El blog que habita en nuestra mente
¿Qué imagen tenía Van Gogh en la mente cuando pintó Los Girasoles? ¿Cómo era El Pensador antes de que lo esculpiera Rodin?
Llevar a cabo una tarea, por simple que esta parezca, requiere un paso indispensable: Transformar una idea en algo tangible. Un texto, ya sea parte de una novela, un cuento, un artículo periodístico o la entrada de un blog, necesita ser inicialmente un concepto y después convertirse en algo real, una cadena de palabras que transmitan una idea.
Hay individuos altamente dotados que realizan esta actividad sin darse cuenta y escriben maravillas con solo ponerse a mover los dedos sobre el teclado, pero para la mayor parte de los mortales el proceso es más penoso: Hay que imaginar algo y luego transcribirlo, procurando que el producto y el proyecto se parezcan lo más posible.
La lógica nos dice que ningún texto puede ser superior a la idea de la que surgió, pero sucede a veces que el acto mismo de escribir desata fuerzas que desconocíamos, generándose un producto mejor que el que habíamos construido en nuestra mente, en nuestra imaginación o en nuestra fantasía. Esto se llama inspiración, y es tan rara que resulta un factor despreciable cuando se trata de crear algo.
Lo más común es que el blog que habita en nuestra mente y el blog que realmente escribimos sean muy distintos, y que el real sea inferior a aquél que hemos imaginado, o con el que soñamos, o al que aspiramos.
¿Cómo salvar esta brecha? Con trabajo duro y constante. Con práctica. La pericia se adquiere ensayando una y otra vez, atentos siempre a los errores, a las inconsistencias, a las distancias entre el plan y la realidad. Y un blogger que no es consciente de esto siempre será uno mediocre, tedioso, poco imaginativo y que jamás conseguirá un público fiel.