blog con huevos revueltos carta desde júpiter
Feb 12

Mi trabajo consiste en traducir pendejadas. Montones de pendejadas. Ahora mismo me encuentro a la mitad de un libro de cocina tailandesa, pero he traducido de todo: Manuales de computadora, anuncios de comida para gatos, tratados de jardinería, membretes para condones y hasta uno que otro relato cachondo de esos que la gente lee en el retrete para aprovechar la intimidad y menéarsela un rato. Estos libritos que se leen con una sola mano son los que mejor pagan. Por lo general me lleva un día o dos terminarlos y, como todos los traductores, agrego siempre algo de mi cosecha. Me agrada pensar que mi discreta intervención mejora considerablemente la calidad literaria de esos folletines y habrá miles de hombres (y de mujeres, por supuesto) que le deben a mi arte un buen orgasmo, un sueño reparador o, por lo menos, una sonrisa en los labios.

Alguna vez me cruzó por la mente la peregrina idea de escribir literatura erótica, pero desistí al poco tiempo pues mis heroínas eran todas iguales y tenía la absurda costumbre de pintar siempre escenas con velitas, cerezas en el ombligo, miradas arrobadas, gemidos extáticos y caricias aterciopeladas. Según mi editor, aquellas historias sólo les interesarían a las adolescentes, a las vírgenes o a los retrasados mentales. No estuve completamente de acuerdo con Armando (mi editor), pero debo admitir que tenía algo de razón: Mientras más mierda haya en una historia, mejor se vende. Por eso desistí de mi empeño: No se me da bien hablar de violaciones colectivas, sadomasoquismo ni orgías.

Nadie es perfecto.

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