Sep 12

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Si las novelas de Perry Mason hubieran salido hoy a la luz, la gente las tacharía de simplonas, de primitivas, de machistas y hasta de imperialistas. Algo semejante le habría sucedido a Agatha Christie, o a Simenon, aunque éste último se salvaría (apenas) del degüello expedito por los elementos psicológicos que introduce en sus novelas. Sin embargo, casi con toda probabilidad la sentencia de que "La novela policiaca ha muerto" sería verdad, o estaría muy cerca de serlo. Ahora las novelas policiacas deben tener intriga, de preferencia algún complot internacional para desestabilizar al mundo. Hay que dar una clase de historia en cada novela y, además, hay que llevar al lector de paseo por medio mundo. Si la novela se ubica en nuestros pobres países maltratados por la pobreza, entonces uno debe ingeniárselas con los elementos que tiene a la mano: Policías gángsters, narcos, mucho sexo barato y, de ser posible, un protagonista con más defectos que virtudes. El crimen es lo de menos. Ahora la novela policiaca es retrato, no fantasía, y se parace tanto al otro género llamado thriller que poco falta para que ambos términos se fusionen. Por eso, tal vez, se han inventado otro término, el de Novela Negra en donde, por lo general, se descuida lo policiaco y se vuelve más un testimonial que una cosa de ficción. Ha tenido éxito, por supuesto, pero es el morbo momentáneo lo que hace que los libros desparezcan de las estanterías. Después, nadie se acuerda y el negro se convierte en gris, los volúmenes desaparecen de la lista de bestsellers y acaban sirviendo de pisapapeles, en el mejor de los casos.

© Andrés Borbón 2007

 

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Aug 16

La pregunta parece bastante idiota, debo admitirlo. La escogí a propósito porque sé por experiencia que jamás tiene una respuesta satisfactoria. Y menos en los tiempos que corren. Entonces, ¿de qué se trata? La respuesta (lo adivinará la mayoría) tiene qué ver con la desinformación o, más apropiadamente, con el exceso de información. Y con la mala información, dirá elogroliterato. No estoy diciendo que tener muchas opciones de lectura sea malo (si de eso pido mi limosna), sino que es casi imposible saber de qué trata una obra hasta haberla leído. La crítica no existe. La crítica apesta. Si el autor es poco conocido, nadie se molesta en criticar la obra. Si el autor es conocido, todo se va en alabanzas sin límite. El punto medio no existe. El punto medio se ha fugado con los billetes que las editoriales gastan para que los libros reciban buena publicidad. La ausencia del punto medio, me temo, ha convertido a los críticos en meros reseñadores, en meros publicistas, en meros instrumentos del marketing. Entonces, ¿qué leer? Pregúntenle a un amigo, a algún pariente, pero manténganse alejados de las críticas, de los críticos y de las contraportadas.

© Andrés Borbón 2007

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Aug 01

Sonechka-220

(Sónechka, Ludmila Ulítskaya; Era, 2007)

Por Andrés Borbón

No resulta sorprendente que los personajes literarios sean, de vez en cuando (como algunos de sus creadores), amantes de los libros. Sin embargo, la rusa Ludmila Ulítskaya (bióloga, genetista, disidente y escritora tardía) lleva las cosas más allá y en ésta su primera novela el personaje central es una lectora que —cito textualmente— “Caía en la lectura como en un desmayo, que terminaba con la última página del libro”. Ulítskaya califica el talento de su protagonista con el superlativo de genialidad y, al mismo tiempo, lo compara con un tipo de demencia. La discordancia es, sin embargo, precisa: Sónechka era casi incapaz de vivir fuera de los libros pero, eso sí, leía como una artista. Sus aptitudes de lectora superaban con frecuencia a los propios autores, cuyas obras se beneficiaban de una poderosa imaginación que no descansaba ni siquiera durante el sueño.

Ésta atípica heroína habría de convertirse (la conclusión parece obvia) en guardiana de libros, en bibliotecaria. La fea Sónechka, de amplias espaldas, nalgas lisas, mirada pobre, pechos grandes y nariz de pera, conocería al único hombre de su vida en la biblioteca. Robert Víctorovich, un artista en desgracia, le hará concebir a Tania, su única hija y futura lesbiana. Una sucesión de pobrezas y la dureza de un régimen inhumano llevarán a la familia de mal en peor. Sin embargo, el talento de Víctorovich jamás sería puesto en duda. Se trata de un individuo viejo, esmirriado, corto de estatura y, al final, adúltero. Sónechka, sin embargo, lo aguanta todo y se convierte en la guardiana de aquella prole atípica: El marido pintor, la hija aspirante a artista e Iasia, una beldad blanca, perversa y etérea como la nieve que entrará en la casa familiar en calidad de huérfana protegida. Después, se convertirá en la manzana de la discordia que tensará las relaciones entre padre e hija. Iasia elige al pintor, quien ve resurgir su inspiración y crea las mejores obras de su vida, una sucesión de retratos blancos como su musa. Tania, ofendida, se va de casa y Sónechka se queda sola. ¿Qué hace con su soledad? La respuesta parece obvia: Lee, sólo lee.

Acostumbrados a los triángulos, a las diadas, el cuadrángulo que nos ofrece Ulítskaya es triste y revelador al mismo tiempo: Víctorovich y Tania aman a Iasia, Iasia no ama a nadie y Sónechka los ama a todos, pero no a sí misma. El viejo pintor es un títere de sus propias pasiones y la verdadera tensión narrativa discurre entre nuestras tres protagonistas. Inteligencia, carácter y belleza. Amor, egoísmo y lealtad. Prudencia, visceralidad y desapego… La autora nos muestra algunas de las posibles caras de una mujer, pero las concibe cercanas, interdependientes, complementarias. No resulta muy aventurado decir que todas son en realidad una sola: Las tres caras de un polígono imposible.

¿Quién es esa mujer que imagina Ulítskaya? Me atrevo a decir que es la otra, la ausente, la añorada.

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Aug 01

Pieza-Unica-220

(Milorad Pavic, Sexto Piso, 2007).

Por Andrés Borbón

La hermosa edición de Sexto Piso contiene dos volúmenes en lugar de uno, en una caja con el nombre de la obra. Hasta aquí, nada extraordinario. Sin embargo, pronto es evidente que no se trata de lo que pensábamos, pues no hay continuidad entre ambos libros.

La segunda sorpresa viene del texto mismo. El inicio es desconcertante: Pavic nos presenta, desde la primera página, al protagonista de la historia: Aleksandar Klozevits, un andrógino que se hace llamar Sandra cuando actúa como mujer y Aleksa, si adopta una apariencia masculina (cabeza rasurada, arete en la ceja). Las sorpresas no paran aquí, pues Klozevits tiene, además de la de criminal, una profesión nada convencional: Vendedor de sueños. Pero no se trata de sueños comunes y corrientes, sino de sueños futuros, y el precio que cobra va desde un felatio (para Aleksa) hasta una vida humana, perpetrada bajo la impunidad de una cercana muerte.

Los primeros capítulos transcurren en una especie de hipnosis olfatoria. Los personajes se nos presentan mediante el olor de sus perfumes y afeites más que por su aspecto físico. El tono onírico (por supuesto) está marcado por un manejo algo arbitrario del tiempo. Un personaje puede enfermar de cancer, ser hospitalizado al siguiente día y morir una semana después, de una metástasis soñada o real, la decisión es del lector. Los hechos transcurren con la velocidad de los sueños: Extensos close ups a detalles mínimos, lentas reflexiones en tres interminables líneas y, después, escenas que suceden a toda velocidad pero que conservan el rigor y la precisión de una sinfonía. Y Pavic no pierde nota. Cuando pensábamos que la novela estaba ya cerrándose sobre sí misma, aparecen los capítulos finales, durante los cuales el que lee siente la tentación de regresar sobre sus pasos y comprobar algunos datos, pero ello equivaldría a hacer trampa.

Queda en el lector, también, resolver algunos otros aspectos de los crímenes con la ayuda del segundo libro: El cuaderno de notas de Eugen Stross, el investigador asignado al caso. Aunque es posible detener la lectura tras el primer volumen, el ejercicio propuesto por Milorad Pavic no concluye hasta que el lector aborda el Libro Azul y se enfrenta a las mismas interrogantes que el detective, un hombre poco convencional y dado a ejercer su profesión de una manera circular, obsesiva.

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