Fluir

Todos aquellos que, de alguna manera, defienden la doctrina Zen o algunas filosofías derivadas y que pueden aplicarse a la vida diaria, concuerdan en que el esfuerzo excesivo es inútil, un gasto de energía que, la mayor parte de las veces no nos ayuda a conseguir nuestros objetivos, sino que, por el contrario, nos agota e impide que llevemos a cabo las tareas más simples.

No soy un gran partidario (ni un gran practicante) de este tipo de disciplinas y suelo cometer todos los errores de esta forma de pensamiento. No soy paciente, tampoco organizado y mucho menos soy alguien que se deje llevar fácilmente por el flujo de la vida. Todo lo contrario: En mi naturaleza está nadar contra la corriente, volver caótico lo ordinario y ser indisciplinado, aunque hago grandes esfuerzos para modificar esto, de verdad. Sin embargo, casi nunca lo consigo.

Fluir con la vida es algo que me gustaría poder hacer. En lugar de ello, parezco salmón y me opongo al rumbo que debería seguir. Quienes consiguen esto, se dejan llevar por la corriente que los impulsa, y la usan como un velero aprovecha el viento para avanzar sobre las olas, apenas haciendo algún esfuerzo. Esto es algo que me gustaría aprender a hacer: Que mi forma de trabajar fuese coherente con mi forma de vida, que producir algo no significara un esfuerzo tan grande, y acometer las tareas en vez de pensar en ellas sin descanso. Hacer, dicen algunos, es preferible a pensar. Haciendo pensamos mejor. Hacer genera pensamiento. Pero la mayoría hacemos las cosas al revés: Pensamos y luego hacemos, y cuando estamos llevando a cabo la acción viene un pensamiento que se opone a nuestra intención inicial y entonces todo queda hecho un embrollo.

Creo que la mayor parte de los que tenemos cerebros occidentales sufrimos un mal parecido, un conflicto semejante, pero nunca es tarde para cambiar.

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