May 23

Sofía no llegó a la cita. Cuando estaba por llamarla para ver si había tenido algún problema, sonó mi celular y reconocí su voz inmediatamente del otro lado de la línea. Sus frases llorosas me conmovieron. Le habían comunicado de una muerte en su familia. Un primo, creí entender. En aquellos momentos, apenas se acordaba que mis conocimientos de italiano eran casi nulos y comprendí poco de lo que me dijo. Cuando le pregunté si quería que nos viéramos, ella dijo que no, que necesitaba estar sola, que se sentía muy apenada conmigo, que me agradecía la atención, las muestras de solidaridad. Le prometí que la llamaría más tarde y ella dijo que no lo hiciera, que iba a tomar algo para dormir, que no me preocupara, que estaría bien.

Cuando corté la comunicación, miré a mi alrededor y sentí como si se hubiera nublado de repente. Las cosas habían perdido su color, las personas tenían un tono triste y hasta los automóviles parecían circular más despacio.

Triste, regresé a mi casa en taxi y cuando llegué a la puerta de mi departamento me di cuenta que había olvidado las llaves. Tuve que llamar a un cerrajero y aquello me hizo sentirme más miserable aún.

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May 22

Estoy muy nervioso. Camino de un lado a otro y me limpio los zapatos con la parte trasera del pantalón, reviso obsesivamente mi camisa para cerciorarme que no hayan aparecido manchas de sudor y checo mi cabello en la vidriera de un aparador, pues hace un poco de viento y no deseo despeinarme.

Yo, que por lo general no tengo el menor interés en mi aspecto, que cuando trabajaba en la redacción de un periódico solía presentarme con pantalón de mezclilla y los tenis hechos un asco, que me burlo de la gente que visita las tiendas de ropa como si fuera Disneylandía, que jamás he comprado un traje completo (me los han obsequiado, que es otra cosa) y que voy a la peluquería sólo cuando mi cabello me cae sobre la cara y me impide leer con comodidad, me encuentro fumando un cigarrillo tras otro, arrepentido de haber quedado con Sofía en un lugar al aire libre, en esta esquina donde tengo que estar mirando en todas direcciones para descubrir por dónde aparece.

Me siento ridículo, realmente ridículo. Jamás pensé que una primera cita (así la veo yo) fuera capaz de ponerme tan nervioso, de hacer que traicione mis principios.

Solo falta que me deje plantado.

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May 19

Alguien me dijo, alguna vez, que más vale no buscarse do problemas gratuitos, que las dificultades que la vida nos pone enfrente son suficientes como para invocar más. Nunca he sido muy bueno para seguir los consejos ajenos, y acostumbro meterme en problemas a la menor provocación.

En días pasados, conocí a una beldad italiana que, a su paso por la Ciudad de México, visitó a mi editor con la finalidad de establecer no sé qué acuerdos de colaboración entre una editorial de su país y aquella para la cual trabajo.

Su nombre es Sofía, una musa de ojos azules, cabello intensamente negro y una figura de taquicardia. Pronunciaba mi nombre (Julio) alargando la "u" y convirtiendo la "j" en "y". Así pues, cada vez que se dirigía a mí, decía: "Yuuulio". Nunca me ha gustado mi nombre, pero escucharlo de sus labios me hizo adorarlo al instante.

Armando, mi editor, me pidió que mostrara la ciudad a Sofía y, como se podrán imaginar, dije "¡Sí!" antes de que terminara de formular la petición. Llevé a la beldad a todos los museos que se me ocurrieron, a navegar en trajinera por los canales de Xochimilco, a ver el Zócalo, el Palacio de Bellas Artes, los manifestantes lopezobradoristas y el Castillo de Chapultepec.

Hace un par de horas, llamó por teléfono Sofía y me dijo en su medio español que debía prolongar su estancia en la ciudad un par de semanas más, que si me importaba ir a tomar un café con ella mañana al mediodía. Yo había pasado la tarde entera ensayando mi despedida. Repetí "Arrivederci" cientos de veces frente al espejo y ensayé mis mejores sonrisas.

De pronto, aquello ya no tenía sentido y le dije a Sofía que sí, que con mucho gusto iría a tomar un café con ella. Balbuceé un "adiós" gutural y colgamos.

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May 12

Admiro a los magos. Siempre quise aprender trucos para impresionar a mis amigos, pero por desgracia carezco de habilidad en las manos y mis primeros intentos dejaron bien en claro que la vida no me había llamado por esos caminos. Lo he intentado muchas veces, pero es absolutamente inútil.

Hace unos días asistí a un evento donde había, como atracción principal, un mago. Cuando lo vi subir al escenario, me decepcioné un poco pues se trataba de un anciano de unos sesenta y cinco años, probablemente setenta. Trepó por los tres escalones con una lentitud desesperante y cuando finalmente estuvo en su lugar, vi cómo sacó un mazo de cartas y lo mostró al público. Algunos aplaudieron aunque otros, como yo, no estábamos muy impresionados por el ilusionista, de cabellos completamente blancos, espejuelos de abuelo y traje con pajarita.

Unos minutos después, había rectificado mi juicio inicial. Las manos de aquél hombre produjeron los trucos más asombrosos que he visto jamás. Aquellas viejas articulaciones rejuvenecieron ante nosotros como si, de pronto, el mago hubiera arrojado cuarenta años por la borda del tiempo.

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May 09

Hoy, mientras caminaba hacia mi casa (salí a comprar el periódico), me detuve en una esquina esperando que los automóviles dejaran de pasar cuando, de pronto, escuché un rechinido de llantas y un golpe impresionante. Como muchos de los que nos encontrábamos por los alrededores, corrí hacia el automóvil destrozado que tuvo la mala suerte de estamparse de frente contra un autobús y pude ver, como los demás, los últimos momentos en la vida de una mujer.

Rubia, de grandes ojos verdes, se movía de un lado a otro con el rostro bañado en sangre y una mano (creo que era la derecha), doblada de forma espantosa hacia atrás, como si el codo estuviera al revés. Trataba de decir algo, pero de su boca sólo salían hilos de un líquido marrón y miraba en todas direcciones, como si no supera dónde se encontraba, qué había sucedido y por qué veinte personas desconocidas la miraban con tanta atención. Finalmente, parpadeó rápidamente un par de veces, fijó su mirada en una niña que la observaba con cara de intenso dolor y murió. La cabeza quedó doblada hacia el frente, presionando el botón del claxon, que sonó estruendosamente unos cinco minutos y se extinguió espontáneamente. Poco después, llegaron los paramédicos y movieron la cabeza de un lado a otro, negando, como en las películas.

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May 07

Ha sido un día tranquilo. Lo único destacable es que hoy, por fin, la editorial para la que trabajo traduciendo textos me ha ascendido de categoría y ya no tendré que ocuparme de libros de cocina (el último fue una verdadera pesadilla) ni pasquines insulsos, de esos que se venden en los puestos de periódicos y que nadie lee, porque lo único interesante de ellos son las escenas sexuales, tan explícitas que cualquier texto sale sobrando.

De ahora en adelante (me han asegurado) recibiré encargos más serios, aunque también serán más extensos. Me pagarán mejor, pero la diferencia no es tan significativa. Lo mejor de todo es que, debido a las dificultades del material que estaré traduciendo, los plazos de entrega serán un poco más generosos. Para empezar, me han ofrecido la traducción de un libro de psicología. Tiene unas cuatrocientas cincuenta páginas y habla de los sueños. Lo acepté, por supuesto, y comenzaré la semana entrante. Tal vez así aprenda algo sobre mí, aunque no me hago muchas ilusiones: Dicen que es mucho más fácil conocer a los demás que a uno mismo.

Mientras tanto, sigo quebrándome la cabeza con un pequeño folleto turístico de un destino en Birmania que no conoceré jamás

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May 05

Ayer tuve una revelación (una epifanía, como diría Joyce). Cuando desperté, mi cabeza era un remolino. Un ciclón, en realidad. Casi nunca recuerdo lo que he soñado, pero desde que abrí los ojos tuve la sensación de que esta vez había olvidado algo realmente importante. Me preparé una taza de café, caminé descalzo por la casa yendo y viniendo entre la sala y el estudio, bebiendo de vez en cuando el chapopote aquél y rascándome en salva sea la parte, con singular gozo. Aquello no me ayudaba mucho a la recuperación de la memoria, pero resultaba agradable.

Cuando iba por el último sorbo del café, me detuve en seco, retiré la mano de mi entrepierna y corrí hacia mi estudio, donde tengo un pizarrón colgado de la pared.

Escribí, con letras enormes:

…IMITARME A MI MISMO…

Suena tonto, lo sé, pero yo sé mi cuento (o eso creí). A muchos nos pasa que intentamos escribir como alguien más. Eso es natural al principio, pero con el tiempo tenemos la obligación de crear un estilo. Bueno, pues mi epifanía esa: Ahora escribiría tratando de imitarme a mí mismo.

Una hora después, borré la leyenda del pizarrón. Era algo groseramente estúpido.

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