Cambiar de parecer
Modificar nuestra forma de pensar es tan humano que si no lo hiciéramos todo el tiempo, es probable que falláramos (y por mucho) el test de Turing el cual, por si aún no se han enterado, sirve para diferenciar entre una máquina con inteligencia artificial y un verdadero humano.
En fin, que la mutabilidad del espíritu humano, lo caprichoso de nuestro carácter y las gigantescas variaciones en el abanico de nuestros estados de ánimo son, cuando menos, una de las marcas de fábrica que Dios, la genética, la evolución (o como quieran llamarle) ha dejado en nosotros. Claro, todo esto debe darse en los ámbitos de la cordura, de la razón y de la lógica, pero tampoco es un pecado cometer una pequeña locura de vez en cuando, que para eso tenemos libertad, y no hay necesidad alguna de hacernos los mártires negando la verdadera naturaleza de nuestros deseos.
Muchas veces he dicho que la libertad que disfrutamos al escribir en un blog cualquier cosa que se nos venga a la mente es una de las ventajas más grandes de esta actividad, y sin cambios de parecer, sin variación en el itinerario pues esto termina convirtiéndose en una imitación de la vida real, que aunque no tiene nada de malo también es cierto que posee la habilidad de exasperarnos con su rigidez, con su falta de colorido, de sorpresas, de esas variaciones que tanto disfrutamos y que constituyen la sal de la vida, el granito de sal que a veces le es indispensable a la existencia para adquirir sabor, para convertirse, al menos un poco, en lo que dictan nuestros sueños, nuestra fantasía, el día a día de ese voluble músculo que es la imaginación y que es el lugar de donde se alimenta cualquier obra donde la creación juegue un papel importante.