Sigue el camino amarillo

Todos (o casi todos) hemos escuchado esta famosa frase de la también famosa película El Mago de Oz. Pero hay un pequeño problema aquí: Para seguir el camino amarillo es preciso hallarlo primero. Tal vez se encuentre justo frente a nosotros, o tal vez esté a años luz de distancia y nadie puede indicarnos en qué dirección hemos de andar para topárnoslo. Es más: Ni siquiera está pintado de amarillo y puede que ni siquiera tenga forma de sendero.

Pero cuando una persona lo encuentra y se da cuenta de ello, ha conseguido lo que muchos no logran en su vida: Visualizar el rumbo que han de seguir, el destino que los espera, que los llevará a cumplir uno o varios de sus sueños. Para algunos se tratará de una profesión, de un oficio o de una persona que los hará felices. Para otros será una forma de actuar en la vida y para la mayoría adoptará la forma de una convicción, de una certeza, de una manera especial de ver los acontecimientos que les depare el futuro.

El mayor riesgo de todos es la creencia de haberlo descubierto y que esto sea falso. Es como el detective que sigue una pista equivocada durante años y que no lo lleva a ninguna parte. Dedicar la vida a algo imposible es una tragedia. No porque sea imposible, sino porque dentro de todas las cosas que jamás lograremos, hay solo unas pocas que nos están destinadas y que nos harán felices.

Así pues, nuestro camino amarillo puede no llevarnos a ninguna parte, pero seremos afortunados si lo seguimos porque, como se sabe, lo importante en la vida es el camino que elegimos, no el destino, y la más importante de nuestras tareas es reconocer el rumbo que han de seguir nuestros pasos.

¿El blog cuesta arriba o cuesta abajo?

Hoy me he estado devanando los sesos tratando de descubrir si el camino de un blog es cuesta arriba, cuesta abajo o plano, y he llegado a la conclusión de que esto depende del blogger.

¿Por qué es esto importante? Bueno, por la simple y sencilla razón de que la visión que tengamos del asunto determina nuestro comportamiento como bloggers.

Si en nuestra mente el blog es un camino cuesta arriba, entonces es natural que nunca dejemos de esforzarnos, de empujar, de luchar para llegar a la cima (en el caso de que tal cosa exista, e imagino que no es así).

En cambio, si pensamos que el blog es un terreno plano, trabajaremos sabiendo que el impulso que logremos nos mantendrá en movimiento durante una buena cantidad de tiempo y podremos relajarnos, sabiendo que no perderemos impulso tan fácilmente.

Pero si pensamos que el blog es cuesta abajo… ¡Entonces todo es genial! Bastan unos cuantos artículos, algunos comentarios que pongan en movimiento el mundo en torno a nosotros y a disfrutar, que aún sin esforzarnos en lo más mínimo seguiremos adquiriendo velocidad y cada vez iremos más deprisa.

Evidentemente, esto depende mucho del tipo de personas que seamos nosotros, pues los blogs, en realidad, son una combinación de las tres cosas, como cualquier camino, como cualquier trayectoria en el mundo real… pero lo importante es lo que exista en nuestra mente, la visión que tengamos de las cosas, el modo en que solamos afrontar los retos que se nos presentan en la vida.

También depende mucho de los deseos que tengamos de triunfar, de hacer que nuestro blog se haga conocido, famoso o que nos empiece a generar ganancias económicas.

Por lo general, no importa cuál de las tres visiones queramos adoptar: Tenemos una y esta forma parte de nuestra forma de ser, de nuestra psicología personal. A lo largo de los años, he conocido bloggers de todos los tipos, y quienes mejor funcionan son aquellos que piensan que el blog es un terreno plano. Los otros dos tipos de bloggers se frustran demasiado rápido (se queman, tratando de conseguir el éxito en microsegundos) o son holgazanes incorregibles, y algunos de ellos bastante talentosos por cierto.

Como siempre, el mejor camino es el de la moderación: Luchar cuando haya que hacerlo pero saber cuándo necesitamos tomar un respiro para no asfixiarnos y para poder disfrutar de los logros.

El blog que habita en nuestra mente

¿Qué imagen tenía Van Gogh en la mente cuando pintó Los Girasoles? ¿Cómo era El Pensador antes de que lo esculpiera Rodin?

Llevar a cabo una tarea, por simple que esta parezca, requiere un paso indispensable: Transformar una idea en algo tangible. Un texto, ya sea parte de una novela, un cuento, un artículo periodístico o la entrada de un blog, necesita ser inicialmente un concepto y después convertirse en algo real, una cadena de palabras que transmitan una idea.

Hay individuos altamente dotados que realizan esta actividad sin darse cuenta y escriben maravillas con solo ponerse a mover los dedos sobre el teclado, pero para la mayor parte de los mortales el proceso es más penoso: Hay que imaginar algo y luego transcribirlo, procurando que el producto y el proyecto se parezcan lo más posible.

La lógica nos dice que ningún texto puede ser superior a la idea de la que surgió, pero sucede a veces que el acto mismo de escribir desata fuerzas que desconocíamos, generándose un producto mejor que el que habíamos construido en nuestra mente, en nuestra imaginación o en nuestra fantasía. Esto se llama inspiración, y es tan rara que resulta un factor despreciable cuando se trata de crear algo.

Lo más común es que el blog que habita en nuestra mente y el blog que realmente escribimos sean muy distintos, y que el real sea inferior a aquél que hemos imaginado, o con el que soñamos, o al que aspiramos.

¿Cómo salvar esta brecha? Con trabajo duro y constante. Con práctica. La pericia se adquiere ensayando una y otra vez, atentos siempre a los errores, a las inconsistencias, a las distancias entre el plan y la realidad. Y un blogger que no es consciente de esto siempre será uno mediocre, tedioso, poco imaginativo y que jamás conseguirá un público fiel.

Cuando las cosas se vuelven demasiado complicadas

Todos los que tenemos o hemos tenido un blog nos hemos enfrentado a ese momento en que las cosas están demasiado revueltas, en que parece que hemos perdido el ritmo y en que la mejor solución parece la huida. Es una circunstancia cómica pero que en el momento se experimenta con bastante angustia, con desazón, con desesperanza. No se trata de algo raro, ni anormal. Estamos programados para mantener el control de lo que nos rodea y cuando no lo conseguimos aparece esa sensación de indefensión tan incómoda, tan dolorosa, tan costosa en términos afectivos.

Hablo, por supuesto de mi propia experiencia. Caminar a oscuras en un terreno desconocido es algo espantoso, sobre todo si no contamos ni siquiera con una vela o algún punto de referencia que nos ayude a guiar nuestros pasos, pero con el tiempo esto se vuelve algo cotidiano, algo normal, algo a lo que nos acostumbramos y que, con el tiempo, deja de producir la angustia que provocaba inicialmente.

El problema más grave aparece cuando intentamos hacer algo original y en un terreno que no ha sido explorado antes. Jalar el hilo de la creatividad todos los días es algo que puede ser bastante incómodo, ya que siempre tenemos la sensación de estar fallando, de corromper la intención inicial y de habernos convertido en un surtidero de lugares comunes y de frases hechas.

Lo que debemos hacer en estos casos es agachar la cabeza y embestir con todas nuestras fuerzas, derribando la temibles (pero débiles) barreras de la duda y la inseguridad. Nos dolerá un poco, correrán algunas gotas (metafóricas) de sangre pero tendremos que tolerar este enfrentamiento si no queremos quedarnos atascados de por vida. Lo más sencillo, como siempre, es no hacer nada: Echarnos hacia atrás y no movernos de nuestra zona de confort, donde todo está resuelto de antemano.

¿Es tu caso? ¡Bienvenido al club!

Cambiar de parecer

Modificar nuestra forma de pensar es tan humano que si no lo hiciéramos todo el tiempo, es probable que falláramos (y por mucho) el test de Turing el cual, por si aún no se han enterado, sirve para diferenciar entre una máquina con inteligencia artificial y un verdadero humano.

En fin, que la mutabilidad del espíritu humano, lo caprichoso de nuestro carácter y las gigantescas variaciones en el abanico de nuestros estados de ánimo son, cuando menos, una de las marcas de fábrica que Dios, la genética, la evolución (o como quieran llamarle) ha dejado en nosotros. Claro, todo esto debe darse en los ámbitos de la cordura, de la razón y de la lógica, pero tampoco es un pecado cometer una pequeña locura de vez en cuando, que para eso tenemos libertad, y no hay necesidad alguna de hacernos los mártires negando la verdadera naturaleza de nuestros deseos.

Muchas veces he dicho que la libertad que disfrutamos al escribir en un blog cualquier cosa que se nos venga a la mente es una de las ventajas más grandes de esta actividad, y sin cambios de parecer, sin variación en el itinerario pues esto termina convirtiéndose en una imitación de la vida real, que aunque no tiene nada de malo también es cierto que posee la habilidad de exasperarnos con su rigidez, con su falta de colorido, de sorpresas, de esas variaciones que tanto disfrutamos y que constituyen la sal de la vida, el granito de sal que a veces le es indispensable a la existencia para adquirir sabor, para convertirse, al menos un poco, en lo que dictan nuestros sueños, nuestra fantasía, el día a día de ese voluble músculo que es la imaginación y que es el lugar de donde se alimenta cualquier obra donde la creación juegue un papel importante.

La fábrica de la originalidad

Abordar el tema de la originalidad es como hablar de la historia de la Atlántida, o como investigar los deseos subconscientes de las termitas. Es un tema tan escabroso que no hay autoridad que valga, que no hay palabra que no pueda ser refutada con toda facilidad. Por estas razones, todo lo que se diga a en torno a este tópico resulta absolutamente falso y verdadero al mismo tiempo.

Pero también hay un punto a nuestro favor: Si no somos tan ingenuos como para decir algo francamente estúpido, también resulta que nuestras palabras son difíciles de refutar, por el simple y sencillo hecho de que sólo un ser realmente original podría hallar el fallo en nuestros razonamientos, y estos individuos están, por lo general, más preocupados creando que discutiendo cosas insustanciales con los simples mortales como nosotros.

Los bloggers, aunque parezca difícil creerlo, somos tan capaces de la originalidad como lo fueron Picasso, Hemingway o Van Gogh. Nuestro lienzo es una página virtual en blanco, y nuestro público es tan numeroso, o más, que el que tuvieron muchos de estos artistas imperecederos, muchos de los cuales murieron desconocidos, pobres y abandonados.

Pero una cosa es absolutamente cierta: La originalidad no viene sin esfuerzo, y no hay fórmulas mágicas. También es cierto que los bloggers originales se toparán con muchas dificultades. La gente (el común de la gente) prefiere lo conocido y teme hasta el pánico lo que se sale de los cánones. Así que si el público del blogger piensa que el autor está escribiendo idioteces, caben dos posibilidades: Que detrás del teclado haya un idiota con un C.I. limítrofe o que se trate de alguien que esté luchando por destruir los cánones, de crear algo nuevo, que perdure… aunque sea apreciado sólo por unos cuantos.

De vuelta al asunto de la constancia

¡Por Belcebú! He dicho miles de veces en este blog (Ok, no han sido tantas, pero valga la expresión) que una de las cosas más difíciles de conseguir en un blog es la constancia, y yo mismo he caído en este pecado capital, dejándome llevar por la hueva, la apatía, la flojera, el tedio o como quieran llamarle. En fin, que lo que nació como un proyecto que, teóricamente, no se detendría bajo ninguna circunstancia terminó sucumbiendo al desinterés, al principal problema de todo blogger y que es esa frase que solemos repetirnos una y otra vez y que dice: “Mañana lo compensaré”. Eso es más falso que el tricornio de Satanás, y lamento que un blog que habla del blogging haya caído durante varios meses en el pecado contra el que intentaba prevenir a los lectores: La ruptura de los proyectos. Bueno, espero que esto me haya servido de lección y espero que de ahora en adelante las cosas sean mucho menos difíciles, que no se me olvide nuevamente escribirle a este blog con cierta regularidad y que pueda seguir el paso del ritmo que me he impuesto y que, justo es decirlo, terminó fatigándome, aunque todos sabemos que esto es cosa de organización, no de energía ni de grandes y portentosas ideas.

Sin embargo, creo que ahora en esta Segunda Temporada del blog, cambiaré un poco el formato. Trataré otros temas además de aquellos que tienen que ver directamente con el blogging y es muy probable que incluya cosas un poco más personales, menos técnicas y menos rígidas. Procuraré que las entradas no sean excesivamente largas. Digamos de unas trescientas palabras por vez, para no cansar a los lectores y para no cansarme a mí mismo. En fin, que puede darse por reiniciado este blog que nunca debió haberse interrumpido.

Todo está permitido

Casi puedo ver la ira y la mirada despectiva de los puristas del lenguaje (en el remoto caso de que alguno de ellos se acerque a este sitio): Al escribir en un blog, todo está permitido, o casi todo, con tal de que sea comprensible y contribuya a comunicar una idea. Me refiero al uso y abuso de listados, a las negritas, cursivas, palabras en inglés, abreviaturas, neologismos y contracciones coloquiales del lenguaje… todo con tal de comunicar efectivamente, de sintonizarnos con nuestro público, de echar abajo algunas barreras que, querámoslo o no, dificultan la transmisión de los pensamiento, pero… (siempre hay un pero)… todo esto debe hacerse sólo por necesidad, no por deporte o por ignorancia. Dicen por ahí que las únicas personas con derecho a destrozar el idioma son aquellas que lo conocen a fondo, y estoy de acuerdo con esto: darle en la madre al español amerita un precio muy alto: amarlo profundamente y, aún así, darle una patada y romperlo un poco para obligarlo a cumplir con el objetivo de toda lengua: trasladar un pensamiento desde una cabeza a la otra por medio de las palabras.

El valor de las palabras

A veces no sé si las cosas que tengo en la cabeza las leí en alguna parte o las he inventado yo, y cometo plagios involuntarios o atribuyo mis pocas ideas originales a otros, pero creo que esto sí lo dijo alguien que no fui yo, aunque no sabría atribuir la sentencia a alguien en particular.

Y aderezando mi mala memoria con algo de fantasía, diré que se trata de un escritor viejo, famoso y rico a quien una niñata sabrosa, menuda, tonta y con aires de intelectual le pregunta, micrófono en mano y actitud servil:

─Maestro, ¿cómo saber si algo tiene valor literario o no?

El viejo escritor (nadie está grabando en video) le mira detenidamente las piernas, el mullido, profundo, apretado y acogedor hueco entre las tetas y responde:

─Es como con las putas: Basta verlas y uno sabe al instante si vale la pena pagar por ellas.

El viejo, rico, famoso (e impotente) escritor desvía la cabeza hacia un costado, mira por la ventana, lanza un profundo suspiro y despide a la entrevistadora con un gesto de la mano, como quien espanta una mosca.

¿Escuchar o no escuchar?

No voy a entrar en detalles porque se trata de un asunto complicado, pero recientemente tuve ciertos problemas con uno de mis blogs, donde la demanda por parte de los lectores me ha hecho tener que suprimir algunas de las características del blog en aras de mejorar el rendimiento del servidor, y las respuestas a dichos cambios no se han hecho esperar.

La mayor parte de los comentaristas, lectores fieles, constantes, amables y siempre dispuestos a ayudar, mencionaron que extrañan esas características, lo cual indica que no están conformes con los cambios. Ellos, sin embargo, mencionan que seguirán el blog aún en su forma actual (acotada).

Pero ha quedado clara una cosa: No están de acuerdo con las modificaciones.

Se han cumplido ya 24 horas de dichos cambios y, lejos de haber disminuido las visitas, estas han aumentado, e imagino que esto se debe a que el servidor es ahora capaz de responder mejor a los picos en las visitas, además de que el blog, en términos generales, es más veloz.

Pero… mis lectores más fieles no están contentos. Mis comentaristas son, como se diría coloquialmente, la cereza en el pastel del blog, la parte más brillante en el firmamento que rodea mi sitio. Son las personas que siempre están ahí cuando las necesito, que siempre responden al llamado, que se muestran, que tienen el valor de expresar su opinión y de contradecirme cuando piensan que estoy equivocado. Son, de alguna forma, la conciencia de mi sitio, una especie de alter-ego blogueril, de interlocutor constante, de compañía permanente.

¿Qué hacer? Evidentemente, escucharlos y complacerlos en la medida de lo posible. ¿Por qué? Porque interlocutores como ellos no son fáciles de encontrar, y se convierten, con el tiempo, en esa parte que nos habla al oído y que nos dice cómo actuar, dónde nos hemos equivocado y que tiene un interés auténtico en que el sitio sea cada vez mejor, porque aunque ellos no escriban las entradas del blog, tienen un papel importantísimo en este y muchas veces han llamado mi atención cuando la miopía me impide ver que voy por el camino erróneo.

Capitalizar los éxitos

Escribir un blog es un esfuerzo que, muy de vez en cuando, rinde frutos. Esos éxitos, que se cosechan tras un trabajo arduo, cuidadoso y que, muchas veces, requiere la paciencia de un monje budista, pueden tener repercusiones obvias, pero también puede suceder que no sea así.

Hay bloggers que triunfan, pero que no se dan cuenta de ello. Es como el que tiene el plato de comida enfrente y le grita y ofende al mesero porque no le han llevado lo que ordenó.

Están ciegos. No son capaces de ver.

Lo mismo le puede suceder a un blogger, pero es raro que las cosas sean tan benignas como las pinto aquí, ya que estamos hablando de algo mucho más importante que un plato de sopa. Se trata de un esfuerzo que demanda del blogger muchos sacrificios, muchas privaciones y, ¿por qué no decirlo? una enorme dosis de soledad. Para la mayor parte de la gente, un blogger es un chiflado que se encierra a escribir cosas sin sentido y que mientras no es famoso pertenece a esa ralea de individuos que han enloquecido temporalmente.

Pero cuando el blogger consigue reconocimiento, dinero o ambas cosas, deja de ser un loco y se transforma en alguien… en un “no-cero”, en un “no-inexistente” y en un “no-solitario”.

Esto, que puede parecer francamente maravilloso, es el equivalente a la muerte del blogger si es incapaz de capitalizarlo, de administrarlo, de sacarle provecho o, cuando menos, de dirigirlo hacia un terreno fértil, porque lo que ha obtenido no es el triunfo, sino la semilla del mismo, que deberá cultivar hasta que esta germine y se transforme en aquello que ha estado esperando con tanto ahínco.

Evidentemente, lo que sucede de aquí en adelante es terreno que solo unos pocos pueden reconocer, del que unos cuantos pueden hablar y que pertenece a una zona casi mitológica del blogging: El éxito final.

Combatir el spam

Solo hay una forma efectiva de combatir el spam en un blog: Eliminar los comentarios, los pingbacks y los trackbacks. De esta forma, el blogger no tendrá que preocuparse por la publicidad que intentan hacerse algunos aprovechando su sitio. Se pierde mucho, ya que esto convierte el sitio en un puerto cerrado a la réplica inmediata, pero se gana tiempo, mucho tiempo que puede ser dedicado a otras labores.

Ahora que si no se desean tomar medidas extremas, también es posible instalar plugins que hagan parte del trabajo por nosotros, pero estos no son perfectos y tarde o temprano se les cuelan algunos mensajes inapropiados. Si estamos dispuestos a llevar a cabo esta tarea, por lo menos tenemos la obligación de enterarnos que no se trata de algo sencillo.

Esta es la razón de que muchos bloggers con sitios muy concurridos hayan decidido cerrar los comentarios, o que implementen incómodos sistemas de logueo para evitar que los spammers tengan acceso a los comentarios. Esto, por supuesto, es algo que desmotiva los comentarios pero que, definitivamente, favorece la tranquilidad mental del blogger.

La credibilidad del blogger

El blogger, a diferencia de otros tipos de comunicadores, no se gana la credibilidad de sus lectores mediante la presentación de pruebas, videos, referencias, fotografías o audio que apoyen sus palabras.

Un blog puede contener mentiras, inexactitudes, falsas aproximaciones y, aún así, contar con un público fiel y satisfecho.

Lo único que no puede faltar en las palabras de un blogger es un punto de vista, una posición, una toma de partido. El blogger que no toma este riesgo no es un blogger, sino un periodista de medio pelo que se ha equivocado de medio, que usa un blog de forma inadecuada y que debería pensar seriamente en dirigir sus esfuerzos por otros rumbos, ya que tarde o temprano el lector descubrirá el engaño.

Y una cosa más:

El blogger que no se equivoca no es un genio… es un impostor.

Lidiar con las fuentes

Es un tema un poco delicado el de las fuentes de información. Es un campo tan competido que cuando alguien encuentra un filón es difícil que lo comparta.

Hace poco hablaba de lo que un lector busca en nuestro blog: ¿La verdad? No, simplemente nuestro punto de vista, una opinión sesgada, con prejuicios, llena de miedo, de incertidumbre y de miedo, como si se leyera a sí mismo o como si escuchara una grabación de su propia voz.

Por eso es que no debemos preocuparnos tanto por las fuentes de información: Somos todo lo que cualquier blogger necesita saber para tener éxito.

La mirada ex-céntrica del blogger

Sé perfectamente que la palabra “excéntrica” no va separada por ningún guión, pero me pareció pertinente romper las reglas para explicar mejor mi punto.

Un buen blogger es como un buen pintor o como un buen fotógrafo: Busca siempre el ángulo inusual para abordar algún tema. Sin embargo, no se debe abusar de este enfoque ex-céntrico ya que corremos el riesgo de terminar en la consulta del psiquiatra o que los visitantes nos lean con la ceja levantada.

Ser inusual, polémico, o atípico tiene su precio, pues habrá muchos que levantarán voces iracundas contra nosotros (otros bloggers, por lo general). Y como lo que menos debe interesarnos son sus opiniones, ¡sigamos adelante!