tragando grueso libros para una sola mano
Feb 11

Me levanté de muy buen humor. Sin embargo, el primer pensamiento que me vino a la cabeza (después de orinar, por supuesto) fue el blog. Eso me agrió el resto de la mañana.

Impulso Número Uno: Eliminar el blog.

Impulso Número Dos: Borrar la primera entrada y pensármelo mejor un par de días antes de llenar el sitio de más estupideces.

Impulso Número Tres: Hacerme unos huevos estrellados y olvidarme del asunto. Con suerte, los hados de la informática harían caso omiso de lo que escribí y lo mandarían al purgatorio de la red. O al infierno, da lo mismo.

Hice caso al Impulso Número Tres y me senté a desayunar unos huevos revueltos (cambié de opinión en el último momento), pero se me había esfumado el apetito, así que piqué un poco, bebí el café y me senté en la computadora para trabajar en la traducción que tenía entre manos. Inútil: Aquél asqueroso libro de repostería se negaba a ser traducido. ¿Por qué demonios los ingredientes tenían que ser tan exóticos? Tras batallar un par de horas con el mamotreto, volví a pensar en el blog.

Salí a comprar cigarros para despejarme un poco y me encontré a la vecina saliendo de su apartamento. Vestía una minfalda de proporciones liliputienses y una blusa de esas que garantizan taquicardias: Piernas largas, implantes bien puestos, zapatillas de tacón y un rostro angelical que provocaba, en combinación con los ingredientes antes mencionados, los peores pensamientos, las fantasías más perversas y una sonrisa de lo más estúpida (la mía, por supuesto).

─Buenos días, vecina.

─Buenos días, Juli ─respondió, y comenzó a bajar la escaleras, con ese caminado tan especial que tienen las mujeres cuando saben que les están devorando el trasero con la mirada.

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