Aug 19

La luz, como bien saben todos los ciegos, es como el ruido para los músicos o el bullicio para quienes meditan. Nada obstruye tanto la vista como la vista misma (nada es menos triste que la tristeza). Para ver, es necesario apagar las lámparas, cerrar los ojos, concentrar la imaginación y desterrar hasta el recuerdo de la luz, su perjudicial influencia sobre el objeto. La luz, como todos los atributos, sólo disfraza, enturbia, mitifica. El objeto más luminoso es aquél que se oculta entre sus propias sombras.

© Andrés Borbón 2007

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