa es, a la vez, atractiva y aterrorizante. Uno no diría que escribía sus obras en menos de dos semanas. Por el contrario, parecen el producto de una larga tarea, de un cuidado pulir de las palabras. Lo que uno comienza echando de menos (Los Adjetivos), pronto se convierte en una de sus marcas distintivas, en su atractivo principal. La aparente simplicidad de sus textos y su eficacia tiene que ver con los gruesos trazos, con la dimensionalidad de los personajes. El primer libro que leí de él, Carta a mI Juez, es un buen ejemplo de ello, y el más frustrante, al mismo tiempo. Simenon no escribe: Cincela las palabras en la página, de tal modo que el producto tiene relieve, consistencia, verdad. Uno diría que sus novelas son dibujos a crayola, sin retoque, sin engaño, sin adornos superfluos. La poética de Simenon, dicen los que saben, se basa en un truco viejo pero con frecuencia despreciado por la nueva literatura: El poder del verbo, la contundencia de los sustantivos y el destierro de todo lo que huela a adjetivo.
La lista de cosas que esperamos de la vida es tan larga, tan variada y tan poco original, que fácilmente podríamos intercambiarla unos con otros y no notar la diferencia. Muy pocas se cumplirán, pero eso no es lo importante. Lo que en realidad significa algo es la fuerza con que nos aferramos a la esperanza, la intensidad que ponemos en cada cosa que emprendemos y, por supuesto, el amor con que nuestros ojos recorren esa lista de sueños, de ilusiones.
El invierno es el pretexto para el fuego, para la cercanía, para la cordura que antecede a la primavera. El frío y los abrazos van de la mano, pero también las mentiras y la muerte. Cada vez que alguien mira el calendario y observa que los días están contados, sobreviene la necesidad de recordar, de hacer recuento, de arrepentirse. Por fortuna, lo días fríos pasan y damos la bienvenida al olvido, al siguiente ciclo de errores.
Como muchos de mi generación (y de la anterior, supongo), fui seducido hasta el tuétano por las novelas de Lobsang Rampa. Lo digo con el ruin orgullo del irredento, del que no aprende ni aprenderá, del que se siente orgulloso de sus errores, aunque arda saber que lo que ahí pone el inglés que se hizo pasar por tibetano sean puras mentiras, paparruchadas que sólo un adolescente de catorce años como lo era yo en aquella época se pudo haber creído. Y ahí me tienen, fatigando mis tardes en el intento de un viaje astral, consiguiendo con los amigos (tan sorbidos del seso como yo) el dinero suficiente para irnos a las librerías de viejo y rescatar los otros tomos de las sabias enseñanzas del incomprendido lama transformado en ciudadano inglés por obra de una reencarnación en vida. Hasta se me ocurrió convertirme en neurocirujano para ver si era capaz de entender cómo funcionaba la sangrienta operación para abrir el tercer ojo. Como los recursos eran pocos, nuestras capacidades técnicas insuficientes y la supervisión paterna estrecha, no pudimos desarmar un televisor y una cámara fotográfica para construir una cámara Kirlian, pero ganas no nos faltaron. Cuando el material de lectura se acabó (Rampa no alcanzó a escribir más), nos aventuramos a otros terrenos pero, por desgracia, comenzamos a crecer. Del viaje astral y la meditación pasamos a la música de Queen y de ahí a las florecientes púberes que eran nuestras compañeras de escuela y… poco a poco fueron cayendo todos los integrantes de la banda metafísica y atolondrada que alguna vez tuvo tanto empuje como nos lo permitían nuestras cabezas llenas de gorgojos. Al final, no quedó sino el maravilloso recuerdo de, alguna vez, haber creído en algo.
Si las novelas de Perry Mason hubieran salido hoy a la luz, la gente las tacharía de simplonas, de primitivas, de machistas y hasta de imperialistas. Algo semejante le habría sucedido a Agatha Christie, o a Simenon, aunque éste último se salvaría (apenas) del degüello expedito por los elementos psicológicos que introduce en sus novelas. Sin embargo, casi con toda probabilidad la sentencia de que "La novela policiaca ha muerto" sería verdad, o estaría muy cerca de serlo. Ahora las novelas policiacas deben tener intriga, de preferencia algún complot internacional para desestabilizar al mundo. Hay que dar una clase de historia en cada novela y, además, hay que llevar al lector de paseo por medio mundo. Si la novela se ubica en nuestros pobres países maltratados por la pobreza, entonces uno debe ingeniárselas con los elementos que tiene a la mano: Policías gángsters, narcos, mucho sexo barato y, de ser posible, un protagonista con más defectos que virtudes. El crimen es lo de menos. Ahora la novela policiaca es retrato, no fantasía, y se parace tanto al otro género llamado thriller que poco falta para que ambos términos se fusionen. Por eso, tal vez, se han inventado otro término, el de Novela Negra en donde, por lo general, se descuida lo policiaco y se vuelve más un testimonial que una cosa de ficción. Ha tenido éxito, por supuesto, pero es el morbo momentáneo lo que hace que los libros desparezcan de las estanterías. Después, nadie se acuerda y el negro se convierte en gris, los volúmenes desaparecen de la lista de bestsellers y acaban sirviendo de pisapapeles, en el mejor de los casos.
El llanto, dicen algunos, tiene tanto y tan poco que ver con la tristeza que para conocer la exacta relación entre ambas es indispensable, primero que nada, conocer el motivo de las lágrimas, la identidad del llorante y, de ser posible, la hora del día. Llorar por la mañana es trivial, por la tarde es lastimoso mientras que de noche es el equivalente a invocar a todos los demonios conocidos, a todas las desdichas del mundo, a todas las congojas, al último de lo quebrantos.
Guarecernos de los otros, del contacto con los demás, de la proximidad y hasta de la vista de los extraños nos lleva, ineludiblemente, a otro tipo de cercanía, de invasión: La nuestra propia. Desprendernos de la mirada que nos devuelve el espejo, del timbre de nuestra voz, del tacto de la piel que nos encierra es, desde luego, imposible. Por eso es mejor diluirnos en el otro, para escapar por un instante de nosotros mismos, para experimentar efímeramente la lejanía.
…cuando, escribiendo (siempre escribiendo), advertimos las ineludibles coincidencias de nuestros textos con los de otros escritores, solemos preguntarnos cómo nos han robado la idea, cómo ha ocurrido la usurpación, el plagio, el espionaje, cómo hizo aquél para meterse en nuestro cerebro, en nuestro diario o, más tecnocráticamente, en el disco duro de nuestra computadora. Por lo general, resulta que no ha sido ninguna de estas cosas la que ha ocasionado el incidente, sino que somos tan poco distintos unos de otros que, por fuerza, se nos ocurren los mismos temas, y que son originales, y que alguien nos ha robado…
…hace tiempo que no corro. En alguna época era lo que hacía con más pasión, con ineludible certeza. Podía faltar cualquier cosa, pero no la carrera diaria que era la preparación para el maratón, para la competencia de 10 kilómetros, para mi propio ajuste de cuentas con las metas, con los tiempos… ahora soy más perezoso, pero un corredor de fondo lo será siempre, aunque no se mueva de la silla, aunque envejezca y no sea capaz de recorrer cien metros sin ponerse al borde del infarto. Debería darme vergüenza decir esto, pero es absolutamente cierto…