Sep 16

El blanco y el negro obtienen su perfección de la dualidad, de la disolución, del doble juego de piezas que, como en el ajedrez, combaten para conquistar posiciones, para resolver la batalla mediante el aniquilamiento del otro. Los otros colores, esos advenedizos, esos hijos impuros de la luz, del prisma, del ojo que los ve, corrompen el esquema primigenio y seducen, mienten, empobrecen. Tras su llegada, nada puede ser igual, pues engañan al espectador con la irresistible belleza de lo prohibido.

© Andrés Borbón 2007

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