Como muchos de mi generación (y de la anterior, supongo), fui seducido hasta el tuétano por las novelas de Lobsang Rampa. Lo digo con el ruin orgullo del irredento, del que no aprende ni aprenderá, del que se siente orgulloso de sus errores, aunque arda saber que lo que ahí pone el inglés que se hizo pasar por tibetano sean puras mentiras, paparruchadas que sólo un adolescente de catorce años como lo era yo en aquella época se pudo haber creído. Y ahí me tienen, fatigando mis tardes en el intento de un viaje astral, consiguiendo con los amigos (tan sorbidos del seso como yo) el dinero suficiente para irnos a las librerías de viejo y rescatar los otros tomos de las sabias enseñanzas del incomprendido lama transformado en ciudadano inglés por obra de una reencarnación en vida. Hasta se me ocurrió convertirme en neurocirujano para ver si era capaz de entender cómo funcionaba la sangrienta operación para abrir el tercer ojo. Como los recursos eran pocos, nuestras capacidades técnicas insuficientes y la supervisión paterna estrecha, no pudimos desarmar un televisor y una cámara fotográfica para construir una cámara Kirlian, pero ganas no nos faltaron. Cuando el material de lectura se acabó (Rampa no alcanzó a escribir más), nos aventuramos a otros terrenos pero, por desgracia, comenzamos a crecer. Del viaje astral y la meditación pasamos a la música de Queen y de ahí a las florecientes púberes que eran nuestras compañeras de escuela y… poco a poco fueron cayendo todos los integrantes de la banda metafísica y atolondrada que alguna vez tuvo tanto empuje como nos lo permitían nuestras cabezas llenas de gorgojos. Al final, no quedó sino el maravilloso recuerdo de, alguna vez, haber creído en algo.
Si las novelas de Perry Mason hubieran salido hoy a la luz, la gente las tacharía de simplonas, de primitivas, de machistas y hasta de imperialistas. Algo semejante le habría sucedido a Agatha Christie, o a Simenon, aunque éste último se salvaría (apenas) del degüello expedito por los elementos psicológicos que introduce en sus novelas. Sin embargo, casi con toda probabilidad la sentencia de que "La novela policiaca ha muerto" sería verdad, o estaría muy cerca de serlo. Ahora las novelas policiacas deben tener intriga, de preferencia algún complot internacional para desestabilizar al mundo. Hay que dar una clase de historia en cada novela y, además, hay que llevar al lector de paseo por medio mundo. Si la novela se ubica en nuestros pobres países maltratados por la pobreza, entonces uno debe ingeniárselas con los elementos que tiene a la mano: Policías gángsters, narcos, mucho sexo barato y, de ser posible, un protagonista con más defectos que virtudes. El crimen es lo de menos. Ahora la novela policiaca es retrato, no fantasía, y se parace tanto al otro género llamado thriller que poco falta para que ambos términos se fusionen. Por eso, tal vez, se han inventado otro término, el de Novela Negra en donde, por lo general, se descuida lo policiaco y se vuelve más un testimonial que una cosa de ficción. Ha tenido éxito, por supuesto, pero es el morbo momentáneo lo que hace que los libros desparezcan de las estanterías. Después, nadie se acuerda y el negro se convierte en gris, los volúmenes desaparecen de la lista de bestsellers y acaban sirviendo de pisapapeles, en el mejor de los casos.
Últimamente he leído mucho sobre el tema de los derechos digitales y sigo tan confundido como al principio. Lejos de lo que dicen las legislaciones, el asunto tiene más que ver con la ética, con la justicia entendida desde el punto de vista humano, no del empresarial… Resulta que los grandes consorcios de la música, y ahora de la literatura, venden productos que no pueden ser poseídos por el comprador, ya que la posesión implica el derecho de modificar las características del objeto. Si compro una silla, estoy en todo mi derecho de quitarle una pata, o de pintarla del color que me plazca. Si compro un libro en formato digital, por otra parte, se me prohíbe quitarle páginas, verlo en cuantas computadoras quiera, venderlo, obsequiarlo y, con frecuencia, imprimirlo. Por supuesto, no estoy en libertad de modificarlo. Es como si subrayar un poema de Octavio Paz fuera un delito penado con la cárcel. El delito máximo en la industria digital se llama copiar, por no hablar de la otra palabra (innombrable, como Lord Voldemort) que se llama compartir. La posesión del objeto digital es una ilusión, una patraña… Las computadoras hacen posible la venta de objetos digitales, que no deben ser copiados pero… las computadoras son máquinas de copiar información. Internet es un sistema para copiar y transmitir información. Cada que vemos una página web estamos copiando la información del servidor. Cada vez que la industria nos impide copiar el producto que hemos comprado, atenta contra la naturaleza básica de dicho objeto, contra su perdurabilidad, contra el valor intrínseco del mismo.
El punto débil de las obras digitales es la codificación. La empresa nos vende el último libro de Stephen King en formato digital, codificado para impedir que sea visto por otra persona además del comprador. Por desgracia (por fortuna), está obligado a decirnos cómo hemos de hacer para poder decodificar el producto y verlo en nuestra computadora, o en nuestro lector de eBooks. En pocas palabras: Nos vende la cerradura y una llave especial que sólo sirve en nuestras manos. Sin embargo, hay gente lista en todas partes (no solamente en las empresas digitales) y desbloquear las llaves y las cerraduras es un asunto que se resuelve fácilmente. Lo que a los brillantes ingenieros de las grandes empresas de obras digitales les lleva años bloquear, con frecuencia es desbloqueado en días por chicos (brillantísimos) de 15 años.
Es un cuento de nunca acabar y, mientras tanto, perdemos todos.
© Andrés Borbón 2007

Jamás había oído hablar de un libro sobre la cacería de ratas, pero si alguien está interesado, es gratuito y lo pueden bajar de la página Manybooks (http://manybooks.net/), donde seguramente encontrarán muchas otras joyas. ManyBooks es un sitio que se especializa en distribuir, sin costo, libros cuyos derechos de autor han caducado. Hasta el momento hay poco menos de 18,000, y el conteo sigue adelante. El libro al que hago referencia es de 1898, y su autor es Ike Matthews.
He aquí la traducción (mía) de un pequeño fragmento del libro, para abrir apetito:
"El daño que las ratas pueden hacer a las propiedades, a los productos, etc., es casi increíble. He tenido tantos ejemplos de esto que apenas sé cuál poner. Pienso que el peor caso que he visto fue cuando modieron un agujero en un tubo de plomo de 2 pulgadas y cuarto, y frecuentemente he sabido que agujeran tubos de plomo de una pulgada. El peor daño se hace cuando llegan bajo los pisos desde el drenaje. Arañan el suelo desde abajo, y comienza a haber filtraciones, y la peste del drenaje es abominable, poniendo en riesgo la salud de los habitantes. He visto muchos de estos casos en las partes más pobres de Manchester. El daño que las ratas harán a las sedas y productos similares, los bienes de los comerciantes, o en el negocio de los abarrotes, es enorme, y no tanto por lo que comen sino por lo que llevan consigo, que con frecuencia es diez veces lo que comen [...] …cuando quitamos los páneles, encontramos el techo lleno de terrones de azúcar, nueces, velas, etc., los cuales estuvieron ahí por años, almacenados por las ratas. Ahora, todo esto implica grandes pérdidas, y es por eso que digo que cualquier hombre de negocios que sufre de esto debe buscar los servicios de un cazador de ratas profesional una vez al año para mantener a las ratas bajo control, y atrapar a las más posibles antes de que comiencen a procrear."
Sobre la diferencia entre la Política y la escritura de Novelas:
Los hábitos mentales que se requieren para ser novelista son antitéticos a aquellos que se requieren para la actividad política. Un político competente y trabajador abrirá una lata de gusanos sólo como último recurso, y después tratará de descartar los gusanos malos, hará que los gusanos buenos se pongan en línea, y finalmente pondrá a los gusanos buenos en una mejor lata. Un escritor de ficción que se tome en serio la escritura, abrirá la misma lata sólo porque sí, al tiempo que da un alegre grito de "¡Wow!, ¡Maravilloso! ¡Gusanos!" y se pondrá a jugar con los gusanos, los enseñará a ser amigos, les pondrá nombres, los disfrazará, tratará de entrevistar a los gusanos y, probablemente, tratará de convertirse en un gusano. Naturalmente, ha tirado la lata inmediatamente, porque los gusanos necesitan espacio para anudarse y copular y hacer más gusanos; si ha de poner los gusanos en cualquier lugar, será en algo más interesante que una lata, probablemente en un florero, una bañera o un frasco de salsa.
Tomado de Making Light, de una entrada de Teresa Nielsen
Traducción: © Andrés Borbón 2007

Este es un fragmento del texto: "Allá, Julio, donde estés" de Idalia Sautto, aparecido en Letralia:
En la esquina de una habitación, en aquel departamento parisino en el que vivió sus últimos años Julio, y también Carol, hallamos a Julio de espaldas a una puerta que está abierta a la blancura. La luz que entra, no sólo por la ventana que le da ángulo al cuerpo de Julio; la pared, la cajonera —sobre la que hay un radio—, y más arriba un cuadro enmarcando el dibujo de un gato a pluma, y claro, el librero que se asoma al encuadre, todo es barnizado por el blanco de la fotografía, tal vez incluso de la realidad. Abajo, junto a Julio, que está sentado en el suelo y se recarga en el pretil de la puerta abierta, y si acaso pudiera estirar más su pie tocaría la mesita. Sobre la que tiene una taza de café en su correspondiente platito, y junto algo que —indudablemente— parece un bote de Nescafé: “Siempre que una persona tiene una lata de Nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco”.
Mirarte ahora, esta vieja fotografía que trae tu mirada de gato verde y tú —Julio— eres la única ventana de la esfera que hace de la vida un juego inesperado, siempre bien agradecido y lleno de huellas púrpuras que te esconden por debajo tantas cuartillas con interminables caminatas, un café escondido por un caracol y un pucho que enciende un cigarro, o más bien, un cigarrillo. Una pequeña frase es suficiente para escuchar tu voz e imaginar que andas por ahí mirando siempre por encima del hombro, diciendo vaya a saber qué.
Julio está sentado en el suelo, y en una mano sostiene una cámara profesional de fotografía. Tiene sus piernas en ele, como si no hubiera otra forma de acomodar sus dos metros de estatura en aquel rincón. La expresión de Julio es una muy peculiar, no mira a la cámara, más bien es sorprendido desde la ventana que da al balcón, ese balcón que en la parte de la recámara abierta se hace silla, bolsa, acero borroneado por la bruma, y que en el preludio de alcanzar a Julio y a Heidegger se hace casi página en blanco, se hace también mecedora de granadillo y mimbre. Julio precisamente señala con un dedo y con una sonrisa ese ser que se asoma desde el balcón, que coloca su pata en la ventana y lo observa, y se reconocen como dos gatos que son incapaces de presumir la sabiduría que hay más allá de sus miradas.
Cortazar, acerca de caminar por París. Hablado en francés, aunque con subtítulos.
Cortázar, hablando sobre lo fantástico y lo Real.
El cuento "El Perseguidor", Narrado por Julio Cortázar… ¡Una Joya!