Aug 03

Aguardo con paciencia mi turno. La entrevista se ha postergado muchas veces y conozco de memoria la secuencia en que sucederán los hechos:

Cada pocos minutos (quince, aproximadamente) llamarán a uno de nosotros: El menos esperado, aquél cuyo aburrimiento le hizo quedarse dormido en los mullidos sillones de la sala o el que regresa del sanitario. No hay un orden preestablecido: El turno siempre llega a tiempo.

La recepcionista me ofrecerá un café y asentiré, moviendo la cabeza de arriba abajo. Al cabo de un rato, regresará disculpándose. Sólo tenemos té, señor. Nunca alcanzaré a beberlo pues el asistente del personaje leerá mi nombre de una tarjeta y saltaré del sillón como un resorte.

Una vez en la puerta, me asomaré a través de las anchas hojas y una voz dirá “¡Entre!” (todos en la sala de espera escucharán el grito). Al llegar frente al escritorio, será visible sólo el respaldo de la silla pues el hombre habla por teléfono, con el rostro vuelto hacia la ventana.

Indeciso, de pie, balanceándome sobre las piernas, retorceré la carpeta que llevo en las manos y morderé mi labio hasta probar la sangre.

Escucharé al hombre sin decir palabra. Diez minutos después, saldré de la oficina y, sin dar las gracias, abandonaré el lugar con el rostro pálido, los ojos desencajados y la inevitable certeza de que la eternidad acaba de comenzar.

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Aug 01

(fragmento de la novela: La voz que te nombra, por Andrés Borbón)

 

 

Desde niña, Paloma, creías en la veracidad de todas las leyendas y tomabas su significado al pie de la letra. Es una contradicción decir que no eras supersticiosa pero, en efecto, podías pasar debajo de cualquier cantidad de escaleras y dejar que se atravesaran en tu camino todos los gatos negros del mundo sin que te diera miedo. Por el contrario, un aullido en la oscuridad o el simple rumor de los árboles en la noche te ponían los pelos de punta, sobre todo si la luna estaba llena o habías estado pensando en espantos, cosa muy frecuente en ti. Tenías un libro, Paloma, que hablaba de Blemias, Esciápodos, pájaros Rokh y Panocios y te gustaba imaginar aquellos hombres sin cabeza, con un solo pie o con las orejas tan grandes que podían cubrirse completamente con ellas. Pero tus favoritos eran aquellos pájaros monumentales que arrancaban a los hombres de la tierra sin que se dieran cuenta. Había un cuento en especial. Se llamaba “Cuervos y Ojos” y decía:

“Los ojos son preciosos para los cuervos, es cierto. Sin embargo, es falsa la afirmación de que los arrancan.

Hay un ave enorme, pariente suya, que los árabes llaman pájaro Rokh. Es tal su fuerza y velocidad, que arrancan al hombre del suelo con sus garras pero dejan flotando los ojos en el aire, fija la mirada en lo que estaban viendo antes de que hurtaran su cuerpo. Tras un instante, los ojos caen al suelo y los cuervos se los llevan. Una vez en su nido, los escudriñan con sus pupilas amarillas y buscan la última imagen que observó el muerto. Normalmente se los comen, pero si resulta que el ojo, en el preciso instante de morir, miraba al pájaro Rokh, los cuervos cantan loas y los guardan como un preciado tesoro.

Usan esos ojos para enseñar a sus polluelos la apariencia del lejano pariente, que es un mito aún para ellos, pues vuela tan rápido que sólo los ojos de los muertos conservan la fugaz imagen del ave de las Mil y una Noches, libro que los cuervos —sin haberlo leído— conocen de memoria.”

Aquél relato exaltaba tu imaginación. Casi podías ver al pájaro Rokh volando a la velocidad de la luz o del pensamiento, daba lo mismo. Se precipitaría desde las alturas, arremetiendo contra su víctima tan rápido que jamás se daría cuenta de nada. Conocías (como los cuervos el libro de las Mil y una Noches) aquél cuento de memoria y, a veces, acostada en la oscuridad, lo decías en voz baja como una forma de exorcizar la penumbra de otros monstruos. Era preferible poblar aquellos espacios imaginarios con tus propias criaturas que esperar las que el miedo pusiera ahí. Así, Paloma, ahuyentabas a los fantasmas que te rondaban como si fueras el único mortal sobre la tierra. Sin embargo, no siempre funcionaba y acudían a ti imágenes de hombres lobo, vampiros y jinetes sin cabeza. Aquello, pensaban los demás, eran tonterías. Tú no estabas tan segura. El hecho de que no se manifestaran aquellos seres a todo el mundo sólo probaba una cosa: su carácter sobrenatural.

Conocías de oídas el aspecto de los gnomos, las hadas, los elfos y otros seres fantásticos. Sin embargo, eran otros los que te parecían irresistibles: Gigantes que gritan “¡Fi-fai-fó-fúm!”, mujeres sin ropa, a horcajadas sobre escobas voladoras, genios que brotan de lámparas de aceite con sólo frotarlas, el hombre que recoge niños traviesos para meterlos en un costal, la bruja del bosque, acechante desde una preciosa cabaña que disfraza sus malévolas intenciones, aquellas que todos sabemos, los hombres de las nieves, cubiertos con un pelaje como de oso, los que, ciegos, habitan bajo la superficie de la tierra, los que son aéreos y alados como los ángeles pero cuyos actos desmienten su aspecto celestial, el ave que vuela hacia atrás, la serpiente que se llama ouroboros y representa el infinito, los seres que generan los vientos y pueden soplar días enteros sin que se agote el aliento de sus pulmones, la criatura que se arrastra bajo las arenas y parece un gusano pero es gigantesco, como cien hombres tendidos uno tras otro, el hombre primitivo y salvaje que vive en los fangales, sólo gruñe y cuya sangre es un veneno fatal, la hermosa mujer muda que seduce a los viajeros, se deja poseer por ellos y después se marcha dejándolos muertos en los caminos, las salamandras que habitan el fuego, el animal que llora todo el tiempo y va dejando un rastro de lágrimas que sirve a sus captores de pista, el pulpo gigantesco que vive en el fondo de los mares más profundos y el animal que tiene un solo ojo, una mejilla, una mano, una pierna, medio cuerpo y medio corazón.

En algún lugar conseguiste un libro que hablaba sobre los griegos. Tus ojos, redondos como platos, leyeron la historia de Hades, el dios del infierno, de Proserpina, su esposa y del lago Estigia, sobre el que han de navegar los muertos en compañía de Caronte para llegar, tras un trayecto que para los hombres comunes es siempre irreversible, al destino final. Antes, las tres parcas deben cortar el frágil hilo de la vida. Se te enchinaba la piel de imaginártelas compartiendo un mismo ojo. Aquellas brujas decrépitas se merecían aquél trabajo que nadie más hubiera podido cumplir toda la eternidad. Pensabas en la inmensa madeja que debían formar las vidas de todos los hombres y mujeres que habitan la tierra. Sólo algunos héroes mitológicos habían regresado de ahí, pues un enorme perro negro con tres cabezas y dientes afiladísimos, Cancerbero, cuidaba la entrada del lugar. Para el muerto común y corriente, era imposible la huída. En el interior de aquella tierra formada de siete círculos, había tormentos inimaginables como el viento, el fuego, el agua y la tierra.

También habías escuchado la leyenda de una mujer que fue desmembrada y vuelta a armar uniendo los pedazos, de un hombre que se arrojó al fuego para que el sol siguiera brillando y de un animal imposible con pico de ave, cuerpo de león y cola de serpiente, de hombres con medio cuerpo de caballo o de ciervo o de águila y de mujeres con serpientes en lugar de cabellos que se llamaban gorgonas y cuya mirada era letal. En tu imaginación, la mujer que recorría el laberinto dejando a su paso una hebra de hilo y aquél ser malvado mitad toro que devoraba a los que se perdían, eran reales. Te maravillaba que los dioses pudieran convertirse en cisnes y que preñaran simples hembras mortales, produciendo una casta de infelices que aspiraban a la divinidad pero debían morir como cualquiera. Los inmortales bebían ambrosía, vino y alimento a la vez, que escanciaba Ganímedes en copas del más puro cristal. El sabor de aquél néctar, pensabas, debía ser insuperable, único. Hubieras dado todo con tal de probarlo. También habías leído historias de alfombras que volaban, de cuevas repletas de oro que se abrían al pronunciar una palabra mágica, de sarcófagos con momias dentro y de maldiciones que se cumplían en quienes osaban profanar las tumbas, de príncipes convertidos en asquerosas ranas que debían ser besadas para probar su mágica condición, de flores que hablaban sin labios, de hombres hechos de roca, de individuos capaces de escuchar los sonidos ocultos de la naturaleza, de juegos de ajedrez infinitos y de la increíble historia de un hombre sanguinario e invencible que luchó miles de batallas con un cuerpo invulnerable al filo de las espadas enemigas hasta que la mala fortuna hizo que una flecha se le clavara en el talón, su único punto débil. Aquello fue una verdadera desgracia. Hubieras querido acompañar a los hombres que viajaban en una barca buscando el vellocino dorado bajo las órdenes de un capitán pusilánime, dominado por los dioses y lleno de dudas. A diferencia de ellos, Paloma, no habrías abandonado a Hércules y te arrepentirías de haber matado al esposo de la reina suicida, cuya muerte hizo que las ninfas lloraran hasta formar un estanque. Te habrías quedado con la soberana de aquella isla donde sólo hay mujeres, aunque las vírgenes sean viejas y canosas. Quisieras haber visto a los caballeros sentados en torno a una tabla redonda y habrías llamado aparte al mago, aquél hombre de larga túnica y barba gris y poderes insuperables, para que te hiciera algunas profecías personales. Tú le habrías revelado al joven Arturo la solución al enigma de las mujeres y te habrías presentado bella para Pércibal de día y de noche, sin el horror infinito de ser dos mujeres a la vez. Te hubieras ofrecido de voluntaria para acompañar a aquél inmortal a través de una vida que eran muchas vidas, y al final la misma. Darías todo por ver la lucha de los poderosos, enormes y terribles dioses hindúes que se narran un el ramayana, aquél libro que te provocaba dolores de estómago nada más de hojearlo, pues todo lo gigantesco es, por definición, horrible. Hubieras hecho cualquier cosa por presenciar la aventura de Odiseo y conseguir un boleto para abordar aquella nave que tardaría una eternidad en llegar a su destino. Si los hechos correspondieran a tus deseos, verías mamar a los gemelos las tetas de la loba y conocerías al médico antiguo que decía, convencido, que los estornudos eran sólo un poco de aire en la zona cribosa de un hueso llamado etmoides. Sin embargo, te asustaría al máximo escuchar los gritos impregnados de dolor y desesperanza de aquella mujer que vaga por las calles desiertas vestida de blanco y llamando a sus hijos, aquellos que la muerte le arrebató. Morirías de miedo al ver los ojos del bardo ciego que iba contando historias de una batalla por todas partes. Siempre una versión diferente de la misma batalla, pues la voz es flexible a los caprichos de la audiencia, la letra no. En aquellos ojos glaucos verías, como en una pantalla que sirve a todos los propósitos, ciudades arrasadas, dioses concupiscentes, mujeres raptadas, amigos enfrentados, lanzas rotas contra los escudos, asedios interminables, héroes vulnerados y muros inexpugnables pero lábiles a la astucia y al engaño. Llena de horror, habrías acercado la copa a los labios del viejo mentiroso y le preguntarías, mientras limpiabas su rala barba tiñosa, si todo aquello era verdad. Te miraría (sí, te miraría) con sus ojos incoloros y esbozaría una sonrisa de encías inflamadas antes de decir, como si no hubiera escuchado tu pregunta, pregúntate a ti misma, niña. Para vivir todas aquellas cosas, aunque fuera de noche solamente, habrías dado todo para ofrecer tu cuello a aquél hombre de afilados dientes y piel como cera que con una certera dentellada reventaría las venas de tu garganta y te haría inmortal, nocturna y poderosa. La única condición, Paloma, era renunciar a mirar las cosas bajo la prohibida luz del sol.

Entre las fantasías que poblaban tus anhelos había una en especial, tu favorita. Se trataba de una niña, Paloma, que podías ser tú o cualquiera. Una tarde, se quedaba dormida. Hasta aquí no había nada que superara la realidad. Sin embargo, aquella niña soñaba con un conejo apresurado que corría por todas partes con un reloj en la mano. Perdía de vista al conejo y, perseguida por la sonrisa de un gato perverso y fantasmal, exponía su cuello a los designios volubles de una reina neurótica que se divertía cortando cabezas. Te imaginabas que eras ella y que, retomando la pista del conejo, lo seguías para ver por qué se le hacía tarde. Llegabas a una curiosa mesa de té donde los convidados celebraban su no-cumpleaños. Atravesabas todos los espejos con solo desearlo. Comías y bebías lo que te pusieran enfrente. Eras, alternativamente, gigante y enana. Participabas en un ajedrez involuntario y regresabas para avanzar en aquél mundo alrevesado donde todo era lo contrario y había que recordar para olvidarlo todo. Si pudieras ser ella, interrogarías a la oruga que fumaba opio y escucharías atentamente la canción del hombre huevo que, cantando en el filo de un muro, sufría una caída y se quebraba. Siempre habías pensado que serías una excelente Alicia (así se llamaba la niña del cuento). Te encantaría escuchar las historias imposibles de aquél profesor de matemáticas a quien, por alguna razón (seguramente perversa), le gustaban las niñas y las llevaba a pasear por el lago en una barca para seducirlas con pastelillos y narraciones fantásticas. Te hubiera gustado sentarte en sus piernas y comer las golosinas que él habría llevado sólo para ti. Imaginabas que era un hombre suave y amable, dado a soñar pero dominado por el rigor de los números, que lo ataban a la tierra. No te inmutarías al sentir su urgencia mientras siguiera hablándote al oído con aquellas palabras tersas y bien articuladas que se deslizarían como sus dedos en tu interior. Al final del día, te entristecería dejarlo solo sabiendo cuánto te necesitaba. Sin embargo, debías regresar con tus padres para permitir que el anhelo de volver a verlo creciera nuevamente en ti, pero también para no despertar sospechas entre quienes pensaban que era un depravado. Estaban equivocados, pues jamás conociste un hombre más amable. Ni tú ni las demás habían ignorado jamás sus intenciones. La gente creía, erróneamente, que su corta edad les vedaba el acceso al significado de aquellas relaciones pero, nuevamente, se equivocaban pues la falta de edad no garantiza la pureza de los corazones. Quien así piensa ha olvidado su infancia. Te dolería ver cómo, conforme crecías y dejabas de ser niña, el maestro de matemáticas iría perdiendo su interés en ti; mirarías con ojos celosos a las advenedizas, niñas cuya lozanía le era irresistible. Sin remordimientos, se instalarían en su regazo, donde estuviste alguna vez. Poco a poco, las invitaciones a remar en el lago se harían escasas y tendrías la certeza de que ya no eras atractiva para aquél hombre que se deleitaba solo con la frescura que precede a la primera menstruación. El inicio de aquella sangre cíclica coincidiría con la última mirada amorosa, fija en el pasado como sucede siempre cuando se sabe que no volveremos a ver el rostro de la persona amada. Como despedida, te contaría otra historia fantástica, la mejor, destinada a consolidar en ti su recuerdo y a pactar un silencio que les convenía a ambos. La última palabra de aquella historia marcaría el principio de una añoranza que se extendería por siempre.

Así pasabas las tardes, Paloma, queriendo ser otras muchas personas. De todas ellas, sin embargo, habrías elegido ser la Alicia de aquél profesor solitario quien, para conseguir un poco de amor, debía inventar historias maravillosas, una de las cuales te pertenecería por siempre. Ésta sería tu posesión más valiosa. No la compartirías con nadie pues, como sucede con éstas cosas, perdería todo su valor si alguien más la escuchara.

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Aug 01

Dharmendra-Modha

por Andrés Borbón

El sueño de crear Inteligencia Artificial no es nuevo. Muchos recordarán los cuentos de Asimov como el ejemplo más claro y conocido de estas elucubraciones fantásticas. Sin embargo, es posible que la creación de seres artificiales inteligentes vaya más allá, más lejos en el tiempo. Si llevamos las cosas al extremo (y añadimos un poco de imaginación y herejía), el ser humano fue el primer experimento de inteligencia artificial, llevado a cabo por el primer visionario: Dios.

Muchos dirán que el proyecto falló, que el prototipo resultó más bien tonto, irascible, autodestructivo, sin las cualidades de su creador. Por desgracia (o no, según se vea), aquel ejemplar estaba dotado de la capacidad de reproducirse. Dios sintió lástima por él, y lo dejó existir. Como consecuencia de ese acto piadoso, ahora hay un punto en el universo —la Tierra— poblado por miles de millones de productos defectuosos.

La ciencia, esa palabra que usamos para designar el método que nos acerca al conocimiento, ha intentado replicar el experimento de Dios. Ahora poseemos aparatos capaces de hacer operaciones matemáticas, de permitirnos viajar a grandes velocidades, de realizar tareas diversas sin fatiga y, frecuentemente, sin la intervención humana. El concepto de inteligencia, sin embargo, es huidizo. Muchos argumentan que se trata de la capacidad de resolver problemas, mientras que otros dicen que es la habilidad de conceptualizar lo concreto, volviéndolo abstracto, generalizable. Los más heterodoxos introducen la variable emocional en el concepto y aquellos con una vena mística se dejan llevar por la noción de lo eterno, lo inasible o lo trascendental.

No obstante, ni los más inteligentes de entre nosotros saben a ciencia cierta qué es la inteligencia, y ello plantea una ruta circular que nos lleva al absurdo: ¿Cómo es posible que un sistema inteligente no reconozca sus propios atributos?

Pero los más prácticos dejan de lado estas consideraciones filosóficas y, para no perder el tiempo, basan su trabajo en paradigmas operativos: Si la máquina se comporta de la misma manera que otro sistema considerado inteligente, entonces es inteligente.

El liderazgo en esta aproximación (y el ejemplo más extremo, también) es el del centro de investigación de IBM, en Almaden, California y su División de “Computación Cognitiva”, lidereada por Dharmendra Modha, un científico de catadura nada convencional y que tiene la inusual habilidad de transmitir sus conocimientos en un nivel que la mayoría es capaz de comprender. Escribe un blog que tiene ya un año de existencia (ver aquí) y el lema del mismo es: “to engineer the mind by reverse engineering the brain”. La traducción de esta frase es algo escurridiza, ya que en español el verbo “ingenierar” no significa nada (que yo sepa), pero el mismo Modha lo explica en una entrevista realizada por la revista PC Magazine (Julio, 2007): “Estamos tratando de tomar todo el conocimiento neurocientífico y de integrarlo en una plataforma computacional unificada. La idea es recrear la ‘wetware’, usando hardware y software” (la traducción es mía).  Y lo dice en serio. Al momento en que se escribe esto, han logrado simular parcialmente el funcionamiento de la corteza de un ratón. Claro, Mickey Mouse lleva aún la ventaja, pues la máquina que utiliza Modha aún tarda 6 veces más en reproducir el pensamiento del roedor, que tiene sólo 16 millones de neuronas por hemisferio (el cerebro humano tiene 100 mil millones) y 8 mil sinapsis por neurona. Y no están usando una simple PC: El equipo de Modha tiene acceso a lo más sofisticado del mundo: La computadora Blue Gene/L, que posee la estratosférica cantidad de 8,192 procesadores, 4 millones de megas de memoria y 1 gigabit de ancho de banda en cada procesador. Blue Gene/L puede realizar 280.6 Teraflops por segundo (280,600,000,000,000 cálculos por segundo, según la terminología norteamericana). Pero eso no es todo: A fines de este año, IBM planea dar un paso adelante y pondrá en funcionamiento a Blue Gene/P, que triplicará la capacidad de la versión /L. Será la primera computadora capaz de sobrepasar el cuadrillón de operaciones por segundo (1,000,000,000,000,000). Para que nos demos una idea de lo que esto significa: Será tan poderosa como una pila de laptops de dos kilómetros y medio de altura.
    Los planes futuros del equipo lidereado por Modha son pasar del cerebro de ratón al de rata, y de ahí al de gato. Por supuesto, no se detendrán ahí: En un futuro lejano emprenderán la tarea de replicar el cerebro humano y, ¿quién sabe?… tal vez el de Dios mismo.

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Aug 01

por Andrés Borbón

Hace seis o siete años escuché por primera vez de una nueva tecnología, llamada eink, que podría traducirse como “Tinta Electrónica”.  En pocas palabras, se trata de un panel con miles de microcápsulas de un pigmento negro, que al ser estimuladas por una corriente eléctrica cambian de configuración, subiendo a la superficie o bajando. El artículo que leí en aquél entonces prometía que esta tecnología sería el futuro de la lectura, pues posibilitaría crear aparatos para leer libros electrónicos.

¿Qué ventajas tiene la eink?
1) Menor cansancio al leer por tiempos prolongados (No requiere retroiluminación, como en las pantallas de LCD).
2) Larga duración de la batería (Utiliza energía sólo al cambiar de página).
3) Aspecto semejante al papel.

Pasaron los años y, tras algunos retrasos, en septiembre del 2006 Sony lanzó al mercado el Sony Reader, con las siguientes características:
1) Tamaño de un libro de bolsillo.
2) Pantalla en blanco y negro de alta resolución (800 x 600 px).
3) Memoria integrada de 64 Mb.

Como toda mi vida he sido un apasionado de los gadgets (juguetitos electrónicos), hice hasta lo imposible para conseguir el aparatejo. Finalmente, lo compré a través de un amigo sudafricano radicado en Seattle que lo mandó a México, pues Sony no lo vende fuera de Estado Unidos.

Hace ya casi un año de esto, y sigo sorprendido por la versatilidad del aparato. La batería dura el equivalente a 7,500 cambios de página (unos 15 libros) y soporta varios formatos de archivo: PDF, RTF, TXT y LRF (formato propietario de Sony). En la vida real, hay que recargar la pila cada 3 ó 4 semanas, pero ello no es ningún inconveniente. En la memoria interna del aparato, es posible cargar aproximadamente 100 libros, pero eso no es todo, pues se pueden utilizar tarjetas de memoria, con la posibilidad de introducir 2000 ó 3000 libros en ellas (o más, dependiendo de la capacidad de la tarjeta y el tamaño de los libros). Una función interesante es que el Sony Reader tiene un reproductor de mp3 integrado, así que es posible escuchar música mientras se lee, aunque ello reduce considerablemente la duración de la batería.

Pero… ¿¿¿Y los Libros??? Evidentemente, un lector de eBooks (Libros Electrónicos) no sirve para nada sin eBooks. Bueno, pues hay dos aproximaciones a este problema: La cara y la barata. La cara, es comprar los libros directamente a Sony, con precios que van de los 10 a los 15 dólares por título (a veces más). La barata, es inacabable: Internet está llena de páginas con libros gratuitos y, sobre todo, Legales. Sitios como el Proyecto Gutemberg, La Biblioteca Cervantes, Manybooks, Yoescribo.com y decenas más distribuyen libros cuyos derechos de autor han caducado y/o se pueden utilizar libremente. ¿Todo Shakespeare? No hay problema. ¿Melville? ¿Thomas Mann? ¿El Arcipreste de Hita? ¿Herodoto? ¿Gorki? ¿Dostoievski?… las opciones son interminables, y riquísimas.

También se puede crear contenido propio y leerlo en el Sony Reader. Así, es posible llevar consigo libros de referencia, apuntes, obras literarias e, incluso, contenido web (RSS). Hay una intensa comunidad informática trabajando activamente alrededor de esta nueva perspectiva y, en un futuro cercano, será posible descargar automáticamente el periódico de hoy, los nuevos artículos de nuestra página favorita, los recientes posts de aquellos blogs entrañables y llevarlos bajo el brazo para leerlos cuando uno quiera.

Regresando al encabezado de este artículo: ¿Es éste el futuro de la lectura? Bueno, tal vez lo primero que tendríamos que preguntarnos es si la lectura tiene futuro, pero éste es motivo de otro artículo. Por el momento, la respuesta a la primera pregunta es NO, pero las cosas podrían cambiar dramáticamente en los próximos años, una vez que las casas editoriales se pusieran de acuerdo y unificaran el formato de los eBooks (hay decenas), que redujeran los precios y que los aparatos para leerlos fueran más accesibles. También se tiene que trabajar intensamente en los DRM’s (Derechos de Autor Digitales) y en el asunto de la piratería. En los Estados Unidos, las ventas de eBooks se han disparado a niveles insospechados, y ya es un negocio rentable, multimillonario. ¿Por qué? La respuesta tiene que ver con la conveniencia, la flexibilidad y, sobre todo, con la perdurabilidad: Los libros electrónicos no envejecen, sus hojas no se cuartean y, si están convenientemente resguardados, son eternos. Los detractores de este concepto dirán que la experiencia de leer un libro real (en papel) es incomparable. El libro-objeto, espero, existirá por siempre. Sin embargo, ahora hay nuevas opciones y pronto veremos a un número creciente de personas accediendo a las bibliotecas digitales y a un mundo de lectura globalizado, sin fronteras, ilimitado.

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Aug 01

Sonechka-220

(Sónechka, Ludmila Ulítskaya; Era, 2007)

Por Andrés Borbón

No resulta sorprendente que los personajes literarios sean, de vez en cuando (como algunos de sus creadores), amantes de los libros. Sin embargo, la rusa Ludmila Ulítskaya (bióloga, genetista, disidente y escritora tardía) lleva las cosas más allá y en ésta su primera novela el personaje central es una lectora que —cito textualmente— “Caía en la lectura como en un desmayo, que terminaba con la última página del libro”. Ulítskaya califica el talento de su protagonista con el superlativo de genialidad y, al mismo tiempo, lo compara con un tipo de demencia. La discordancia es, sin embargo, precisa: Sónechka era casi incapaz de vivir fuera de los libros pero, eso sí, leía como una artista. Sus aptitudes de lectora superaban con frecuencia a los propios autores, cuyas obras se beneficiaban de una poderosa imaginación que no descansaba ni siquiera durante el sueño.

Ésta atípica heroína habría de convertirse (la conclusión parece obvia) en guardiana de libros, en bibliotecaria. La fea Sónechka, de amplias espaldas, nalgas lisas, mirada pobre, pechos grandes y nariz de pera, conocería al único hombre de su vida en la biblioteca. Robert Víctorovich, un artista en desgracia, le hará concebir a Tania, su única hija y futura lesbiana. Una sucesión de pobrezas y la dureza de un régimen inhumano llevarán a la familia de mal en peor. Sin embargo, el talento de Víctorovich jamás sería puesto en duda. Se trata de un individuo viejo, esmirriado, corto de estatura y, al final, adúltero. Sónechka, sin embargo, lo aguanta todo y se convierte en la guardiana de aquella prole atípica: El marido pintor, la hija aspirante a artista e Iasia, una beldad blanca, perversa y etérea como la nieve que entrará en la casa familiar en calidad de huérfana protegida. Después, se convertirá en la manzana de la discordia que tensará las relaciones entre padre e hija. Iasia elige al pintor, quien ve resurgir su inspiración y crea las mejores obras de su vida, una sucesión de retratos blancos como su musa. Tania, ofendida, se va de casa y Sónechka se queda sola. ¿Qué hace con su soledad? La respuesta parece obvia: Lee, sólo lee.

Acostumbrados a los triángulos, a las diadas, el cuadrángulo que nos ofrece Ulítskaya es triste y revelador al mismo tiempo: Víctorovich y Tania aman a Iasia, Iasia no ama a nadie y Sónechka los ama a todos, pero no a sí misma. El viejo pintor es un títere de sus propias pasiones y la verdadera tensión narrativa discurre entre nuestras tres protagonistas. Inteligencia, carácter y belleza. Amor, egoísmo y lealtad. Prudencia, visceralidad y desapego… La autora nos muestra algunas de las posibles caras de una mujer, pero las concibe cercanas, interdependientes, complementarias. No resulta muy aventurado decir que todas son en realidad una sola: Las tres caras de un polígono imposible.

¿Quién es esa mujer que imagina Ulítskaya? Me atrevo a decir que es la otra, la ausente, la añorada.

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Aug 01

Pieza-Unica-220

(Milorad Pavic, Sexto Piso, 2007).

Por Andrés Borbón

La hermosa edición de Sexto Piso contiene dos volúmenes en lugar de uno, en una caja con el nombre de la obra. Hasta aquí, nada extraordinario. Sin embargo, pronto es evidente que no se trata de lo que pensábamos, pues no hay continuidad entre ambos libros.

La segunda sorpresa viene del texto mismo. El inicio es desconcertante: Pavic nos presenta, desde la primera página, al protagonista de la historia: Aleksandar Klozevits, un andrógino que se hace llamar Sandra cuando actúa como mujer y Aleksa, si adopta una apariencia masculina (cabeza rasurada, arete en la ceja). Las sorpresas no paran aquí, pues Klozevits tiene, además de la de criminal, una profesión nada convencional: Vendedor de sueños. Pero no se trata de sueños comunes y corrientes, sino de sueños futuros, y el precio que cobra va desde un felatio (para Aleksa) hasta una vida humana, perpetrada bajo la impunidad de una cercana muerte.

Los primeros capítulos transcurren en una especie de hipnosis olfatoria. Los personajes se nos presentan mediante el olor de sus perfumes y afeites más que por su aspecto físico. El tono onírico (por supuesto) está marcado por un manejo algo arbitrario del tiempo. Un personaje puede enfermar de cancer, ser hospitalizado al siguiente día y morir una semana después, de una metástasis soñada o real, la decisión es del lector. Los hechos transcurren con la velocidad de los sueños: Extensos close ups a detalles mínimos, lentas reflexiones en tres interminables líneas y, después, escenas que suceden a toda velocidad pero que conservan el rigor y la precisión de una sinfonía. Y Pavic no pierde nota. Cuando pensábamos que la novela estaba ya cerrándose sobre sí misma, aparecen los capítulos finales, durante los cuales el que lee siente la tentación de regresar sobre sus pasos y comprobar algunos datos, pero ello equivaldría a hacer trampa.

Queda en el lector, también, resolver algunos otros aspectos de los crímenes con la ayuda del segundo libro: El cuaderno de notas de Eugen Stross, el investigador asignado al caso. Aunque es posible detener la lectura tras el primer volumen, el ejercicio propuesto por Milorad Pavic no concluye hasta que el lector aborda el Libro Azul y se enfrenta a las mismas interrogantes que el detective, un hombre poco convencional y dado a ejercer su profesión de una manera circular, obsesiva.

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Aug 01

borges-220

Por Andrés Borbón.

En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Borges afirma: “…los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. Pocas líneas más abajo, se arrepiente y declara: “Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are abominable) porque lo multiplican y lo divulgan”. Cualquier lector de Borges sabrá que pocas cosas en él son accidentales y aquí, en menos de una página, el autor capitula y disfraza, ambas cosa a la vez. Sin embargo, se asegura que la primera frase permanezca en la memoria por encima de la otra, que adorna y dificulta al introducirla en mitad de un pasaje farragoso, transitado de citas cultas (falsas, por supuesto). Así es Borges, quien deja caminar a tantos hijos literarios y quien, sin embargo, se espeluzna de la paternidad, de la progenie, o de la cópula. Son numerosas las repeticiones de esa metáfora aterrorizante en su obra. El Gólem es, tal vez, la representación más evidente de este miedo y, ni siquiera siendo cuento, se atreve a insinuar la verdadera naturaleza de su horror. Aprovecha la leyenda judía y crea un hijo asegurándose de poder matarlo con sólo borrar una letra, así como se vale de la mitología griega y ejerce un castigo semejante (¿peor?) sobre Asterión y lo encierra, lo vuelve peligroso, merecedor de la muerte.

Pero el ejemplo más claro (y el más hermoso) de este temor constitucional, nos lo regala en 1944 cuando en Ficciones incluye una de sus mejores prosas: Las Ruinas Circulares donde el protagonista (el hombre gris, el mago, el mismo Borges) llega al redondel de piedras coronado con la efigie de un tigre. Se impone la autoflagelación por lo que ha de hacer y, mareado y ensangrentado, se dispone a realizar el prodigio que le aguarda en el futuro. Los demás hombres le temen (él se teme) y se dispone a soñar un hombre (un hijo), proyecto que había agotado el espacio entero de su alma. Primero se sueña grande, sabio, generoso y trata de sustituir al hijo con un grupo de alumnos, pero se da cuenta de su propio embuste y cambia el colegio por un solo y sobresaliente alumno y vuelve a avergonzarse de aquella paternidad forzada, de cartón. Reconoce su verdadero deseo y, antes de emprender la tarea (el coito), espera la luna llena, se purifica y adora a los dioses. Construye al hijo de adentro hacia fuera, como sucede en la realidad del vientre materno y, por un momento, está a punto de destruirlo (se arrepiente de no haberlo hecho). Pide ayuda a los dioses para infundirle un alma y se la conceden. El demiurgo, entonces, dice Ahora estaré con mi hijo. Se sabe indispensable para insuflarle vida, si no alma. Besa al hijo y, una vez vivo, el mago (Borges) se llena de hastío y comienza a darse cuenta que el hijo le roba la propia vida (el alma) y compite con él por el azoro de los naturales. Se encela. Finalmente, Borges genera (inventa) una catástrofe contradictoria y organiza un incendio que no mata al mago y lo vuelve consciente, aterradoramente, de la misma debilidad que al hijo: su inmunidad al fuego. En el fondo, lo que le asusta al mago (al autor) es saberse generado por otro, más poderoso, y la progresiva disminución del poder que (ahora lo sabe) ha heredado e, implícitamente, malgastado en su progenie.

La única alusión directa de Borges al coito como hecho (no como idea) ocurre en Emma Zunz (El Aleph, 1949) y es la mujer quien lo busca con un desconocido. Dicho acto sirve de excusa a la protagonista para cometer otro que, en comparación al primero, es menos terrible: El asesinato. Hábilmente, coloca en el texto algunas atenuantes: El suicidio del padre y la víctima traidora. Sin embargo, el motor del crimen no es el odio, sino el coito, que le da sentido a la otra muerte. Justifica el asesinato del hombre acusándolo de violación. El alegato de aquél primer crimen horrendo (en su esencia, no en las circunstancias) sirve a Borges para construir una trama policiaca de la que se vale para hacer verosímil la historia.

El horror ante la paternidad tiene dos vertientes en el Borges literario: La cópula y la progenie. La primera desmiente la autosuficiencia del hombre. La segunda, debilita al progenitor. Eso, por lo menos, en un plano abstracto. Concibe a los hombres (a los personajes) como seres que, en circunstancias ideales, merecen la unicidad. Tal “singularidad” sufre las amenazas de la realidad, donde los seres humanos formamos un punto en la línea. Así, el mago de Las Ruinas Circulares se espeluzna de haber sido creado, Emma Zunz se siente con el derecho de matar por haber copulado y el artífice del Gólem se arrepiente de haber engendrado. Tres momentos en la misma secuencia.

Más allá de esto (por añadidura), la abominación de Borges se extiende a los espejos, metáfora del otro, del sí mismo proyectado en un punto alternativo del espacio (como la paternidad). El horror último es, tal vez, el que perfila en Animales de los Espejos (El Libro de los Seres Imaginarios, 1967) donde cuenta cómo los habitantes de estos cumplen una condena ancestral que les impone repetir nuestros movimientos. Sin embargo, son otros. Con dichos antecedentes, Borges insinúa la duda: ¿Y si la imagen no desaparece cuando apartamos la mirada del espejo?

Borges no inventó este miedo ni lo inauguró como tema literario. Hizo algo mucho más importante: Lo transformó en motivo de una genealogía perdurable: Él, sus libros, sus lectores.

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