Jun 16

Sofía ha llamado hoy muy temprano para decirme que necesita mi ayuda. Su voz sonaba casi histérica. No gritaba, pero el tono era apremiante. Traté de calmarla y le dije que no entendía absolutamente nada de lo que me estaba diciendo. Y era verdad: Una parte de mi cerebro aún no despertaba por completo.

Ella se desesperó y comenzó a levantar la voz. Tuve que alejar la bocina, pues me estaba dejando sordo con aquella larga hilera de palabras que soltaba con voz de soprano mitad en italiano y mitad en español, con uno que otro término en un inglés mal pronunciado y casi incomprensible.

Traté de interrumpirla, de guiar sus explicaciones hasta un punto en el que pudiera enterarme de algo, pero ella no dejaba de hablar. Por fin, comenzó a lloriquear y como las palabras le salían en medio de pucheros, comprendí por fin de qué se trataba: La habían asaltado. Muchas veces le advertí que no debía salir a la calle con sus joyas, pero no me hizo caso jamás. Caminaba por cualquier rumbo con el cuello atiborrado de collares, como si fuera la reina de Saba. Decía que los mexicanos eran buenos, nobles y que siempre habían sido amables con ella. Le dije que no debía dejarse engañar, pues aquí hay tantos ladrones como en cualquier otra parte del mundo. Y finalmente sucedió: Le quitaron un par de cadenas de oro, el reloj y, además, el ladrón le apuntó con una pistola enorme (eso dijo Sofía).

Lo más curioso sucedió al final: Cuando el ladrón terminó de guardarse el botín en los bolsillos del pantalón, miró a Sofía, sonrió, y le dio un beso en la mejilla.

─Estás chulísima, mi reina ─dijo, y se alejó corriendo.

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Jun 01

Increíble pero cierto: Finalmente salí a tomar un café con Sofía. Aún estaba algo abatida por la muerte de su primo. Sin embargo, se hallaba mucho más tranquila que la última vez que hablamos por teléfono. Traté de mostrarme comprensivo, de darle algo de aliento, pero ella no me lo permitió. Se mantuvo hermética y pidió que no habláramos del asunto. Accedí, a regañadientes. Estaba perdiendo mi oportunidad de ganarme su cariño mediante el recurso de la compasión, de la solidaridad. Una chica mexicana, pensé, se hubiera mostrado menos quisquillosa a este respecto, pero no Sofía. Ella apenas toleró que intercambiáramos un par de palabras al respecto.

Descubrí que a Sofía le gusta el café muy cargado. Estábamos en un local de Starbucks y cuando dio un sorbo a la primera taza, dejó escapar un gesto de desagrado y tuve que solicitar al dependiente que agregara unos shots extra de expresso. Tras el nuevo intento, Sofía se mostró satisfecha y me regaló la primera sonrisa de la tarde. Sonaré a lugar común, pero sentí como si, de pronto, todo se volviera más luminoso, como si los colores hubieran adquirido una intensidad que no sospechaba.

Podría, sin la menor dificultad, volverme adicto a esa sonrisa.

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May 23

Sofía no llegó a la cita. Cuando estaba por llamarla para ver si había tenido algún problema, sonó mi celular y reconocí su voz inmediatamente del otro lado de la línea. Sus frases llorosas me conmovieron. Le habían comunicado de una muerte en su familia. Un primo, creí entender. En aquellos momentos, apenas se acordaba que mis conocimientos de italiano eran casi nulos y comprendí poco de lo que me dijo. Cuando le pregunté si quería que nos viéramos, ella dijo que no, que necesitaba estar sola, que se sentía muy apenada conmigo, que me agradecía la atención, las muestras de solidaridad. Le prometí que la llamaría más tarde y ella dijo que no lo hiciera, que iba a tomar algo para dormir, que no me preocupara, que estaría bien.

Cuando corté la comunicación, miré a mi alrededor y sentí como si se hubiera nublado de repente. Las cosas habían perdido su color, las personas tenían un tono triste y hasta los automóviles parecían circular más despacio.

Triste, regresé a mi casa en taxi y cuando llegué a la puerta de mi departamento me di cuenta que había olvidado las llaves. Tuve que llamar a un cerrajero y aquello me hizo sentirme más miserable aún.

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May 22

Estoy muy nervioso. Camino de un lado a otro y me limpio los zapatos con la parte trasera del pantalón, reviso obsesivamente mi camisa para cerciorarme que no hayan aparecido manchas de sudor y checo mi cabello en la vidriera de un aparador, pues hace un poco de viento y no deseo despeinarme.

Yo, que por lo general no tengo el menor interés en mi aspecto, que cuando trabajaba en la redacción de un periódico solía presentarme con pantalón de mezclilla y los tenis hechos un asco, que me burlo de la gente que visita las tiendas de ropa como si fuera Disneylandía, que jamás he comprado un traje completo (me los han obsequiado, que es otra cosa) y que voy a la peluquería sólo cuando mi cabello me cae sobre la cara y me impide leer con comodidad, me encuentro fumando un cigarrillo tras otro, arrepentido de haber quedado con Sofía en un lugar al aire libre, en esta esquina donde tengo que estar mirando en todas direcciones para descubrir por dónde aparece.

Me siento ridículo, realmente ridículo. Jamás pensé que una primera cita (así la veo yo) fuera capaz de ponerme tan nervioso, de hacer que traicione mis principios.

Solo falta que me deje plantado.

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May 19

Alguien me dijo, alguna vez, que más vale no buscarse do problemas gratuitos, que las dificultades que la vida nos pone enfrente son suficientes como para invocar más. Nunca he sido muy bueno para seguir los consejos ajenos, y acostumbro meterme en problemas a la menor provocación.

En días pasados, conocí a una beldad italiana que, a su paso por la Ciudad de México, visitó a mi editor con la finalidad de establecer no sé qué acuerdos de colaboración entre una editorial de su país y aquella para la cual trabajo.

Su nombre es Sofía, una musa de ojos azules, cabello intensamente negro y una figura de taquicardia. Pronunciaba mi nombre (Julio) alargando la "u" y convirtiendo la "j" en "y". Así pues, cada vez que se dirigía a mí, decía: "Yuuulio". Nunca me ha gustado mi nombre, pero escucharlo de sus labios me hizo adorarlo al instante.

Armando, mi editor, me pidió que mostrara la ciudad a Sofía y, como se podrán imaginar, dije "¡Sí!" antes de que terminara de formular la petición. Llevé a la beldad a todos los museos que se me ocurrieron, a navegar en trajinera por los canales de Xochimilco, a ver el Zócalo, el Palacio de Bellas Artes, los manifestantes lopezobradoristas y el Castillo de Chapultepec.

Hace un par de horas, llamó por teléfono Sofía y me dijo en su medio español que debía prolongar su estancia en la ciudad un par de semanas más, que si me importaba ir a tomar un café con ella mañana al mediodía. Yo había pasado la tarde entera ensayando mi despedida. Repetí "Arrivederci" cientos de veces frente al espejo y ensayé mis mejores sonrisas.

De pronto, aquello ya no tenía sentido y le dije a Sofía que sí, que con mucho gusto iría a tomar un café con ella. Balbuceé un "adiós" gutural y colgamos.

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