reunión de trabajo destino
Feb 16

Por azares del destino, me he ganado una licuadora. Como lo oyen: Uno de esos aparatos que sirven para moler cosas, preparar licuados, malteadas, hacer salsas y otras monerías. Jamás cocino, pero compré el boleto para el sorteo a una niña que me miró de la misma manera que Bugs Bunny cuando el cazador (Elmer) está a punto de matarlo. Me enterneció la chamaquita, debo admitirlo, y desembolsé los veinte pesos que costaba el pedazo de papel garabateado a mano.

Una semana después (hoy), llegó la misma niña con una caja bajo el brazo y me la entregó sin decir palabra. Eran las siete de la mañana, yo acababa de levantarme y ostentaba una melena desarreglada que, seguro, le habrá quitado las palabras de la boca. Cualquiera se asusta con el aspecto de orangután desvelado que tengo en las primeras horas del día, así que no la culpo por haber huido por el corredor del edificio con la misma urgencia que si acabara de ver a Satanás.

Abrí la caja, extraje la licuadora, la conecté al enchufe y probé los controles. Funcionaban a la perfección.

Ahora sólo falta saber qué voy a hacer con la licuadora. Podría preparar una salsa, pero en el refrigerador no hay un solo tomate, ni un chile, ni un ajo. ¿Un licuado? Si tuviera leche tal vez sería una buena opción.

Tras dos horas de profunda y concentrada meditación en torno al flamante electrodoméstico, regresé la licuadora a su empaque y me hice un sándwich de atún.

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