Hoy, mientras escribía, me di cuenta que una de las frases no casaba bien en el párrafo. Intenté cambiarla, pero estuve fracasando una y otra vez. Esto me sucede con frecuencia: Escribo un pasaje casi de corrido y después me dedico a corregirlo. No recuerdo la última vez que estuve satisfecho con un texto tras redactarlo de un tirón. Por lo general hay un par de oraciones que no me gustan en cada párrafo, y si el número de éstas es demasiado elevado, por lo general borro todo y me pongo a escribirlo de nuevo. Sin embargo, hay ocasiones en que todo está bien excepto por una palabra. Es entonces cuando me pongo peor, pues pienso que el fragmento puede ser salvado y me empecino en hallar el verbo correcto, el sustantivo o el adjetivo preciso, el adverbio que va con lo demás. Es una verdadera tortura, debo admitirlo. Hay frases que me han costado un día entero de trabajo pero al releerlas a la mañana siguiente no me satisfacen del todo y termino borrándolas.
He pasado toda la noche dándole vueltas a la frase en mi cabeza. Cuando llegó la hora de dormir, aún no había terminado y ésta se incorporó a mi sueño. En él, escribía frente a la computadora y exploraba una serie de variantes hasta que, por fin, di con la solución. Recuerdo que era algo sencillo, que la respuesta era casi obvia y que el resultado era magnífico. Sin embargo, cuando desperté lo había olvidado todo.