Hoy soñé que caía. Hasta aquí, nada del otro mundo, pues todos hemos soñado alguna vez que caemos. Lo curioso de mi pesadilla es que caía y me destrozaba contra un empedrado como el que puede verse en muchas ciudades europeas: Pequeños tabiques rectangulares colocados primorosamente. El sueño se repitió infinidad de veces e, invariablemente, me hacía papilla contra las pulidas baldosas oscuras de alguna calle que jamás he visitado. En ocasiones caía de cabeza, otras de costado, de pie, de espaldas. No había testigos, y tampoco recuerdo las circunstancias de la caída. Los psicólogos dicen que no es normal morir en los sueños, que las personas recurrimos a nuestro instinto de supervivencia para evitar el daño, aún si éste es imaginario, y que la mayor parte de las personas interrumpen el sueño cuando se acerca la catástrofe. Sin embargo, ayer en la noche morí por lo menos diez veces y desperté con un terrible dolor de cabeza, ansiando un cigarro y sin ganas de trabajar. Mientras fumaba, revivía las imágenes del sueño y eso bastó para que, inquieto, atemorizado por las imágenes que daban vueltas en mi cabeza, me levantara de la cama y encendiera la computadora. Me puse a teclear frenéticamente para olvidar mi propia muerte y el resultado fueron muchas páginas de mierda pura. No cabe duda que es mala idea que los cadáveres se sientan escritores.
Feb 20