
Cuando pienso en las veces que he regresado a este lugar, me doy cuenta de lo inútil que resulta todo esto. La verdad, por fortuna, es efímera y olvido pronto. Una vez que la memoria queda libre de remordimientos, vuelvo al parque para ayudar a que el recuerdo continúe adaptándose a la modernidad. Así, las cosas jamás cambian. El mismo sol que brillaba ayer sobre la fuente del pequeño jardín se convierte, de pronto, en aquél que iluminó sus ojos hace tanto tiempo. Y las palabras que acabo de inventar para sus labios se repiten, interminablemente, a lo largo de los años que tengo imaginándola.
© Andrés Borbón 2007