Jun 16
Sofía ha llamado hoy muy temprano para decirme que necesita mi ayuda. Su voz sonaba casi histérica. No gritaba, pero el tono era apremiante. Traté de calmarla y le dije que no entendía absolutamente nada de lo que me estaba diciendo. Y era verdad: Una parte de mi cerebro aún no despertaba por completo.
Ella se desesperó y comenzó a levantar la voz. Tuve que alejar la bocina, pues me estaba dejando sordo con aquella larga hilera de palabras que soltaba con voz de soprano mitad en italiano y mitad en español, con uno que otro término en un inglés mal pronunciado y casi incomprensible.
Traté de interrumpirla, de guiar sus explicaciones hasta un punto en el que pudiera enterarme de algo, pero ella no dejaba de hablar. Por fin, comenzó a lloriquear y como las palabras le salían en medio de pucheros, comprendí por fin de qué se trataba: La habían asaltado. Muchas veces le advertí que no debía salir a la calle con sus joyas, pero no me hizo caso jamás. Caminaba por cualquier rumbo con el cuello atiborrado de collares, como si fuera la reina de Saba. Decía que los mexicanos eran buenos, nobles y que siempre habían sido amables con ella. Le dije que no debía dejarse engañar, pues aquí hay tantos ladrones como en cualquier otra parte del mundo. Y finalmente sucedió: Le quitaron un par de cadenas de oro, el reloj y, además, el ladrón le apuntó con una pistola enorme (eso dijo Sofía).
Lo más curioso sucedió al final: Cuando el ladrón terminó de guardarse el botín en los bolsillos del pantalón, miró a Sofía, sonrió, y le dio un beso en la mejilla.
─Estás chulísima, mi reina ─dijo, y se alejó corriendo.
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Jun 01
En algún lugar leí (o creí leer) que los murciélagos son capaces de escuchar los pasos de los insectos. La mala noticia es que para conseguirlo se necesita, por lo menos, tener un oído tan fino como ellos, y que el omnipresente ruido de la ciudad se apague un poco.
Me pregunto cómo sonarán las cosas en ese mundo. Imagino que también habrá sonidos que se esconden en el mundo microscópico. El desplazamiento de las amibas, los rugidos de los virus, el lento murmullo de las esporas, o de las bacterias, o de cualquier otro ser infinitamente pequeño.
Pero también debe haber música en un mundo aún más improbable: el de las plantas. ¿Cómo sonarán las raíces abriéndose paso entre la tierra? Imagino un campo lleno de flores entonando una canción, un himno, como si fueran un coro gigantesco.
Si vamos más allá, es posible que la música de los átomos sea la última manifestación de este arte. Los electrones producirán, imagino, zumbidos agudísimos al viajar a velocidades cercanas a la de la luz luz alrededor del núcleo, donde se reúnen neutrones y protones y cuyos roces deberán generar algún sonido, algún tipo de música, de sinfonía.
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Jun 01
Increíble pero cierto: Finalmente salí a tomar un café con Sofía. Aún estaba algo abatida por la muerte de su primo. Sin embargo, se hallaba mucho más tranquila que la última vez que hablamos por teléfono. Traté de mostrarme comprensivo, de darle algo de aliento, pero ella no me lo permitió. Se mantuvo hermética y pidió que no habláramos del asunto. Accedí, a regañadientes. Estaba perdiendo mi oportunidad de ganarme su cariño mediante el recurso de la compasión, de la solidaridad. Una chica mexicana, pensé, se hubiera mostrado menos quisquillosa a este respecto, pero no Sofía. Ella apenas toleró que intercambiáramos un par de palabras al respecto.
Descubrí que a Sofía le gusta el café muy cargado. Estábamos en un local de Starbucks y cuando dio un sorbo a la primera taza, dejó escapar un gesto de desagrado y tuve que solicitar al dependiente que agregara unos shots extra de expresso. Tras el nuevo intento, Sofía se mostró satisfecha y me regaló la primera sonrisa de la tarde. Sonaré a lugar común, pero sentí como si, de pronto, todo se volviera más luminoso, como si los colores hubieran adquirido una intensidad que no sospechaba.
Podría, sin la menor dificultad, volverme adicto a esa sonrisa.
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