Apr 03

Me encantan los gatos. Cuando era niño, mi abuela solía decirme que eran más fieles que los perros, nada más que a los gatos no se les nota porque son orgullosos y no les gusta parecer serviles. Nunca le creí del todo, pero aquellas palabras calaron hondo en mí pues casi siempre he tenido, por lo menos, un gato.

Ahora no tengo ninguno. El último desapareció una noche y jamás volvió. Lo malo de estos felinos es, sin duda, su alma pendenciera. Son vagos y melodramáticos por costumbre, además de exigentes, cosa que no les agrada a muchos, pero ésta es precisamente una de las características que más me gustan de ellos. No porque me guste servirlos, sino porque ello me da la certeza de que están conmigo porque quieren, no porque estén sujetos con una correa o porque la altura de la cerca les impide escapar.

Hace unos días que estoy buscando un sustituto para Sherlock, mi anterior gato. Siempre les pongo nombres de escritores o de personajes literarios. He tenido un Twain, una Christie, dos Bovarys, un Setembrini, un Günter (por Günter Grass), un Byron y un Flaubert, entre otros. Mis amigos dicen que estoy loco, pero me basta mirar a los ojos de un gatuelo para hallar el personaje que lleva dentro. Nunca tengo ideas preconcebidas al respecto, pues la elección debe ser espontánea y es el minino quien, en realidad, elige su nombre. En una ocasión, estaba por llamar Herodoto a un pequeño gato atigrado y éste me clavó las uñas cuando escuchó aquél nombre. Terminó siendo Chesterton (Chester, de cariño).

Me pregunto cómo se llamará el siguiente.

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Mar 26

Hoy, mientras me esmeraba en la novela, sonó el teléfono y, al principio, no respondí. Por si no lo saben, detesto los teléfonos. Son el peor invento desde que Nobel fabricó la dinamita y me parece que en algunos casos la supera en poder destructivo. Mi mundo perfecto no tendría, por supuesto, un solo teléfono. Sin embargo, hay veces (como ésta) en que los odio un poco menos. Vaya, hasta lo amé brevemente mientras escuchaba la voz de la vecina buena quien me suplicaba (sí, me suplicaba) que la ayudara con una fuga de agua que tenía en el lavabo del baño.

Ni tardo ni perezoso, salí del departamento y recorrí el pasillo hasta la casa de la vecina, cuya puerta se encontraba abierta de par en par. Me esperaba en la puerta, con una bata que le llegaba por encima de las rodillas y el cabello algo alborotado, como si hubiera estado dormida.

No mentía respecto a la gravedad del problema: El lavabo era una fuente que arrojaba agua hasta el techo. Se había soltado el grifo, así que no tuve más remedio que empaparme tratando de colocarlo en su sitio. Por fortuna, conseguí detener la fuga pero había que cambiar la pieza o volvería a zafarse. Se lo dije a la vecina y ella prometió que llamaría al plomero para que la arreglara.

Hubiera pensado que la vecina, conmovida por mi heroísmo, me invitaría por lo menos, una taza de café. Sin embargo, pronto me encontraba en el corredor, con una toalla en la mano y sin vecina buena a la mano.

Vaya que las mujeres son ingratas.

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Mar 14

Cuando desperté, estaba de excelente humor, pero la realidad pronto se encargó de quitarme la sonrisa idiota de la cara, comenzando porque en la alacena no había mas que una sopa Maruchan y galletas saladas. Me comí la pinche sopa mentando madres y restregándome en la cara mi falta de previsión y mis nulas dotes culinarias. Después de un regaderazo, salí a comprar el periódico. No hallé el Universal, así que compré el último ejemplar del Excelsior que quedaba a la venta y le pedí al dependiente, un chico con orejas de Dumbo y nariz de rábano, que me apartara un ejemplar del Universal para el día siguiente.

Un poco al azar y sin ánimo de regresar a mi pocilga, me dirigí a un parque cercano e invadí una banca abandonada. A los pocos minutos, me topé con un viejo amigo quien, al verme, dijo que apenas había conseguido reconocerme. Yo le pregunté por qué y respondió que estaba más delgado y no llevaba el cabello tan corto como de costumbre, además de que ahora tenía cara de "hombre maduro".

Ya de regreso en mi casa, pasé el resto de la mañana mirándome en el espejo como esquizofrénico. Estudié cada uno de mis rasgos evaluando la profundidad de las entradas en mi cabello, las bolsas bajo los ojos, la extensión y anchura de cada línea de expresión. Sonreí, hice muecas, conté las tres canas de siempre y hasta comparé mi imagen con la de una fotografía antes de concluir que me veía como siempre y que mi amigo estaba loco, que tenía algo en los ojos o que, simplemente, había tenido la perversa y malsana intención de asustarme.

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Mar 07

Nunca he sido aficionado a los juegos de azar, especialmente si ello implica la posibilidad de perder grandes cantidades de dinero. La ruleta, las cartas y esas cosas me dejan indiferente, más frío que el culo de un pingüino. Por eso cuando el Chivo, un amigo de toda la vida, me invitó a una fiesta-casino que organizaba en casa de sus padres, lo consideré durante un buen rato antes de aceptar.

Ya en la fiesta, me di cuenta que no conocía a nadie, con excepción del anfitrión, por supuesto, así que me dediqué a beber whisky tras whisky hasta que, de reojo, vi cómo una mujer se sentaba junto a mí y comenzaba a hacerme la plática. Mareado por la cadena de whiskies, me costó un poco enfocar correctamente el rostro de la susodicha, y cuando finalmente lo conseguí, pegué un brinco que habría dejado orgullosa a una cabra montés, de ésas que pueden verse en los frascos de cajeta. La chica tenía buenas curvas, un escote profundo como para acampar en él, las piernas de una diosa bajada del Olimpo, la cintura de una avispa, un pequeño tatuaje en el tobillo donde podía distinguirse un colibrí multicolor, brazos largos coronados por guantes de encaje negro y una voz ligeramente grave que se deshilaba en mis oídos entre suspiros bajos y cautivadores.

El rostro de la mujer era un poema. ¡Qué digo un poema! ¡Una oda! Los ojos estaban surcados por iridiscencias multicolores donde predominaba el verde, y la nariz se levantaba como si despreciara el aire que estaba respirando. La boca, pequeña y de labios carnosos, esbozaba un puchero travieso y dejaba ver dos hileras de dientes filosos y puntiagudos como los de un vampiro, con caninos que se apoyaban levemente en el labio inferior, y de los cuales descendían dos tímidas gotas de sangre.

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Mar 05

Hoy, mientras escribía, me di cuenta que una de las frases no casaba bien en el párrafo. Intenté cambiarla, pero estuve fracasando una y otra vez. Esto me sucede con frecuencia: Escribo un pasaje casi de corrido y después me dedico a corregirlo. No recuerdo la última vez que estuve satisfecho con un texto tras redactarlo de un tirón. Por lo general hay un par de oraciones que no me gustan en cada párrafo, y si el número de éstas es demasiado elevado, por lo general borro todo y me pongo a escribirlo de nuevo. Sin embargo, hay ocasiones en que todo está bien excepto por una palabra. Es entonces cuando me pongo peor, pues pienso que el fragmento puede ser salvado y me empecino en hallar el verbo correcto, el sustantivo o el adjetivo preciso, el adverbio que va con lo demás. Es una verdadera tortura, debo admitirlo. Hay frases que me han costado un día entero de trabajo pero al releerlas a la mañana siguiente no me satisfacen del todo y termino borrándolas.

He pasado toda la noche dándole vueltas a la frase en mi cabeza. Cuando llegó la hora de dormir, aún no había terminado y ésta se incorporó a mi sueño. En él, escribía frente a la computadora y exploraba una serie de variantes hasta que, por fin, di con la solución. Recuerdo que era algo sencillo, que la respuesta era casi obvia y que el resultado era magnífico. Sin embargo, cuando desperté lo había olvidado todo.

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Feb 27

Hoy fui a comer al mismo lugar de siempre. Se trata de una pequeña fonda cuyo nombre siempre me ha hecho reír: "El Recuerdo". Es atendida por dos mujeres que no podrían ser más distintas. Una es gorda y la otra flaca como una escoba. La flaca tiene muy mal carácter. Siempre lleva el gesto hosco y parece como si le molestara ver aparecer a los clientes en la puerta del negocio. Atiende las mesas con rudeza, sin decir palabra mas que cuando pregunta qué es lo que el cliente prefiere del menú. Sin embargo, es rápida y jamás olvida nada. La gorda, en cambio, es un pozo inagotable de amor y ternura. Ríe todo el tiempo y me da la impresión de que le gustaría abrazar a cada uno de los comensales con aquellos brazos rollizos, y apretarlos contra sus enormes tetas hasta que se asfixien. Me llama siempre por mi nombre. Cuando me ve, grita: "¡Juli querido! ¡Qué gusto!". La mujer, no obstante, tiene memoria de teflón y suele equivocar los platillos dos de cada tres veces. Cuando el cliente le hace notar su error, se da golpes en la frente con sus grandes manazas de dedos como chorizos y ríe, enseñando todos los dientes, que son perfectos y blanquísimos. Se disculpa por lo menos diez veces y se lleva los platos, aunque lo más probable es que los vuelva a confundir unos minutos después. Es tan amable y tan simpática que nadie se molesta, pero la mujer flaca es otro cantar: La reconviene frente a todo el mundo y le dice que es una inútil, que no es capaz ni de servir una mesa. La gorda, sin embargo, no se agüita. Suelta la carcajada y le dice a su compañera que no es para tanto, que le van a salir piedras en la vesícula de tanto hacer corajes. Una mujer sabia, a pesar de su estupidez.

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Feb 25

Por lo general escribo de noche, cuando el barullo de la ciudad se ha apagado un poco. Vivir en el centro significa, entre otras cosas, que el ruido jamás cesa. En la madrugada, por lo menos, la capital va un poco más despacio, aunque siempre pueden escucharse las sirenas de las patrullas, alguna ambulancia o los gritos de algún borracho perdido. A diferencia de otros autores, me resulta casi imposible escribir y escuchar música al mismo tiempo, pues soy incapaz de hacer dos cosas a la vez. Si dejo el televisor o la radio encendidos, al poco tiempo mis personajes comienzan a hablar como el locutor del programa en turno, o se ponen a tararear la canción de moda. Por eso busco el silencio, aunque a veces éste es escurridizo y se cuelan hasta mí las conversaciones de los vecinos, los portazos demasiado enérgicos y una que otra discusión.

Escribo directamente en la computadora. Sin embargo, cuando alguna frase se me atora en la imaginación, tomo un bloc de notas y garabateo el pasaje a lápiz. Cuando me inicié, solía escribir siempre de esta manera pero, poco a poco, fui dejando de escribir a mano cuando la computadora acaparó buena parte de mi actividad diaria. Muchos dicen, con razón, que no es lo mismo. Coincido con ellos, pero resulta mucho más práctico, sobre todo porque tiendo a corregir en exceso y teclear una y otra vez la misma página en la máquina de escribir es algo que se encuentra más allá de mi capacidad de tolerancia. No obstante, de vez en cuando me invade la nostalgia y me siento frente al aparato chirriante para traer de vuelta aquellos viejos tiempos.

Soy un sentimental.

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Feb 20

Hoy soñé que caía. Hasta aquí, nada del otro mundo, pues todos hemos soñado alguna vez que caemos. Lo curioso de mi pesadilla es que caía y me destrozaba contra un empedrado como el que puede verse en muchas ciudades europeas: Pequeños tabiques rectangulares colocados primorosamente. El sueño se repitió infinidad de veces e, invariablemente, me hacía papilla contra las pulidas baldosas oscuras de alguna calle que jamás he visitado. En ocasiones caía de cabeza, otras de costado, de pie, de espaldas. No había testigos, y tampoco recuerdo las circunstancias de la caída. Los psicólogos dicen que no es normal morir en los sueños, que las personas recurrimos a nuestro instinto de supervivencia para evitar el daño, aún si éste es imaginario, y que la mayor parte de las personas interrumpen el sueño cuando se acerca la catástrofe. Sin embargo, ayer en la noche morí por lo menos diez veces y desperté con un terrible dolor de cabeza, ansiando un cigarro y sin ganas de trabajar. Mientras fumaba, revivía las imágenes del sueño y eso bastó para que, inquieto, atemorizado por las imágenes que daban vueltas en mi cabeza, me levantara de la cama y encendiera la computadora. Me puse a teclear frenéticamente para olvidar mi propia muerte y el resultado fueron muchas páginas de mierda pura. No cabe duda que es mala idea que los cadáveres se sientan escritores.

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Feb 18

Nunca he creído en el destino. Me parece que el mundo es demasiado complejo para que todo esté planeado con anticipación. Además, el solo hecho de pensar que somos incapaces de cambiar el rumbo de los acontecimientos me pone de mal humor. Pienso que las personas construimos cada uno de nuestros días y que, a pesar de que las posibilidades son infinitas, tenemos la capacidad de elegir una entre el abanico de opciones.

Hoy caminaba tranquilamente por los alrededores del edificio donde vivo y, mientras lo hacía, miré hacia abajo y encontré un listón tirado en el suelo. Era rojo y me llamó la atención la manera en que se enrollaba sobre sí mismo, formando una espiral casi perfecta. Me incliné, lo tomé entre mis dedos y estuve observándolo unos instantes antes de guardármelo en el bolsillo del pantalón, junto a las llaves y los cigarros.

Unos metros más adelante, en una esquina donde tuve que detenerme brevemente para mirar en todas direcciones y evitar que me atropellaran los automóviles que circulaban a toda velocidad, vi a una chica. Era muy hermosa, con ojos enormes de apariencia sorprendida y cabello castaño sujeto en la nuca con un listón de color rojo idéntico al que había encontrado. Por un instante, me cruzó por la mente la idea de que ella era la dueña del otro.

Me acerqué a la muchacha. Sin decir nada, saqué el listón de mi bolsillo y se lo tendí. Ella me miró con el ceño contrariado y negó con la cabeza. Después, me dio la espalda y comenzó a cruzar la calle.

Una prueba más de que el destino no existe.

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Feb 16

Por azares del destino, me he ganado una licuadora. Como lo oyen: Uno de esos aparatos que sirven para moler cosas, preparar licuados, malteadas, hacer salsas y otras monerías. Jamás cocino, pero compré el boleto para el sorteo a una niña que me miró de la misma manera que Bugs Bunny cuando el cazador (Elmer) está a punto de matarlo. Me enterneció la chamaquita, debo admitirlo, y desembolsé los veinte pesos que costaba el pedazo de papel garabateado a mano.

Una semana después (hoy), llegó la misma niña con una caja bajo el brazo y me la entregó sin decir palabra. Eran las siete de la mañana, yo acababa de levantarme y ostentaba una melena desarreglada que, seguro, le habrá quitado las palabras de la boca. Cualquiera se asusta con el aspecto de orangután desvelado que tengo en las primeras horas del día, así que no la culpo por haber huido por el corredor del edificio con la misma urgencia que si acabara de ver a Satanás.

Abrí la caja, extraje la licuadora, la conecté al enchufe y probé los controles. Funcionaban a la perfección.

Ahora sólo falta saber qué voy a hacer con la licuadora. Podría preparar una salsa, pero en el refrigerador no hay un solo tomate, ni un chile, ni un ajo. ¿Un licuado? Si tuviera leche tal vez sería una buena opción.

Tras dos horas de profunda y concentrada meditación en torno al flamante electrodoméstico, regresé la licuadora a su empaque y me hice un sándwich de atún.

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