Sep 03

Últimamente he leído mucho sobre el tema de los derechos digitales y sigo tan confundido como al principio. Lejos de lo que dicen las legislaciones, el asunto tiene más que ver con la ética, con la justicia entendida desde el punto de vista humano, no del empresarial… Resulta que los grandes consorcios de la música, y ahora de la literatura, venden productos que no pueden ser poseídos por el comprador, ya que la posesión implica el derecho de modificar las características del objeto. Si compro una silla, estoy en todo mi derecho de quitarle una pata, o de pintarla del color que me plazca. Si compro un libro en formato digital, por otra parte, se me prohíbe quitarle páginas, verlo en cuantas computadoras quiera, venderlo, obsequiarlo y, con frecuencia, imprimirlo. Por supuesto, no estoy en libertad de modificarlo. Es como si subrayar un poema de Octavio Paz fuera un delito penado con la cárcel. El delito máximo en la industria digital se llama copiar, por no hablar de la otra palabra (innombrable, como Lord Voldemort) que se llama compartir. La posesión del objeto digital es una ilusión, una patraña… Las computadoras hacen posible la venta de objetos digitales, que no deben ser copiados pero… las computadoras son máquinas de copiar información. Internet es un sistema para copiar y transmitir información. Cada que vemos una página web estamos copiando la información del servidor. Cada vez que la industria nos impide copiar el producto que hemos comprado, atenta contra la naturaleza básica de dicho objeto, contra su perdurabilidad, contra el valor intrínseco del mismo.

El punto débil de las obras digitales es la codificación. La empresa nos vende el último libro de Stephen King en formato digital, codificado para impedir que sea visto por otra persona además del comprador. Por desgracia (por fortuna), está obligado a decirnos cómo hemos de hacer para poder decodificar el producto y verlo en nuestra computadora, o en nuestro lector de eBooks. En pocas palabras: Nos vende la cerradura y una llave especial que sólo sirve en nuestras manos. Sin embargo, hay gente lista en todas partes (no solamente en las empresas digitales) y desbloquear las llaves y las cerraduras es un asunto que se resuelve fácilmente. Lo que a los brillantes ingenieros de las grandes empresas de obras digitales les lleva años bloquear, con frecuencia es desbloqueado en días por chicos (brillantísimos) de 15 años.

Es un cuento de nunca acabar y, mientras tanto, perdemos todos.

© Andrés Borbón 2007

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Aug 16

La pregunta parece bastante idiota, debo admitirlo. La escogí a propósito porque sé por experiencia que jamás tiene una respuesta satisfactoria. Y menos en los tiempos que corren. Entonces, ¿de qué se trata? La respuesta (lo adivinará la mayoría) tiene qué ver con la desinformación o, más apropiadamente, con el exceso de información. Y con la mala información, dirá elogroliterato. No estoy diciendo que tener muchas opciones de lectura sea malo (si de eso pido mi limosna), sino que es casi imposible saber de qué trata una obra hasta haberla leído. La crítica no existe. La crítica apesta. Si el autor es poco conocido, nadie se molesta en criticar la obra. Si el autor es conocido, todo se va en alabanzas sin límite. El punto medio no existe. El punto medio se ha fugado con los billetes que las editoriales gastan para que los libros reciban buena publicidad. La ausencia del punto medio, me temo, ha convertido a los críticos en meros reseñadores, en meros publicistas, en meros instrumentos del marketing. Entonces, ¿qué leer? Pregúntenle a un amigo, a algún pariente, pero manténganse alejados de las críticas, de los críticos y de las contraportadas.

© Andrés Borbón 2007

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