(Sónechka, Ludmila Ulítskaya; Era, 2007)
Por Andrés Borbón
No resulta sorprendente que los personajes literarios sean, de vez en cuando (como algunos de sus creadores), amantes de los libros. Sin embargo, la rusa Ludmila Ulítskaya (bióloga, genetista, disidente y escritora tardía) lleva las cosas más allá y en ésta su primera novela el personaje central es una lectora que —cito textualmente— “Caía en la lectura como en un desmayo, que terminaba con la última página del libro”. Ulítskaya califica el talento de su protagonista con el superlativo de genialidad y, al mismo tiempo, lo compara con un tipo de demencia. La discordancia es, sin embargo, precisa: Sónechka era casi incapaz de vivir fuera de los libros pero, eso sí, leía como una artista. Sus aptitudes de lectora superaban con frecuencia a los propios autores, cuyas obras se beneficiaban de una poderosa imaginación que no descansaba ni siquiera durante el sueño.
Ésta atípica heroína habría de convertirse (la conclusión parece obvia) en guardiana de libros, en bibliotecaria. La fea Sónechka, de amplias espaldas, nalgas lisas, mirada pobre, pechos grandes y nariz de pera, conocería al único hombre de su vida en la biblioteca. Robert Víctorovich, un artista en desgracia, le hará concebir a Tania, su única hija y futura lesbiana. Una sucesión de pobrezas y la dureza de un régimen inhumano llevarán a la familia de mal en peor. Sin embargo, el talento de Víctorovich jamás sería puesto en duda. Se trata de un individuo viejo, esmirriado, corto de estatura y, al final, adúltero. Sónechka, sin embargo, lo aguanta todo y se convierte en la guardiana de aquella prole atípica: El marido pintor, la hija aspirante a artista e Iasia, una beldad blanca, perversa y etérea como la nieve que entrará en la casa familiar en calidad de huérfana protegida. Después, se convertirá en la manzana de la discordia que tensará las relaciones entre padre e hija. Iasia elige al pintor, quien ve resurgir su inspiración y crea las mejores obras de su vida, una sucesión de retratos blancos como su musa. Tania, ofendida, se va de casa y Sónechka se queda sola. ¿Qué hace con su soledad? La respuesta parece obvia: Lee, sólo lee.
Acostumbrados a los triángulos, a las diadas, el cuadrángulo que nos ofrece Ulítskaya es triste y revelador al mismo tiempo: Víctorovich y Tania aman a Iasia, Iasia no ama a nadie y Sónechka los ama a todos, pero no a sí misma. El viejo pintor es un títere de sus propias pasiones y la verdadera tensión narrativa discurre entre nuestras tres protagonistas. Inteligencia, carácter y belleza. Amor, egoísmo y lealtad. Prudencia, visceralidad y desapego… La autora nos muestra algunas de las posibles caras de una mujer, pero las concibe cercanas, interdependientes, complementarias. No resulta muy aventurado decir que todas son en realidad una sola: Las tres caras de un polígono imposible.
¿Quién es esa mujer que imagina Ulítskaya? Me atrevo a decir que es la otra, la ausente, la añorada.