Calificaciones
¿Quién determina cuánto vale tu trabajo? ¿Tú? ¿Tus lectores? ¿Tus comentaristas? ¿Los otros bloggers? ¿Los agregadores de noticias? ¿Technorati? ¿Google? ¿Alexa?
La mayor parte de nosotros nos sentimos tentados (fuertemente tentados) a querer que todas estas opiniones confluyan en un gran SÍ.
Recientemente, coloqué en Tecnoculto una frase de Cosby, el actor, quien decía que no conocía la fórmula para el éxito, pero que la manera segura de fracasar era querer complacer a todo el mundo, y creo que viene muy a cuento cuando nos hallamos sumidos en el remolino de la autocomplacencia – heterocomplacencia.
Todo dependerá, evidentemente, de los objetivos que tengamos en mente. Si intentamos complacer a todo el mundo, agradar a un público cada vez más amplio y heterogéneo, vamos en un camino que no podrá llevarnos a otro sitio que a la desesperación, al caos, a la disolución de nuestra personalidad.
Cuando alguien me pregunta qué debe escribir en su blog, siempre le respondo que escriba sobre lo que más le interese. No importa si, en un análisis autocrítico, resulta ser algo insustancial, o una bobada. La magia de los blogs es que nos permite ser nosotros mismos por completo, y colgar desde un video de gatitos hasta un sesudo estudio en el que hemos invertido largas horas de investigación.
Ser auténtico es la cosa más difícil del mundo, un terreno resbaloso como pocos y que nos coloca en una posición de vulnerabilidad enorme. Sólo los más fuertes pueden tolerar la crítica propia y la extraña sobre lo que hacen, o sobre lo que escriben, sobre la imperiosa necesidad de satisfacer a un público que con el tiempo se va haciendo más numeroso, lo queramos o no.
Yo siempre me doy libertades. No tantas como quisiera, pero a la hora de escribir soy bastante bueno conmigo mismo. Me gusta sentirme cómodo con lo que hago, pero definitivamente la opinión que más valoro es la mía.