Oct 18

SawyerAccept_240

Mi primer encuentro con la literatura de Sawyer tuvo lugar hace poco, menos de un año. En algún foro literario escuché hablar de su trilogía, y como en ciencia ficción todo son sagas, inicialmente me hastió la idea de embarcarme en otra lectura serial. Sin embargo, pronto las curiosidad venció mis reservas (que en cuestión de libros siempre han sido pocas) y abordé la lectura del primer tomo de El Paralaje Neanderthal. Al poco tiempo (a las pocas horas) estaba enganchado. Trata, en resumidas cuentas, de un supercomputador cuántico, de la existencia de un universo paralelo donde prevalecieron los neanderthales y de la posibilidad de viajar entre ambos universos. Pero no fue eso lo que me atrajo, sino el suave tono de crítica social del libro. Canadiense, Sawyer tiene muy claras algunas prioridades, como la conciencia ecológica y la necesidad de cesar la autodestrucción. Un autor norteamericano, seguramente, habría visto las cosas desde otra perspectiva. La trilogía no me duró ni una semana. Homínidos, Humanos e Híbridos, así se titulan los tomos que componen esta serie y puedo decir que mi fe en la ciencia ficción renació, tras haber estado en animación suspendida durante bastante tiempo.

La literatura de Sawyer es ágil, económica y cuidada. No hay las típicas circunnavegaciones técnicas que uno suele encontrar en otros autores, pero se mantiene siempre a la vanguardia y basa algunas de sus suposiciones fantásticas en hechos científicos reales, sin fatigar al lector tratando de demostrar su sabiduría. El tercer tomo es, con mucho, el menos brillante, pero ya que se ha uno metido hasta el cuello con los dos primeros tercios, bien vale la pena leerlo para conocer el final de la historia.

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Oct 18

Alone_200

Cuando pienso en las veces que he regresado a este lugar, me doy cuenta de lo inútil que resulta todo esto. La verdad, por fortuna, es efímera y olvido pronto. Una vez que la memoria queda libre de remordimientos, vuelvo al parque para ayudar a que el recuerdo continúe adaptándose a la modernidad. Así, las cosas jamás cambian. El mismo sol que brillaba ayer sobre la fuente del pequeño jardín se convierte, de pronto, en aquél que iluminó sus ojos hace tanto tiempo. Y las palabras que acabo de inventar para sus labios se repiten, interminablemente, a lo largo de los años que tengo imaginándola.

© Andrés Borbón 2007

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Oct 18

joseagustin

Recuerdo perfectamente mi primera lectura de José Agustín: De Perfil, en una edición que aún conservo, cuando todavía era escritor de Mortiz (cuando Mortiz era Mortiz). Tenía quince años y elegí el libro (entresacado a hurtadillas de la biblioteca paterna) por la fotografía de la contraportada: Un joven de apariencia retadora, con la cabeza inclinada y mirándome con cara de ¿te atreves? Por supuesto que me atreví, y devoré el libro en dos días. Luego vinieron otros: Inventando que Sueño, El Rock de la Cárcel, La Tumba… todos los que pude conseguir. José Agustín se convirtió, desde entonces, en mi autor número uno. Cuando uno es adolescente, siempre hay "números uno". Luego maduramos y el proceso va de la mano con el desencanto, con la desdicha. Conforme crecía, comencé a desdeñar la literatura de José Agustín, a sentirla insuficiente. Quería grandes libros, libros gruesos, libros que me sacaran sangre, no sonrisas. Por eso dejé de leerlo, lo relegué a un honroso pero inmóvil rincón de mi biblioteca donde permaneció muchos años… Pero uno sigue creciendo y vienen las reconciliaciones y hallé la grandeza que antes no supe ver en sus libros. Ha sido un proceso largo y en ello ha tenido que ver mi propio reencuentro con las palabras. Releer a José Agustín es descubrir cosas nuevas, es arrepentirse de la propia soberbia, es reconocer la grandeza de lo simple, la dificultad de lo cotidiano. No he regresado a la etapa de los "números uno", pero me voy acercando y José Agustín, como antes, está ahí.

© Andrés Borbón 2007

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Oct 16

“Ah, ahora recuerdo. Ahora recuerdo dónde estoy. Y quién soy. De vuelta en la vieja cloaca de Nueva York donde nací, el lugar en el que no conocí más que hambre, humillación, desesperación, frustración… todas esas malditas cosas. Nada más que sufrimiento. Miro sus jodidas calles y no veo más que miseria, nada más que monstruos. […] A medida que pasaron los años se hizo incluso más horrible para mí. Cuando me acuerdo del puente de Brooklyn, que por entonces era el único que existía… Cuántas veces habré caminado sobre ese puente con el estómago vacío, una y otra vez, buscando una limosna, sin conseguir nunca nada… vendiendo periódicos en Times Square, pidiendo en Broadway, volviendo a casa con diez centavos, tal vez. No me extraña que me hayan quedado estas jodidas pesadillas de por vida. Ni siquiera me explico cómo sobreviví, ni cómo estoy todavía cuerdo. De hecho, aún no sé muy bien si estoy despierto o soñando. Mi vida entera me parece ahora un largo sueño, salpicado de pesadillas”. Henry Miller (In English)

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Oct 08

Letter_400

Si pudiera escribir una carta, ponerla en un buzón y dejar que un cartero sobrenatural me la entregara veinte años antes, me llevaría una gran sorpresa al recordar que la juzgué una broma, que hice una pelota con ella y que fue a dar al cesto de basura junto a los versos erróneos, las cartas indecisas y los borradores de mis primeros cuentos fantásticos.

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Sep 23

Una noticia terrible: El señor y amo de la pantomima, Marcel Marceau, quien revivió este arte y lo dotó de poesía, falleció a los 84 años de edad ayer sábado, en París.

Con el rostro pintado de fantasmal blanco, dos lágrimas negras apenas esbozadas bajo los ojos, su clásico sombrero con una flor marchita y camiseta a rayas, cruzada por un tirante, Marcel Marceau era capaz de invocar cualquier sentimiento, cualquier recuerdo, cualquier objeto y darles vida en absoluto silencio, sin romper jamás la atmósfera mágica que la ausencia de las palabras produce. Porque sus frases eran otras: Más efectivas, más dramáticas, más poéticas. Dicen que fuera del escenario hablaba hasta por lo codos, pero su arte era otro. Bip, su personaje de toda la vida, podía ser, al mismo tiempo, un niño, un anciano, un vendedor de globos. Marcel Marceau, en el escenario, iluminado por un cono de luz que delimitaba su mundo, conmovía a los espectadores hasta el llanto, los alegraba hasta la carcajada, los regresaba a su infancia pero, lo más importante, los convertía en sus cómplices.

Recuerdo haber visto a Marcel Marceau en la televisión innumerables veces. En aquél entonces, teníamos un televisor en blanco y negro, montado en una consola de madera, como eran las cosas al principio de los setentas aquí en México y, de pronto, veía aparecer aquél extraño hombre de apariencia ridícula que no hablaba, que miraba al público y a la cámara como si estuviera aterrado, con azoro, como con pena de su aspecto, pero, de pronto, las luces se apagaban y aquel hombrecillo insignificante se convertía en un portento, en un gigante, en un mago. De sus manos brotaban palomas, de sus brazos serpientes, y aquél rostro podía ser el de cualquiera, el de ninguno… Cuando veía a Marcel Marceau en la televisión, me iba a dormir con la cabeza llena de sueños, de ángeles, de caramelos invisibles, de palomas como dedos, del retumbo endordecedor del silencio.

Descanse en Paz.

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Sep 19

CarlosFuentes_400

Recuerdo las tardes y las noches que pasé leyendo La Muerte de Artemio Cruz mientras yo mismo me encontraba convalesciente de una enfermedad menos grave que la del protagonista, pero que me obligó a permanecer en cama durante varios días. La elección de ese libro fue, al mismo tiempo, desafortunada y feliz. Morirse con el cacique fue una de las experiencias más aterrorizantes de mi vida, y saber que estaba vivo mientras el otro se moría me hizo sentir más saludable que nunca. Pero lejos de estas razones triviales, la lectura de ese libro me hundió en mi peor época como aspirante a escritor. Uno puede salir airoso al tratar de imitar a otros escritores (sin que el intento deje de verse como una copia), pero seguir los pasos de Fuentes resulta casi suicida, un despilfarro de vida que no vale la pena, que produce más monstruos que la imaginación incesante que menciona Fuentes en alguno de sus textos. El autor de Terra Nostra es el mejor representante de un ejemplo que no hay que seguir. Ha construído un ambiente literario en torno a sí mismo que lo ubica en una fortaleza a la que no puede accederse sin invitación y, por supuesto, al entrar recibe uno la advertencia: "Ver, y no tocar". Pero es algo digno de verse, de admirar. La obra de Fuentes aún se encuentra en los círculos más íntimos de mis preferencias literarias, pero la bóveda que contiene esos recuerdos está convenientemente rotulada con un letrero que anuncia peligro en grandes letras rojas, con todos los signos de admiración que caben en la cartulina.

© Andrés Borbón 2007

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Sep 16

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Sobrevivir a los propios sueños, dicen por ahí, es tarea suficiente para toda una vida. Ésta aseveración es cómica por inexacta, por optimista, por irresponsable. Cualquier topógrafo de sueños sabe que las montañas y los valles que conforman la geografía del soñador menos avezado son tan cambiantes como las olas, como las nubes, como el viento. Perseguir un sueño es como fotografiar el viento, como capturar un rayo de luz y guardarlo en una cajita herméticamente cerrada. Hacer un mapa del sueño destruye el sueño. Perseguir el sueño destruye el sueño. Hablar del sueño destruye el sueño. Por eso cuando contraté a un ingeniero civil y le dije lo que pretendía, el hombre me miró como si estuviera frente a un loco. Eso es imposible, me dijo; si hubiera la menor posibilidad de hacer lo que me pide, no estaría hablando con usted, un pobre diablo que jamás podría pagar por ello.

 

© Andrés Borbón 2007

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Sep 16

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Para leer a Borges se necesita, antes que nada, perder la inocencia, la virginidad. Éste escritor no es para los espíritus puros, para los ingenuos. Hace falta un poco de malicia, algunas lecturas y una biblioteca para confirmar que las referencias no existen, que Borges es capaz de inventárselo todo, hasta a sus lectores.

La primera vez que tuve un libro de Borges en las manos, hace más de veinte años, fue de la manera menos propicia: En una recopilación, una de esas antologías del cuento fantástico impresa en un papel que ya amarilleaba de tan viejo y que, además, había pasado por muchos otros ojos antes que los míos. Algunas frases estaban subrayadas, las esquinas tenían múltiples huellas de dobleces y hallé más de un comentario al margen que me sesgó, me hizo transitar por otros caminos diferentes a los que él ideó. Sin embargo, aún recuerdo la zozobra de mi espíritu cuando los dedos de Borges salieron de las páginas como patas de araña, cuando la mirada hipnótica del ciego me alcanzó, cuando su voz, quebrada y porteña, me contó la historia del otro, la de la biblioteca, la de Emma Zunz, la de Asterión, la del Aleph.

Dicen que nadie puede ser el mismo después de leer a Borges. Dicen que ningún escritor es capaz de sustraerse a su influencia. Dicen que es imposible olvidarlo. Dicen que uno acaba imitándolo. Dicen que sus libros siempre son el inicio de otro libro. Dicen que en el juego de ajedrez que inventó Borges, él es quien mueve los hilos de nosotros, sus marionetas.

Yo no creo ninguna de estas cosas. Sólo escribo.

 

© Andrés Borbón 2007

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Sep 13

simenoncc

La primera vez que leí un libro de Simenon, allá en la prehistoria de mi bLografía, tuve una especie de revelación (la verdad, las tenía casi a diario) y me dije: Yo quiero escribir así. Luego me pasó lo mismo con Carlos Fuentes, con Vargas Llosa, con Grass, con Cortázar, con Thomas Mann… las lista es casi interminable, pero no incluye a Cervantes, ni a César Aira, ni a Mario Benedetti, ni a Laura Restrepo. Pero Simenon ha sido un caso especial. La nitidez de su prosa es, a la vez, atractiva y aterrorizante. Uno no diría que escribía sus obras en menos de dos semanas. Por el contrario, parecen el producto de una larga tarea, de un cuidado pulir de las palabras. Lo que uno comienza echando de menos (Los Adjetivos), pronto se convierte en una de sus marcas distintivas, en su atractivo principal. La aparente simplicidad de sus textos y su eficacia tiene que ver con los gruesos trazos, con la dimensionalidad de los personajes. El primer libro que leí de él, Carta a mI Juez, es un buen ejemplo de ello, y el más frustrante, al mismo tiempo. Simenon no escribe: Cincela las palabras en la página, de tal modo que el producto tiene relieve, consistencia, verdad. Uno diría que sus novelas son dibujos a crayola, sin retoque, sin engaño, sin adornos superfluos. La poética de Simenon, dicen los que saben, se basa en un truco viejo pero con frecuencia despreciado por la nueva literatura: El poder del verbo, la contundencia de los sustantivos y el destierro de todo lo que huela a adjetivo.

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