“Ah, ahora recuerdo. Ahora recuerdo dónde estoy. Y quién soy. De vuelta en la vieja cloaca de Nueva York donde nací, el lugar en el que no conocí más que hambre, humillación, desesperación, frustración… todas esas malditas cosas. Nada más que sufrimiento. Miro sus jodidas calles y no veo más que miseria, nada más que monstruos. […] A medida que pasaron los años se hizo incluso más horrible para mí. Cuando me acuerdo del puente de Brooklyn, que por entonces era el único que existía… Cuántas veces habré caminado sobre ese puente con el estómago vacío, una y otra vez, buscando una limosna, sin conseguir nunca nada… vendiendo periódicos en Times Square, pidiendo en Broadway, volviendo a casa con diez centavos, tal vez. No me extraña que me hayan quedado estas jodidas pesadillas de por vida. Ni siquiera me explico cómo sobreviví, ni cómo estoy todavía cuerdo. De hecho, aún no sé muy bien si estoy despierto o soñando. Mi vida entera me parece ahora un largo sueño, salpicado de pesadillas”. Henry Miller (In English)
Una noticia terrible: El señor y amo de la pantomima, Marcel Marceau, quien revivió este arte y lo dotó de poesía, falleció a los 84 años de edad ayer sábado, en París.
Con el rostro pintado de fantasmal blanco, dos lágrimas negras apenas esbozadas bajo los ojos, su clásico sombrero con una flor marchita y camiseta a rayas, cruzada por un tirante, Marcel Marceau era capaz de invocar cualquier sentimiento, cualquier recuerdo, cualquier objeto y darles vida en absoluto silencio, sin romper jamás la atmósfera mágica que la ausencia de las palabras produce. Porque sus frases eran otras: Más efectivas, más dramáticas, más poéticas. Dicen que fuera del escenario hablaba hasta por lo codos, pero su arte era otro. Bip, su personaje de toda la vida, podía ser, al mismo tiempo, un niño, un anciano, un vendedor de globos. Marcel Marceau, en el escenario, iluminado por un cono de luz que delimitaba su mundo, conmovía a los espectadores hasta el llanto, los alegraba hasta la carcajada, los regresaba a su infancia pero, lo más importante, los convertía en sus cómplices.
Recuerdo haber visto a Marcel Marceau en la televisión innumerables veces. En aquél entonces, teníamos un televisor en blanco y negro, montado en una consola de madera, como eran las cosas al principio de los setentas aquí en México y, de pronto, veía aparecer aquél extraño hombre de apariencia ridícula que no hablaba, que miraba al público y a la cámara como si estuviera aterrado, con azoro, como con pena de su aspecto, pero, de pronto, las luces se apagaban y aquel hombrecillo insignificante se convertía en un portento, en un gigante, en un mago. De sus manos brotaban palomas, de sus brazos serpientes, y aquél rostro podía ser el de cualquiera, el de ninguno… Cuando veía a Marcel Marceau en la televisión, me iba a dormir con la cabeza llena de sueños, de ángeles, de caramelos invisibles, de palomas como dedos, del retumbo endordecedor del silencio.
Descanse en Paz.
Para leer a Borges se necesita, antes que nada, perder la inocencia, la virginidad. Éste escritor no es para los espíritus puros, para los ingenuos. Hace falta un poco de malicia, algunas lecturas y una biblioteca para confirmar que las referencias no existen, que Borges es capaz de inventárselo todo, hasta a sus lectores.
La primera vez que tuve un libro de Borges en las manos, hace más de veinte años, fue de la manera menos propicia: En una recopilación, una de esas antologías del cuento fantástico impresa en un papel que ya amarilleaba de tan viejo y que, además, había pasado por muchos otros ojos antes que los míos. Algunas frases estaban subrayadas, las esquinas tenían múltiples huellas de dobleces y hallé más de un comentario al margen que me sesgó, me hizo transitar por otros caminos diferentes a los que él ideó. Sin embargo, aún recuerdo la zozobra de mi espíritu cuando los dedos de Borges salieron de las páginas como patas de araña, cuando la mirada hipnótica del ciego me alcanzó, cuando su voz, quebrada y porteña, me contó la historia del otro, la de la biblioteca, la de Emma Zunz, la de Asterión, la del Aleph.
Dicen que nadie puede ser el mismo después de leer a Borges. Dicen que ningún escritor es capaz de sustraerse a su influencia. Dicen que es imposible olvidarlo. Dicen que uno acaba imitándolo. Dicen que sus libros siempre son el inicio de otro libro. Dicen que en el juego de ajedrez que inventó Borges, él es quien mueve los hilos de nosotros, sus marionetas.
Yo no creo ninguna de estas cosas. Sólo escribo.
La primera vez que leí un libro de Simenon, allá en la prehistoria de mi bLografía, tuve una especie de revelación (la verdad, las tenía casi a diario) y me dije: Yo quiero escribir así. Luego me pasó lo mismo con Carlos Fuentes, con Vargas Llosa, con Grass, con Cortázar, con Thomas Mann… las lista es casi interminable, pero no incluye a Cervantes, ni a César Aira, ni a Mario Benedetti, ni a Laura Restrepo. Pero Simenon ha sido un caso especial. La nitidez de su prosa es, a la vez, atractiva y aterrorizante. Uno no diría que escribía sus obras en menos de dos semanas. Por el contrario, parecen el producto de una larga tarea, de un cuidado pulir de las palabras. Lo que uno comienza echando de menos (Los Adjetivos), pronto se convierte en una de sus marcas distintivas, en su atractivo principal. La aparente simplicidad de sus textos y su eficacia tiene que ver con los gruesos trazos, con la dimensionalidad de los personajes. El primer libro que leí de él, Carta a mI Juez, es un buen ejemplo de ello, y el más frustrante, al mismo tiempo. Simenon no escribe: Cincela las palabras en la página, de tal modo que el producto tiene relieve, consistencia, verdad. Uno diría que sus novelas son dibujos a crayola, sin retoque, sin engaño, sin adornos superfluos. La poética de Simenon, dicen los que saben, se basa en un truco viejo pero con frecuencia despreciado por la nueva literatura: El poder del verbo, la contundencia de los sustantivos y el destierro de todo lo que huela a adjetivo.
Como muchos de mi generación (y de la anterior, supongo), fui seducido hasta el tuétano por las novelas de Lobsang Rampa. Lo digo con el ruin orgullo del irredento, del que no aprende ni aprenderá, del que se siente orgulloso de sus errores, aunque arda saber que lo que ahí pone el inglés que se hizo pasar por tibetano sean puras mentiras, paparruchadas que sólo un adolescente de catorce años como lo era yo en aquella época se pudo haber creído. Y ahí me tienen, fatigando mis tardes en el intento de un viaje astral, consiguiendo con los amigos (tan sorbidos del seso como yo) el dinero suficiente para irnos a las librerías de viejo y rescatar los otros tomos de las sabias enseñanzas del incomprendido lama transformado en ciudadano inglés por obra de una reencarnación en vida. Hasta se me ocurrió convertirme en neurocirujano para ver si era capaz de entender cómo funcionaba la sangrienta operación para abrir el tercer ojo. Como los recursos eran pocos, nuestras capacidades técnicas insuficientes y la supervisión paterna estrecha, no pudimos desarmar un televisor y una cámara fotográfica para construir una cámara Kirlian, pero ganas no nos faltaron. Cuando el material de lectura se acabó (Rampa no alcanzó a escribir más), nos aventuramos a otros terrenos pero, por desgracia, comenzamos a crecer. Del viaje astral y la meditación pasamos a la música de Queen y de ahí a las florecientes púberes que eran nuestras compañeras de escuela y… poco a poco fueron cayendo todos los integrantes de la banda metafísica y atolondrada que alguna vez tuvo tanto empuje como nos lo permitían nuestras cabezas llenas de gorgojos. Al final, no quedó sino el maravilloso recuerdo de, alguna vez, haber creído en algo.