la realidad está en los ojos el gato
Mar 26

Hoy, mientras me esmeraba en la novela, sonó el teléfono y, al principio, no respondí. Por si no lo saben, detesto los teléfonos. Son el peor invento desde que Nobel fabricó la dinamita y me parece que en algunos casos la supera en poder destructivo. Mi mundo perfecto no tendría, por supuesto, un solo teléfono. Sin embargo, hay veces (como ésta) en que los odio un poco menos. Vaya, hasta lo amé brevemente mientras escuchaba la voz de la vecina buena quien me suplicaba (sí, me suplicaba) que la ayudara con una fuga de agua que tenía en el lavabo del baño.

Ni tardo ni perezoso, salí del departamento y recorrí el pasillo hasta la casa de la vecina, cuya puerta se encontraba abierta de par en par. Me esperaba en la puerta, con una bata que le llegaba por encima de las rodillas y el cabello algo alborotado, como si hubiera estado dormida.

No mentía respecto a la gravedad del problema: El lavabo era una fuente que arrojaba agua hasta el techo. Se había soltado el grifo, así que no tuve más remedio que empaparme tratando de colocarlo en su sitio. Por fortuna, conseguí detener la fuga pero había que cambiar la pieza o volvería a zafarse. Se lo dije a la vecina y ella prometió que llamaría al plomero para que la arreglara.

Hubiera pensado que la vecina, conmovida por mi heroísmo, me invitaría por lo menos, una taza de café. Sin embargo, pronto me encontraba en el corredor, con una toalla en la mano y sin vecina buena a la mano.

Vaya que las mujeres son ingratas.

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