Mar 26

Hoy, mientras me esmeraba en la novela, sonó el teléfono y, al principio, no respondí. Por si no lo saben, detesto los teléfonos. Son el peor invento desde que Nobel fabricó la dinamita y me parece que en algunos casos la supera en poder destructivo. Mi mundo perfecto no tendría, por supuesto, un solo teléfono. Sin embargo, hay veces (como ésta) en que los odio un poco menos. Vaya, hasta lo amé brevemente mientras escuchaba la voz de la vecina buena quien me suplicaba (sí, me suplicaba) que la ayudara con una fuga de agua que tenía en el lavabo del baño.

Ni tardo ni perezoso, salí del departamento y recorrí el pasillo hasta la casa de la vecina, cuya puerta se encontraba abierta de par en par. Me esperaba en la puerta, con una bata que le llegaba por encima de las rodillas y el cabello algo alborotado, como si hubiera estado dormida.

No mentía respecto a la gravedad del problema: El lavabo era una fuente que arrojaba agua hasta el techo. Se había soltado el grifo, así que no tuve más remedio que empaparme tratando de colocarlo en su sitio. Por fortuna, conseguí detener la fuga pero había que cambiar la pieza o volvería a zafarse. Se lo dije a la vecina y ella prometió que llamaría al plomero para que la arreglara.

Hubiera pensado que la vecina, conmovida por mi heroísmo, me invitaría por lo menos, una taza de café. Sin embargo, pronto me encontraba en el corredor, con una toalla en la mano y sin vecina buena a la mano.

Vaya que las mujeres son ingratas.

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Mar 14

Cuando desperté, estaba de excelente humor, pero la realidad pronto se encargó de quitarme la sonrisa idiota de la cara, comenzando porque en la alacena no había mas que una sopa Maruchan y galletas saladas. Me comí la pinche sopa mentando madres y restregándome en la cara mi falta de previsión y mis nulas dotes culinarias. Después de un regaderazo, salí a comprar el periódico. No hallé el Universal, así que compré el último ejemplar del Excelsior que quedaba a la venta y le pedí al dependiente, un chico con orejas de Dumbo y nariz de rábano, que me apartara un ejemplar del Universal para el día siguiente.

Un poco al azar y sin ánimo de regresar a mi pocilga, me dirigí a un parque cercano e invadí una banca abandonada. A los pocos minutos, me topé con un viejo amigo quien, al verme, dijo que apenas había conseguido reconocerme. Yo le pregunté por qué y respondió que estaba más delgado y no llevaba el cabello tan corto como de costumbre, además de que ahora tenía cara de "hombre maduro".

Ya de regreso en mi casa, pasé el resto de la mañana mirándome en el espejo como esquizofrénico. Estudié cada uno de mis rasgos evaluando la profundidad de las entradas en mi cabello, las bolsas bajo los ojos, la extensión y anchura de cada línea de expresión. Sonreí, hice muecas, conté las tres canas de siempre y hasta comparé mi imagen con la de una fotografía antes de concluir que me veía como siempre y que mi amigo estaba loco, que tenía algo en los ojos o que, simplemente, había tenido la perversa y malsana intención de asustarme.

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Mar 07

Nunca he sido aficionado a los juegos de azar, especialmente si ello implica la posibilidad de perder grandes cantidades de dinero. La ruleta, las cartas y esas cosas me dejan indiferente, más frío que el culo de un pingüino. Por eso cuando el Chivo, un amigo de toda la vida, me invitó a una fiesta-casino que organizaba en casa de sus padres, lo consideré durante un buen rato antes de aceptar.

Ya en la fiesta, me di cuenta que no conocía a nadie, con excepción del anfitrión, por supuesto, así que me dediqué a beber whisky tras whisky hasta que, de reojo, vi cómo una mujer se sentaba junto a mí y comenzaba a hacerme la plática. Mareado por la cadena de whiskies, me costó un poco enfocar correctamente el rostro de la susodicha, y cuando finalmente lo conseguí, pegué un brinco que habría dejado orgullosa a una cabra montés, de ésas que pueden verse en los frascos de cajeta. La chica tenía buenas curvas, un escote profundo como para acampar en él, las piernas de una diosa bajada del Olimpo, la cintura de una avispa, un pequeño tatuaje en el tobillo donde podía distinguirse un colibrí multicolor, brazos largos coronados por guantes de encaje negro y una voz ligeramente grave que se deshilaba en mis oídos entre suspiros bajos y cautivadores.

El rostro de la mujer era un poema. ¡Qué digo un poema! ¡Una oda! Los ojos estaban surcados por iridiscencias multicolores donde predominaba el verde, y la nariz se levantaba como si despreciara el aire que estaba respirando. La boca, pequeña y de labios carnosos, esbozaba un puchero travieso y dejaba ver dos hileras de dientes filosos y puntiagudos como los de un vampiro, con caninos que se apoyaban levemente en el labio inferior, y de los cuales descendían dos tímidas gotas de sangre.

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Mar 05

Hoy, mientras escribía, me di cuenta que una de las frases no casaba bien en el párrafo. Intenté cambiarla, pero estuve fracasando una y otra vez. Esto me sucede con frecuencia: Escribo un pasaje casi de corrido y después me dedico a corregirlo. No recuerdo la última vez que estuve satisfecho con un texto tras redactarlo de un tirón. Por lo general hay un par de oraciones que no me gustan en cada párrafo, y si el número de éstas es demasiado elevado, por lo general borro todo y me pongo a escribirlo de nuevo. Sin embargo, hay ocasiones en que todo está bien excepto por una palabra. Es entonces cuando me pongo peor, pues pienso que el fragmento puede ser salvado y me empecino en hallar el verbo correcto, el sustantivo o el adjetivo preciso, el adverbio que va con lo demás. Es una verdadera tortura, debo admitirlo. Hay frases que me han costado un día entero de trabajo pero al releerlas a la mañana siguiente no me satisfacen del todo y termino borrándolas.

He pasado toda la noche dándole vueltas a la frase en mi cabeza. Cuando llegó la hora de dormir, aún no había terminado y ésta se incorporó a mi sueño. En él, escribía frente a la computadora y exploraba una serie de variantes hasta que, por fin, di con la solución. Recuerdo que era algo sencillo, que la respuesta era casi obvia y que el resultado era magnífico. Sin embargo, cuando desperté lo había olvidado todo.

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