Tragando Grueso es un proyecto de ficción cuyo protagonista, Julio Vega, es un escritor que hace traducciones para sobrevivir. Las entradas son fragmentos de su diario.
Pared Vacía es, o pretende ser, un trabajo más organizado. Consiste en textos breves (muy breves) cuya naturaleza cae entre la poesía y la prosa.
Elogroliterario es una recopilación de artículos varios sobre temas de literatura entre los que se encuentran críticas, reseñas, ensayos y una que otra narración.
Finalmente, Vloguno: Un refugio autista sin un fin específico, sin temática y donde predominan (aunque ésa no es la intención) algunas reflexiones sobre el blogging.
Mi primer encuentro con la literatura de Sawyer tuvo lugar hace poco, menos de un año. En algún foro literario escuché hablar de su trilogía, y como en ciencia ficción todo son sagas, inicialmente me hastió la idea de embarcarme en otra lectura serial. Sin embargo, pronto las curiosidad venció mis reservas (que en cuestión de libros siempre han sido pocas) y abordé la lectura del primer tomo de El Paralaje Neanderthal. Al poco tiempo (a las pocas horas) estaba enganchado. Trata, en resumidas cuentas, de un supercomputador cuántico, de la existencia de un universo paralelo donde prevalecieron los neanderthales y de la posibilidad de viajar entre ambos universos. Pero no fue eso lo que me atrajo, sino el suave tono de crítica social del libro. Canadiense, Sawyer tiene muy claras algunas prioridades, como la conciencia ecológica y la necesidad de cesar la autodestrucción. Un autor norteamericano, seguramente, habría visto las cosas desde otra perspectiva. La trilogía no me duró ni una semana. Homínidos, Humanos e Híbridos, así se titulan los tomos que componen esta serie y puedo decir que mi fe en la ciencia ficción renació, tras haber estado en animación suspendida durante bastante tiempo.
La literatura de Sawyer es ágil, económica y cuidada. No hay las típicas circunnavegaciones técnicas que uno suele encontrar en otros autores, pero se mantiene siempre a la vanguardia y basa algunas de sus suposiciones fantásticas en hechos científicos reales, sin fatigar al lector tratando de demostrar su sabiduría. El tercer tomo es, con mucho, el menos brillante, pero ya que se ha uno metido hasta el cuello con los dos primeros tercios, bien vale la pena leerlo para conocer el final de la historia.
Para conseguir la gracia divina es necesario, opina la mayoría, ser bueno. Por desgracia, en los tiempos que corren ésta no es una tarea sencilla, comenzando porque nadie se pone de acuerdo en las definiciones y lo que algunos Dioses condenan, otros lo perdonan. Así las cosas, habrá que elegir al Dios que mejor se adapte a nuestro estilo de vida.
Cuando pienso en las veces que he regresado a este lugar, me doy cuenta de lo inútil que resulta todo esto. La verdad, por fortuna, es efímera y olvido pronto. Una vez que la memoria queda libre de remordimientos, vuelvo al parque para ayudar a que el recuerdo continúe adaptándose a la modernidad. Así, las cosas jamás cambian. El mismo sol que brillaba ayer sobre la fuente del pequeño jardín se convierte, de pronto, en aquél que iluminó sus ojos hace tanto tiempo. Y las palabras que acabo de inventar para sus labios se repiten, interminablemente, a lo largo de los años que tengo imaginándola.
Teñir nuestra piel con otra piel, disfrazar el olor de los poros con otro aroma, desistir de la distancia, del desencuentro, derrumbar los muros de aire que nos separan, invocar el sabor de otra boca, escuchar otras palabras como si vinieran de nosotros mismos, arrepentirnos de los pasos que nos alejan, corromper la distancia, exorcizar la lejanía… son tantas las metáforas que invocan el encuentro que uno termina, inevitablemente, dándose cuenta de lo solos que estamos.
…¿cuando es suficiente? Tratándose de las palabras, nunca se sabe. Son criaturas exigentes y escurridizas, que se dejan ver, tocar, pero no poseer. Por lo general, las ideas pueden expresarse en pocas palabras, pero éstas invitan a sus amigas para organizar una fiesta y todo acaba convirtiéndose en un desfile de palabras que son suficientes pero, al mismo tiempo, demasiadas…
…los blogs están habitados, no hay duda de ello. Cuesta trabajo hacerse a la idea de que un espacio que no exista tenga ciudadanos, pero es así. Los condóminos del blog van y vienen, dejan su equipaje, se mudan y, a veces, regresan. Tienen un lugar asegurado y, a veces, se quedan a vivir en él. Son promiscuos, pero silenciosos. Los pocos que se dejan ver de vez en cuando lo hacen como los fantasmas en las casas encantadas: Una sombra que pasa, un murmullo que se adivina. Sin embargo, uno sabe siempre que están ahí…
Recuerdo perfectamente mi primera lectura de José Agustín: De Perfil, en una edición que aún conservo, cuando todavía era escritor de Mortiz (cuando Mortiz era Mortiz). Tenía quince años y elegí el libro (entresacado a hurtadillas de la biblioteca paterna) por la fotografía de la contraportada: Un joven de apariencia retadora, con la cabeza inclinada y mirándome con cara de ¿te atreves? Por supuesto que me atreví, y devoré el libro en dos días. Luego vinieron otros: Inventando que Sueño, El Rock de la Cárcel, La Tumba… todos los que pude conseguir. José Agustín se convirtió, desde entonces, en mi autor número uno. Cuando uno es adolescente, siempre hay "números uno". Luego maduramos y el proceso va de la mano con el desencanto, con la desdicha. Conforme crecía, comencé a desdeñar la literatura de José Agustín, a sentirla insuficiente. Quería grandes libros, libros gruesos, libros que me sacaran sangre, no sonrisas. Por eso dejé de leerlo, lo relegué a un honroso pero inmóvil rincón de mi biblioteca donde permaneció muchos años… Pero uno sigue creciendo y vienen las reconciliaciones y hallé la grandeza que antes no supe ver en sus libros. Ha sido un proceso largo y en ello ha tenido que ver mi propio reencuentro con las palabras. Releer a José Agustín es descubrir cosas nuevas, es arrepentirse de la propia soberbia, es reconocer la grandeza de lo simple, la dificultad de lo cotidiano. No he regresado a la etapa de los "números uno", pero me voy acercando y José Agustín, como antes, está ahí.
La oscuridad es, todos lo sabemos, terreno propicio para los recuerdos, para la desdicha. Cuando se acaba la luz, comienza la memoria. Cuando llega el silencio, los susurros se vuelven estridentes. Cuando nos abandonan los demás, quedamos con nosotros mismos, a solas con el pasado. Por eso el insomnio es tan desolador, tan temido, tan corrosivo. Las noches en vigilia se convierten en recuentos, en catálogos, en cadenas de reproches que enroscan su cuerpo alrededor de nosotros y nos asfixian.
…he leído por ahí que los blogs son hechos por amateurs, que la calidad de lo que se dice en ellos no puede compararse al trabajo de profesionales pero… ¿no todos somos amateurs hasta que el dinero entra en juego? La profesionalización de los blogs jamás será un fenómeno extendido, o ello equivaldría a monetizar los sueños y la vida misma…
“Ah, ahora recuerdo. Ahora recuerdo dónde estoy. Y quién soy. De vuelta en la vieja cloaca de Nueva York donde nací, el lugar en el que no conocí más que hambre, humillación, desesperación, frustración… todas esas malditas cosas. Nada más que sufrimiento. Miro sus jodidas calles y no veo más que miseria, nada más que monstruos. […] A medida que pasaron los años se hizo incluso más horrible para mí. Cuando me acuerdo del puente de Brooklyn, que por entonces era el único que existía… Cuántas veces habré caminado sobre ese puente con el estómago vacío, una y otra vez, buscando una limosna, sin conseguir nunca nada… vendiendo periódicos en Times Square, pidiendo en Broadway, volviendo a casa con diez centavos, tal vez. No me extraña que me hayan quedado estas jodidas pesadillas de por vida. Ni siquiera me explico cómo sobreviví, ni cómo estoy todavía cuerdo. De hecho, aún no sé muy bien si estoy despierto o soñando. Mi vida entera me parece ahora un largo sueño, salpicado de pesadillas”. Henry Miller(In English)