Aug 28

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Uno de los mejores libros de Ann Rule es, definitivamente, "Green River, Running Red", que trata del asesino serial conocido como El Asesino del Río Verde. Ann Rule es una escritora que se especializa en relatar historias de asesinos en serie y, hasta el momento, ha escrito unos 30.

Gary Ridgway era un buen ciudano, trabajaba como pintor de camiones en una empresa donde tenía un record de asistencia impecable. Estaba casado, tenía un hijo, le encantaba participar en actividades comunitarias, adoraba el campismo y era callado, tímido, pero servicial. Un buen trabajador, diría su jefe. Un esposo ejemplar, diría su esposa. Un buen padre, diría su hijo. El único problema con Ridgway era que le gustaba contratar prostitutas, que le excitaba asfixiarlas, y que mató unas cincuenta, según los cálculos más modestos. Comenzó su carrera criminal alrededor de 1980, y durante veinte años eludió a las autoridades. Disponía de los cadáveres en lugares tan apartados, que muchos de ellos fueron descubiertos varios años o décadas después. Ha sido, según algunos, el asesino serial norteamericano más prolífico de todos los tiempos, y uno de los más buscados.

Lo curioso del caso Ridgway es que, al parecer, no siguió los patrones habituales de un asesino serial. Frecuentemente, existe un típico aceleramiento de la conducta delictiva hasta su captura, su muerte o hasta una meseta que puede durar décadas. Ridgway dejó de matar, al parecer, por más de 17 años. Durante ese tiempo, participaron en el equipo para tratar de atraparlo los Cazadores de Mentes más prominentes: Robert Keppel y John Douglas. No obtuvieron ningún resultado, pues los perfiles que elaboraron resultaron ser absolutamente inexactos. Hasta el famosísimo asesino serial Ted Bundy participó, desde la cárcel, en la búsqueda del notable criminal (la situación se reproduciría en el libro de Harris, El Silencio de los Inocentes, cuando Lecter ayuda a Clarice Starling a buscar a Buffalo Bill). Todo resultó inútil: Ridgway se mantuvo a salvo de la policía hasta que, en el 2001 fue detenido al confirmarse que su DNA coincidía con el encontrado en tres de las víctimas. En una controvertida decisión judicial, Ridgway se libró de la pena de muerte al hacer un trato con las autoridades: Su vida a cambio de la confesión de todos los crímenes. En prueba de su buena fe, Ridgway ayudó a los investigadore a localizar algunos de los cuerpos que no habían sido encontrados hasta ese momento.

¿Por qué mataba Ridgway? Según él, porque las prostitutas eran malas, porque era más fácil matarlas que pagarles y porque hay pocas probabilidades de que los familiares denuncien a una prostituta desaparecida. Ridgway, además, estudió los casos de famosos asesinos seriales para evitar sus mismos errores e impedir ser capturado. Afortunadamente, está tras las rejas.

Persisten muchas dudas en torno al caso Ridgway: ¿Se ha contabilizado el número total de sus víctimas? ¿Realmente dejó de matar durante todo ese tiempo, o cambió de método? Según algunos, el número total de víctimas asciende a más de 100, o más…

En comparación, Jack el Destripador, con sus cinco vícttimas, parece un angelito.

© Andrés Borbón 2007

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Aug 14

Los Asesinos Seriales están de moda, no hay la menor duda. Se habla de ellos en todas partes, hasta en los talk shows. No es que sean un fenómeno nuevo, pero últimamente han hecho su aparición en el imaginario popular de modo arrollador. Es un fenómeno mundial y, por supuesto, se han insertado en la literatura con gran fuerza y éxito, aunque con poco tino. Por desgracia, la mayor parte de los retratos de este tipo de criminales son, en realidad, caricaturas. La psicología de estos personajes literarios está llena de omisiones, de errores y de exageraciones. Se les pinta como superhéroes o como retrasados mentales, y no son ninguna de las dos cosas. Se les califica de monstruos, y tal vez lo sean, pero al mismo tiempo se les niega la calidad de enfermos, y es probable que también lo sean. No existe “cura” para su condición, ni entran dentro de las clasificaciones de enfermedades mentales, aunque algunos estudiosos han propuesto incluírla en los tratados que abordan estos temas. Son delincuentes y, por lo tanto, la sociedad necesita ser protegida de ellos, pero se les debe permitir transitar libremente en las obras literarias. Son los demonios modernos. Para una sociedad que no cree en el infierno ni en el cielo, en las hadas ni en los ángeles, los Asesinos Seriales cumplen una función bien definida: Provocar terror, demostrar que el mal tiene numerosas formas y que, si no abrimos bien los ojos, el monstruo estará esperándonos al doblar la esquina, o en medio de la noche, o en la fila del supermercado. Son realidad y son mito al mismo tiempo, aunque la diferencia entre ambos es tan grande que, al parecer, estamos hablando de dos cosas distintas.

© Andrés Borbón 2007

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