Sep 06

Guarecernos de los otros, del contacto con los demás, de la proximidad y hasta de la vista de los extraños nos lleva, ineludiblemente, a otro tipo de cercanía, de invasión: La nuestra propia. Desprendernos de la mirada que nos devuelve el espejo, del timbre de nuestra voz, del tacto de la piel que nos encierra es, desde luego, imposible. Por eso es mejor diluirnos en el otro, para escapar por un instante de nosotros mismos, para experimentar efímeramente la lejanía.

© Andrés Borbón 2007

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Sep 04

Muchos creen que el material de que está hecho el insomnio es la ansiedad, los recuerdos o la ira. Todos los verdaderos insomnes, los profesionales de la vigilia, saben que esto es mentira, que se trata de leyendas alimentadas por la ignorancia, por el miedo o por la envidia. Cuando la gente pregunta a los insomnes sobre la naturaleza de su condición, estos guardan silencio o inventan cualquier explicación para no decir la verdad: Que el insomnio y la nada son la misma cosa.

© Andrés Borbón 2007

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Sep 03

El infierno, dicen algunos, no existe. Tal vez sea cierto, tal vez no. Mientras tanto, hemos de hacer una elección fundamental: Creer o no creer. Si creemos, la vida será una lucha inútil contra el pecado. Si no creemos, todo se reduce a una cuestión de conciencia. Vivir sin creer en el infierno implica, también, la negación del paraíso, del eterno descanso, de la inmortalidad. Parece que la decisión no es fácil. Yo me inclino por creer aunque, por desgracia, la fe no es cuestión de voluntad y aspirar al infierno tiene su truco.

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Sep 01

El lenguaje de los olores, de los aromas, es el lenguaje de la disolución, del lento mezclarse con lo que nos rodea. Cuando aspiramos el perfume de una rosa, aspiramos la rosa. Me pregunto a qué olerá una noche de Octubre, la Luna, los pasos de la gente, una sonrisa. Imagino que nuestro limitado olfato, nuestra ceguera nasal, tendrá como objetivo librarnos de aromas perturbadores, como el de un poema de amor, una gota de rocío o el del amanecer.

© Andrés Borbón 2007

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Aug 31

El silencio es la tela sobre la que están dibujados los sonidos, la paleta del músico, la cuerda donde el que habla cuelga las palabras como si pusiera ropa a secar. Tanto se ha dicho del silencio que uno se pregunta si no sería mejor callar para explicarlo mejor, abolir las frases que intentan definirlo, anular el ruido de fondo que lo oculta. Pocos han escuchado el verdadero silencio, y ni los sordos lo conocen con certeza. Sólo los muertos, tal vez, están en condiciones de saber de qué se trata, pero nuestras plegarias los distraen.

© Andrés Borbón 2007

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Aug 30

Los atardeceres y el pasado tienen un nexo indisoluble. A diferencia del alba, la puesta del sol nos indica que algo se ha terminado, que valdría la pena recordarlo, dejar que se disuelva en el olvido o comunicárselo a otros. Sin embargo, el ajetreo de la vida moderna provoca que muchos atardeceres se pierdan para siempre, que pasen inadvertidos o que se les vea como una amenaza. Los días de los atardeceres, temo admitirlo, están contados.

© Andrés Borbón 2007

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Aug 28

Los gritos no viven, como los objetos, en el mundo real. Su reino es el de los miedos, el de los recuerdos, el del futuro. La cualidad más aterradora de un grito radica en el destino, en la fantasía, en nuestra capacidad para imaginar lo peor. Un vistazo al futuro basta, a veces, para traer de vuelta todos nuestros temores. Por eso los seres humanos vivimos alejados del porvenir, escondiéndonos de los gritos ajenos y sofocando los propios.

© Andrés Borbón 2007

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Aug 27

El viento es, como la marea, la manifestación de un objeto en movimiento. Sin embargo, llamar objeto al aire es forzar demasiado las cosas, pues se parece demasiado al vacío, a la nada, a la negación de lo tangible. Los poetas, quienes no se preocupan mucho de las leyes físicas, pueden hacer que una mariposa se pose en el aire, que las ramas de los árboles adopten las cualidades del viento y que una brisa cualquiera sea idéntica a la caricia del ser amado.

© Andrés Borbón 2007

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Aug 24

El segundo día se parece tanto al anterior y al que sigue, y al último, que no valdría la pena hablar de él si no fuera porque, a fin de cuentas, se trata de un momento distinto en el tiempo, tan particular que podría ser el punto de partida, el inicio, la inauguración de una vida nueva. Así, todo segundo día puede convertirse en el primero y, claro, en el último. A ningún día, como a ningún hombre, le gusta ser el segundo, el tercero o el número cien. Ser el primero o el último tiene cierto prestigio.

© Andrés Borbón 2007

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Aug 22

La domesticación del fuego es un mito alimentado por los fabuladores y otros profesionales de la mentira. Es como decir que alguien (una raza, un hombre) ha conseguido someter el rayo, los meteoros, o las trayectorias de los planetas. Los pequeños fuegos (el de la chimenea, el de una vela) deben ser mantenidos a raya para evitar que se adquieran su verdadero potencial, su colosal fiereza, su ira implacable. Todos los domadores de fuegos saben que la línea entre la vida y la muerte se incendia y desaparece con gran facilidad.

© Andrés Borbón 2007

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