Sofía ha llamado hoy muy temprano para decirme que necesita mi ayuda. Su voz sonaba casi histérica. No gritaba, pero el tono era apremiante. Traté de calmarla y le dije que no entendía absolutamente nada de lo que me estaba diciendo. Y era verdad: Una parte de mi cerebro aún no despertaba por completo.
Ella se desesperó y comenzó a levantar la voz. Tuve que alejar la bocina, pues me estaba dejando sordo con aquella larga hilera de palabras que soltaba con voz de soprano mitad en italiano y mitad en español, con uno que otro término en un inglés mal pronunciado y casi incomprensible.
Traté de interrumpirla, de guiar sus explicaciones hasta un punto en el que pudiera enterarme de algo, pero ella no dejaba de hablar. Por fin, comenzó a lloriquear y como las palabras le salían en medio de pucheros, comprendí por fin de qué se trataba: La habían asaltado. Muchas veces le advertí que no debía salir a la calle con sus joyas, pero no me hizo caso jamás. Caminaba por cualquier rumbo con el cuello atiborrado de collares, como si fuera la reina de Saba. Decía que los mexicanos eran buenos, nobles y que siempre habían sido amables con ella. Le dije que no debía dejarse engañar, pues aquí hay tantos ladrones como en cualquier otra parte del mundo. Y finalmente sucedió: Le quitaron un par de cadenas de oro, el reloj y, además, el ladrón le apuntó con una pistola enorme (eso dijo Sofía).
Lo más curioso sucedió al final: Cuando el ladrón terminó de guardarse el botín en los bolsillos del pantalón, miró a Sofía, sonrió, y le dio un beso en la mejilla.
─Estás chulísima, mi reina ─dijo, y se alejó corriendo.