Feb 27

Hoy fui a comer al mismo lugar de siempre. Se trata de una pequeña fonda cuyo nombre siempre me ha hecho reír: "El Recuerdo". Es atendida por dos mujeres que no podrían ser más distintas. Una es gorda y la otra flaca como una escoba. La flaca tiene muy mal carácter. Siempre lleva el gesto hosco y parece como si le molestara ver aparecer a los clientes en la puerta del negocio. Atiende las mesas con rudeza, sin decir palabra mas que cuando pregunta qué es lo que el cliente prefiere del menú. Sin embargo, es rápida y jamás olvida nada. La gorda, en cambio, es un pozo inagotable de amor y ternura. Ríe todo el tiempo y me da la impresión de que le gustaría abrazar a cada uno de los comensales con aquellos brazos rollizos, y apretarlos contra sus enormes tetas hasta que se asfixien. Me llama siempre por mi nombre. Cuando me ve, grita: "¡Juli querido! ¡Qué gusto!". La mujer, no obstante, tiene memoria de teflón y suele equivocar los platillos dos de cada tres veces. Cuando el cliente le hace notar su error, se da golpes en la frente con sus grandes manazas de dedos como chorizos y ríe, enseñando todos los dientes, que son perfectos y blanquísimos. Se disculpa por lo menos diez veces y se lleva los platos, aunque lo más probable es que los vuelva a confundir unos minutos después. Es tan amable y tan simpática que nadie se molesta, pero la mujer flaca es otro cantar: La reconviene frente a todo el mundo y le dice que es una inútil, que no es capaz ni de servir una mesa. La gorda, sin embargo, no se agüita. Suelta la carcajada y le dice a su compañera que no es para tanto, que le van a salir piedras en la vesícula de tanto hacer corajes. Una mujer sabia, a pesar de su estupidez.

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Feb 25

Por lo general escribo de noche, cuando el barullo de la ciudad se ha apagado un poco. Vivir en el centro significa, entre otras cosas, que el ruido jamás cesa. En la madrugada, por lo menos, la capital va un poco más despacio, aunque siempre pueden escucharse las sirenas de las patrullas, alguna ambulancia o los gritos de algún borracho perdido. A diferencia de otros autores, me resulta casi imposible escribir y escuchar música al mismo tiempo, pues soy incapaz de hacer dos cosas a la vez. Si dejo el televisor o la radio encendidos, al poco tiempo mis personajes comienzan a hablar como el locutor del programa en turno, o se ponen a tararear la canción de moda. Por eso busco el silencio, aunque a veces éste es escurridizo y se cuelan hasta mí las conversaciones de los vecinos, los portazos demasiado enérgicos y una que otra discusión.

Escribo directamente en la computadora. Sin embargo, cuando alguna frase se me atora en la imaginación, tomo un bloc de notas y garabateo el pasaje a lápiz. Cuando me inicié, solía escribir siempre de esta manera pero, poco a poco, fui dejando de escribir a mano cuando la computadora acaparó buena parte de mi actividad diaria. Muchos dicen, con razón, que no es lo mismo. Coincido con ellos, pero resulta mucho más práctico, sobre todo porque tiendo a corregir en exceso y teclear una y otra vez la misma página en la máquina de escribir es algo que se encuentra más allá de mi capacidad de tolerancia. No obstante, de vez en cuando me invade la nostalgia y me siento frente al aparato chirriante para traer de vuelta aquellos viejos tiempos.

Soy un sentimental.

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Feb 20

Hoy soñé que caía. Hasta aquí, nada del otro mundo, pues todos hemos soñado alguna vez que caemos. Lo curioso de mi pesadilla es que caía y me destrozaba contra un empedrado como el que puede verse en muchas ciudades europeas: Pequeños tabiques rectangulares colocados primorosamente. El sueño se repitió infinidad de veces e, invariablemente, me hacía papilla contra las pulidas baldosas oscuras de alguna calle que jamás he visitado. En ocasiones caía de cabeza, otras de costado, de pie, de espaldas. No había testigos, y tampoco recuerdo las circunstancias de la caída. Los psicólogos dicen que no es normal morir en los sueños, que las personas recurrimos a nuestro instinto de supervivencia para evitar el daño, aún si éste es imaginario, y que la mayor parte de las personas interrumpen el sueño cuando se acerca la catástrofe. Sin embargo, ayer en la noche morí por lo menos diez veces y desperté con un terrible dolor de cabeza, ansiando un cigarro y sin ganas de trabajar. Mientras fumaba, revivía las imágenes del sueño y eso bastó para que, inquieto, atemorizado por las imágenes que daban vueltas en mi cabeza, me levantara de la cama y encendiera la computadora. Me puse a teclear frenéticamente para olvidar mi propia muerte y el resultado fueron muchas páginas de mierda pura. No cabe duda que es mala idea que los cadáveres se sientan escritores.

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Feb 18

Nunca he creído en el destino. Me parece que el mundo es demasiado complejo para que todo esté planeado con anticipación. Además, el solo hecho de pensar que somos incapaces de cambiar el rumbo de los acontecimientos me pone de mal humor. Pienso que las personas construimos cada uno de nuestros días y que, a pesar de que las posibilidades son infinitas, tenemos la capacidad de elegir una entre el abanico de opciones.

Hoy caminaba tranquilamente por los alrededores del edificio donde vivo y, mientras lo hacía, miré hacia abajo y encontré un listón tirado en el suelo. Era rojo y me llamó la atención la manera en que se enrollaba sobre sí mismo, formando una espiral casi perfecta. Me incliné, lo tomé entre mis dedos y estuve observándolo unos instantes antes de guardármelo en el bolsillo del pantalón, junto a las llaves y los cigarros.

Unos metros más adelante, en una esquina donde tuve que detenerme brevemente para mirar en todas direcciones y evitar que me atropellaran los automóviles que circulaban a toda velocidad, vi a una chica. Era muy hermosa, con ojos enormes de apariencia sorprendida y cabello castaño sujeto en la nuca con un listón de color rojo idéntico al que había encontrado. Por un instante, me cruzó por la mente la idea de que ella era la dueña del otro.

Me acerqué a la muchacha. Sin decir nada, saqué el listón de mi bolsillo y se lo tendí. Ella me miró con el ceño contrariado y negó con la cabeza. Después, me dio la espalda y comenzó a cruzar la calle.

Una prueba más de que el destino no existe.

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Feb 16

Por azares del destino, me he ganado una licuadora. Como lo oyen: Uno de esos aparatos que sirven para moler cosas, preparar licuados, malteadas, hacer salsas y otras monerías. Jamás cocino, pero compré el boleto para el sorteo a una niña que me miró de la misma manera que Bugs Bunny cuando el cazador (Elmer) está a punto de matarlo. Me enterneció la chamaquita, debo admitirlo, y desembolsé los veinte pesos que costaba el pedazo de papel garabateado a mano.

Una semana después (hoy), llegó la misma niña con una caja bajo el brazo y me la entregó sin decir palabra. Eran las siete de la mañana, yo acababa de levantarme y ostentaba una melena desarreglada que, seguro, le habrá quitado las palabras de la boca. Cualquiera se asusta con el aspecto de orangután desvelado que tengo en las primeras horas del día, así que no la culpo por haber huido por el corredor del edificio con la misma urgencia que si acabara de ver a Satanás.

Abrí la caja, extraje la licuadora, la conecté al enchufe y probé los controles. Funcionaban a la perfección.

Ahora sólo falta saber qué voy a hacer con la licuadora. Podría preparar una salsa, pero en el refrigerador no hay un solo tomate, ni un chile, ni un ajo. ¿Un licuado? Si tuviera leche tal vez sería una buena opción.

Tras dos horas de profunda y concentrada meditación en torno al flamante electrodoméstico, regresé la licuadora a su empaque y me hice un sándwich de atún.

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Feb 15

He pasado toda la mañana hablando con Armando, mi editor, quien ha comenzado a presionarme acerca del libro que estoy escribiendo. Lo que comenzó como una charla amistosa en el restaurante del Sanborns de Cuicuilco se trasladó al bar y mutó a una discusión donde ambos nos transformamos en dos semi-borrachos irracionales y necios. Tras cuatro vodkas, Armando estaba rojo como Santa Claus y yo tan enojado con él que comencé a llamarlo Nando, lo cual siempre le saca piedritas en la vesícula.

Pero, al final, se ha impuesto él. Firmé un contrato, me gasté el anticipo y tengo una fecha de entrega, la cual debo respetar aunque no sé cómo voy a hacer para terminar a tiempo. Trabajando día y noche, ha dicho Armando, y le he plantado una cara que podría competir con la mirada asesina de Hannibal Lecter, o de Charles Manson, o de Ted Bundy, por lo menos. Finalmente, he pasado de las recriminaciones furibundas a las súplicas mariconas y Armando accedió a darme un mes más. Eso significa que tengo tres meses para terminar mi "Obra Maestra", como la ha llamado él un poco burlonamente. Aquello me ha puesto en un dilema: Contestarle como se merece o tragarme mi orgullo. Haciendo acopio de toda mi prudencia, he festejado su pequeña broma, aunque en el fondo tenía ganas de sacarle los ojos con los pulgares.

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Feb 14

Lo digo en serio, señoras y señores (y señoritas, si algún alma virginal visita este sitio pecaminoso): Si no hay café en el cielo, prefiero fundirme hasta el tuétano en el infierno si en el menú de Mefistófeles hay espresso y, por lo menos, un par de galletitas. No pido mucho, opino yo.

Jamás he podido trabajar decentemente sin una buena taza de café caliente justo después de abrir el primer ojo. El segundo lo despego a los pocos segundos de que el líquido negro, fragante y corrosivo comienza a atravesar mi garganta rumbo al gastrítico (o ulceroso) estómago. Aquello es como volver a la vida después de haber estado muerto. Eso habrá sentido Lázaro cuando el buen Jesús lo sacó todo podrido de su tumba y le ordenó levantarse y beber un largo trago de Nescafé Ristretto o Clásico, aunque no estoy seguro que en aquellos bíblicos tiempos la bebida haya tenido la popularidad de que disfruta hoy, ni que a los judíos les estuviera permitido beber esta diabólica bebida inventada por sus archienemigos árabes.

Pero dejémonos de herejías: Saco todo esto a colación porque se me terminó el café y he pasado una mañana endemoniada, mentando madres, sin poder despertar totalmente y asediado por intenciones homicidas contra el dueño de la tienda de la esquina que justo hoy ha decidido no abrir su grasiento negocio, donde lo más que podría encontrar es un frasco de Café Oro que sabe a mierda tostada pero el cual, por lo menos, me habría sacado de apuros.

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Feb 13

Hoy me sucedió algo insólito: Recibí un correo electrónico de un lector (o lectora) que firmaba con el nombre de Ío, igual que la luna de Júpiter.

Transcribo textualmente el curioso e-mail:

Señor Vega [ése soy yo]:

Sepa que he leído con mucha atención las primeras entradas de su blog Tragando Grueso y que los puntos de vista que ahí expresa me llenan de consternación, de justificado espanto. No cabe duda que se trata del producto de una mente enferma, de un solitario que pretende llenar su vida con aberraciones de calidad discutible y que no hacen sino vulnerar la lengua que en la que usted pretende expresarse pero que seguramente desconoce. Desista, señor Vega. El mundo no necesita una cloaca más…

La carta sigue y sigue en el mismo tono por espacio de varias páginas y debo admitir que, en un principio, tuve la intención de tomármela en serio. Sin embargo, pronto se impuso el sentido común y me dije que lejos de entristecerme por ella, debería brincar de júbilo. Con suerte, Ío se convertiría en mi más fiel lector (o lectora). La fascinación y el espanto tienen el mismo padre: El morbo.

Imprimí la carta, la perforé cuidadosamente y la añadí a mi carpeta de documentos memorables para releerla cuando estuviera deprimido.

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Feb 12

Mi trabajo consiste en traducir pendejadas. Montones de pendejadas. Ahora mismo me encuentro a la mitad de un libro de cocina tailandesa, pero he traducido de todo: Manuales de computadora, anuncios de comida para gatos, tratados de jardinería, membretes para condones y hasta uno que otro relato cachondo de esos que la gente lee en el retrete para aprovechar la intimidad y menéarsela un rato. Estos libritos que se leen con una sola mano son los que mejor pagan. Por lo general me lleva un día o dos terminarlos y, como todos los traductores, agrego siempre algo de mi cosecha. Me agrada pensar que mi discreta intervención mejora considerablemente la calidad literaria de esos folletines y habrá miles de hombres (y de mujeres, por supuesto) que le deben a mi arte un buen orgasmo, un sueño reparador o, por lo menos, una sonrisa en los labios.

Alguna vez me cruzó por la mente la peregrina idea de escribir literatura erótica, pero desistí al poco tiempo pues mis heroínas eran todas iguales y tenía la absurda costumbre de pintar siempre escenas con velitas, cerezas en el ombligo, miradas arrobadas, gemidos extáticos y caricias aterciopeladas. Según mi editor, aquellas historias sólo les interesarían a las adolescentes, a las vírgenes o a los retrasados mentales. No estuve completamente de acuerdo con Armando (mi editor), pero debo admitir que tenía algo de razón: Mientras más mierda haya en una historia, mejor se vende. Por eso desistí de mi empeño: No se me da bien hablar de violaciones colectivas, sadomasoquismo ni orgías.

Nadie es perfecto.

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Feb 11

Me levanté de muy buen humor. Sin embargo, el primer pensamiento que me vino a la cabeza (después de orinar, por supuesto) fue el blog. Eso me agrió el resto de la mañana.

Impulso Número Uno: Eliminar el blog.

Impulso Número Dos: Borrar la primera entrada y pensármelo mejor un par de días antes de llenar el sitio de más estupideces.

Impulso Número Tres: Hacerme unos huevos estrellados y olvidarme del asunto. Con suerte, los hados de la informática harían caso omiso de lo que escribí y lo mandarían al purgatorio de la red. O al infierno, da lo mismo.

Hice caso al Impulso Número Tres y me senté a desayunar unos huevos revueltos (cambié de opinión en el último momento), pero se me había esfumado el apetito, así que piqué un poco, bebí el café y me senté en la computadora para trabajar en la traducción que tenía entre manos. Inútil: Aquél asqueroso libro de repostería se negaba a ser traducido. ¿Por qué demonios los ingredientes tenían que ser tan exóticos? Tras batallar un par de horas con el mamotreto, volví a pensar en el blog.

Salí a comprar cigarros para despejarme un poco y me encontré a la vecina saliendo de su apartamento. Vestía una minfalda de proporciones liliputienses y una blusa de esas que garantizan taquicardias: Piernas largas, implantes bien puestos, zapatillas de tacón y un rostro angelical que provocaba, en combinación con los ingredientes antes mencionados, los peores pensamientos, las fantasías más perversas y una sonrisa de lo más estúpida (la mía, por supuesto).

─Buenos días, vecina.

─Buenos días, Juli ─respondió, y comenzó a bajar la escaleras, con ese caminado tan especial que tienen las mujeres cuando saben que les están devorando el trasero con la mirada.

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