Ayer tuve una revelación (una epifanía, como diría Joyce). Cuando desperté, mi cabeza era un remolino. Un ciclón, en realidad. Casi nunca recuerdo lo que he soñado, pero desde que abrí los ojos tuve la sensación de que esta vez había olvidado algo realmente importante. Me preparé una taza de café, caminé descalzo por la casa yendo y viniendo entre la sala y el estudio, bebiendo de vez en cuando el chapopote aquél y rascándome en salva sea la parte, con singular gozo. Aquello no me ayudaba mucho a la recuperación de la memoria, pero resultaba agradable.
Cuando iba por el último sorbo del café, me detuve en seco, retiré la mano de mi entrepierna y corrí hacia mi estudio, donde tengo un pizarrón colgado de la pared.
Escribí, con letras enormes:
…IMITARME A MI MISMO…
Suena tonto, lo sé, pero yo sé mi cuento (o eso creí). A muchos nos pasa que intentamos escribir como alguien más. Eso es natural al principio, pero con el tiempo tenemos la obligación de crear un estilo. Bueno, pues mi epifanía esa: Ahora escribiría tratando de imitarme a mí mismo.
Una hora después, borré la leyenda del pizarrón. Era algo groseramente estúpido.