Estoy muy nervioso. Camino de un lado a otro y me limpio los zapatos con la parte trasera del pantalón, reviso obsesivamente mi camisa para cerciorarme que no hayan aparecido manchas de sudor y checo mi cabello en la vidriera de un aparador, pues hace un poco de viento y no deseo despeinarme.
Yo, que por lo general no tengo el menor interés en mi aspecto, que cuando trabajaba en la redacción de un periódico solía presentarme con pantalón de mezclilla y los tenis hechos un asco, que me burlo de la gente que visita las tiendas de ropa como si fuera Disneylandía, que jamás he comprado un traje completo (me los han obsequiado, que es otra cosa) y que voy a la peluquería sólo cuando mi cabello me cae sobre la cara y me impide leer con comodidad, me encuentro fumando un cigarrillo tras otro, arrepentido de haber quedado con Sofía en un lugar al aire libre, en esta esquina donde tengo que estar mirando en todas direcciones para descubrir por dónde aparece.
Me siento ridículo, realmente ridículo. Jamás pensé que una primera cita (así la veo yo) fuera capaz de ponerme tan nervioso, de hacer que traicione mis principios.
Solo falta que me deje plantado.