Si las novelas de Perry Mason hubieran salido hoy a la luz, la gente las tacharía de simplonas, de primitivas, de machistas y hasta de imperialistas. Algo semejante le habría sucedido a Agatha Christie, o a Simenon, aunque éste último se salvaría (apenas) del degüello expedito por los elementos psicológicos que introduce en sus novelas. Sin embargo, casi con toda probabilidad la sentencia de que "La novela policiaca ha muerto" sería verdad, o estaría muy cerca de serlo. Ahora las novelas policiacas deben tener intriga, de preferencia algún complot internacional para desestabilizar al mundo. Hay que dar una clase de historia en cada novela y, además, hay que llevar al lector de paseo por medio mundo. Si la novela se ubica en nuestros pobres países maltratados por la pobreza, entonces uno debe ingeniárselas con los elementos que tiene a la mano: Policías gángsters, narcos, mucho sexo barato y, de ser posible, un protagonista con más defectos que virtudes. El crimen es lo de menos. Ahora la novela policiaca es retrato, no fantasía, y se parace tanto al otro género llamado thriller que poco falta para que ambos términos se fusionen. Por eso, tal vez, se han inventado otro término, el de Novela Negra en donde, por lo general, se descuida lo policiaco y se vuelve más un testimonial que una cosa de ficción. Ha tenido éxito, por supuesto, pero es el morbo momentáneo lo que hace que los libros desparezcan de las estanterías. Después, nadie se acuerda y el negro se convierte en gris, los volúmenes desaparecen de la lista de bestsellers y acaban sirviendo de pisapapeles, en el mejor de los casos.