(fragmento de la novela: La voz que te nombra, por Andrés Borbón)
Desde niña, Paloma, creías en la veracidad de todas las leyendas y tomabas su significado al pie de la letra. Es una contradicción decir que no eras supersticiosa pero, en efecto, podías pasar debajo de cualquier cantidad de escaleras y dejar que se atravesaran en tu camino todos los gatos negros del mundo sin que te diera miedo. Por el contrario, un aullido en la oscuridad o el simple rumor de los árboles en la noche te ponían los pelos de punta, sobre todo si la luna estaba llena o habías estado pensando en espantos, cosa muy frecuente en ti. Tenías un libro, Paloma, que hablaba de Blemias, Esciápodos, pájaros Rokh y Panocios y te gustaba imaginar aquellos hombres sin cabeza, con un solo pie o con las orejas tan grandes que podían cubrirse completamente con ellas. Pero tus favoritos eran aquellos pájaros monumentales que arrancaban a los hombres de la tierra sin que se dieran cuenta. Había un cuento en especial. Se llamaba “Cuervos y Ojos” y decía:
“Los ojos son preciosos para los cuervos, es cierto. Sin embargo, es falsa la afirmación de que los arrancan.
Hay un ave enorme, pariente suya, que los árabes llaman pájaro Rokh. Es tal su fuerza y velocidad, que arrancan al hombre del suelo con sus garras pero dejan flotando los ojos en el aire, fija la mirada en lo que estaban viendo antes de que hurtaran su cuerpo. Tras un instante, los ojos caen al suelo y los cuervos se los llevan. Una vez en su nido, los escudriñan con sus pupilas amarillas y buscan la última imagen que observó el muerto. Normalmente se los comen, pero si resulta que el ojo, en el preciso instante de morir, miraba al pájaro Rokh, los cuervos cantan loas y los guardan como un preciado tesoro.
Usan esos ojos para enseñar a sus polluelos la apariencia del lejano pariente, que es un mito aún para ellos, pues vuela tan rápido que sólo los ojos de los muertos conservan la fugaz imagen del ave de las Mil y una Noches, libro que los cuervos —sin haberlo leído— conocen de memoria.”
Aquél relato exaltaba tu imaginación. Casi podías ver al pájaro Rokh volando a la velocidad de la luz o del pensamiento, daba lo mismo. Se precipitaría desde las alturas, arremetiendo contra su víctima tan rápido que jamás se daría cuenta de nada. Conocías (como los cuervos el libro de las Mil y una Noches) aquél cuento de memoria y, a veces, acostada en la oscuridad, lo decías en voz baja como una forma de exorcizar la penumbra de otros monstruos. Era preferible poblar aquellos espacios imaginarios con tus propias criaturas que esperar las que el miedo pusiera ahí. Así, Paloma, ahuyentabas a los fantasmas que te rondaban como si fueras el único mortal sobre la tierra. Sin embargo, no siempre funcionaba y acudían a ti imágenes de hombres lobo, vampiros y jinetes sin cabeza. Aquello, pensaban los demás, eran tonterías. Tú no estabas tan segura. El hecho de que no se manifestaran aquellos seres a todo el mundo sólo probaba una cosa: su carácter sobrenatural.
Conocías de oídas el aspecto de los gnomos, las hadas, los elfos y otros seres fantásticos. Sin embargo, eran otros los que te parecían irresistibles: Gigantes que gritan “¡Fi-fai-fó-fúm!”, mujeres sin ropa, a horcajadas sobre escobas voladoras, genios que brotan de lámparas de aceite con sólo frotarlas, el hombre que recoge niños traviesos para meterlos en un costal, la bruja del bosque, acechante desde una preciosa cabaña que disfraza sus malévolas intenciones, aquellas que todos sabemos, los hombres de las nieves, cubiertos con un pelaje como de oso, los que, ciegos, habitan bajo la superficie de la tierra, los que son aéreos y alados como los ángeles pero cuyos actos desmienten su aspecto celestial, el ave que vuela hacia atrás, la serpiente que se llama ouroboros y representa el infinito, los seres que generan los vientos y pueden soplar días enteros sin que se agote el aliento de sus pulmones, la criatura que se arrastra bajo las arenas y parece un gusano pero es gigantesco, como cien hombres tendidos uno tras otro, el hombre primitivo y salvaje que vive en los fangales, sólo gruñe y cuya sangre es un veneno fatal, la hermosa mujer muda que seduce a los viajeros, se deja poseer por ellos y después se marcha dejándolos muertos en los caminos, las salamandras que habitan el fuego, el animal que llora todo el tiempo y va dejando un rastro de lágrimas que sirve a sus captores de pista, el pulpo gigantesco que vive en el fondo de los mares más profundos y el animal que tiene un solo ojo, una mejilla, una mano, una pierna, medio cuerpo y medio corazón.
En algún lugar conseguiste un libro que hablaba sobre los griegos. Tus ojos, redondos como platos, leyeron la historia de Hades, el dios del infierno, de Proserpina, su esposa y del lago Estigia, sobre el que han de navegar los muertos en compañía de Caronte para llegar, tras un trayecto que para los hombres comunes es siempre irreversible, al destino final. Antes, las tres parcas deben cortar el frágil hilo de la vida. Se te enchinaba la piel de imaginártelas compartiendo un mismo ojo. Aquellas brujas decrépitas se merecían aquél trabajo que nadie más hubiera podido cumplir toda la eternidad. Pensabas en la inmensa madeja que debían formar las vidas de todos los hombres y mujeres que habitan la tierra. Sólo algunos héroes mitológicos habían regresado de ahí, pues un enorme perro negro con tres cabezas y dientes afiladísimos, Cancerbero, cuidaba la entrada del lugar. Para el muerto común y corriente, era imposible la huída. En el interior de aquella tierra formada de siete círculos, había tormentos inimaginables como el viento, el fuego, el agua y la tierra.
También habías escuchado la leyenda de una mujer que fue desmembrada y vuelta a armar uniendo los pedazos, de un hombre que se arrojó al fuego para que el sol siguiera brillando y de un animal imposible con pico de ave, cuerpo de león y cola de serpiente, de hombres con medio cuerpo de caballo o de ciervo o de águila y de mujeres con serpientes en lugar de cabellos que se llamaban gorgonas y cuya mirada era letal. En tu imaginación, la mujer que recorría el laberinto dejando a su paso una hebra de hilo y aquél ser malvado mitad toro que devoraba a los que se perdían, eran reales. Te maravillaba que los dioses pudieran convertirse en cisnes y que preñaran simples hembras mortales, produciendo una casta de infelices que aspiraban a la divinidad pero debían morir como cualquiera. Los inmortales bebían ambrosía, vino y alimento a la vez, que escanciaba Ganímedes en copas del más puro cristal. El sabor de aquél néctar, pensabas, debía ser insuperable, único. Hubieras dado todo con tal de probarlo. También habías leído historias de alfombras que volaban, de cuevas repletas de oro que se abrían al pronunciar una palabra mágica, de sarcófagos con momias dentro y de maldiciones que se cumplían en quienes osaban profanar las tumbas, de príncipes convertidos en asquerosas ranas que debían ser besadas para probar su mágica condición, de flores que hablaban sin labios, de hombres hechos de roca, de individuos capaces de escuchar los sonidos ocultos de la naturaleza, de juegos de ajedrez infinitos y de la increíble historia de un hombre sanguinario e invencible que luchó miles de batallas con un cuerpo invulnerable al filo de las espadas enemigas hasta que la mala fortuna hizo que una flecha se le clavara en el talón, su único punto débil. Aquello fue una verdadera desgracia. Hubieras querido acompañar a los hombres que viajaban en una barca buscando el vellocino dorado bajo las órdenes de un capitán pusilánime, dominado por los dioses y lleno de dudas. A diferencia de ellos, Paloma, no habrías abandonado a Hércules y te arrepentirías de haber matado al esposo de la reina suicida, cuya muerte hizo que las ninfas lloraran hasta formar un estanque. Te habrías quedado con la soberana de aquella isla donde sólo hay mujeres, aunque las vírgenes sean viejas y canosas. Quisieras haber visto a los caballeros sentados en torno a una tabla redonda y habrías llamado aparte al mago, aquél hombre de larga túnica y barba gris y poderes insuperables, para que te hiciera algunas profecías personales. Tú le habrías revelado al joven Arturo la solución al enigma de las mujeres y te habrías presentado bella para Pércibal de día y de noche, sin el horror infinito de ser dos mujeres a la vez. Te hubieras ofrecido de voluntaria para acompañar a aquél inmortal a través de una vida que eran muchas vidas, y al final la misma. Darías todo por ver la lucha de los poderosos, enormes y terribles dioses hindúes que se narran un el ramayana, aquél libro que te provocaba dolores de estómago nada más de hojearlo, pues todo lo gigantesco es, por definición, horrible. Hubieras hecho cualquier cosa por presenciar la aventura de Odiseo y conseguir un boleto para abordar aquella nave que tardaría una eternidad en llegar a su destino. Si los hechos correspondieran a tus deseos, verías mamar a los gemelos las tetas de la loba y conocerías al médico antiguo que decía, convencido, que los estornudos eran sólo un poco de aire en la zona cribosa de un hueso llamado etmoides. Sin embargo, te asustaría al máximo escuchar los gritos impregnados de dolor y desesperanza de aquella mujer que vaga por las calles desiertas vestida de blanco y llamando a sus hijos, aquellos que la muerte le arrebató. Morirías de miedo al ver los ojos del bardo ciego que iba contando historias de una batalla por todas partes. Siempre una versión diferente de la misma batalla, pues la voz es flexible a los caprichos de la audiencia, la letra no. En aquellos ojos glaucos verías, como en una pantalla que sirve a todos los propósitos, ciudades arrasadas, dioses concupiscentes, mujeres raptadas, amigos enfrentados, lanzas rotas contra los escudos, asedios interminables, héroes vulnerados y muros inexpugnables pero lábiles a la astucia y al engaño. Llena de horror, habrías acercado la copa a los labios del viejo mentiroso y le preguntarías, mientras limpiabas su rala barba tiñosa, si todo aquello era verdad. Te miraría (sí, te miraría) con sus ojos incoloros y esbozaría una sonrisa de encías inflamadas antes de decir, como si no hubiera escuchado tu pregunta, pregúntate a ti misma, niña. Para vivir todas aquellas cosas, aunque fuera de noche solamente, habrías dado todo para ofrecer tu cuello a aquél hombre de afilados dientes y piel como cera que con una certera dentellada reventaría las venas de tu garganta y te haría inmortal, nocturna y poderosa. La única condición, Paloma, era renunciar a mirar las cosas bajo la prohibida luz del sol.
Entre las fantasías que poblaban tus anhelos había una en especial, tu favorita. Se trataba de una niña, Paloma, que podías ser tú o cualquiera. Una tarde, se quedaba dormida. Hasta aquí no había nada que superara la realidad. Sin embargo, aquella niña soñaba con un conejo apresurado que corría por todas partes con un reloj en la mano. Perdía de vista al conejo y, perseguida por la sonrisa de un gato perverso y fantasmal, exponía su cuello a los designios volubles de una reina neurótica que se divertía cortando cabezas. Te imaginabas que eras ella y que, retomando la pista del conejo, lo seguías para ver por qué se le hacía tarde. Llegabas a una curiosa mesa de té donde los convidados celebraban su no-cumpleaños. Atravesabas todos los espejos con solo desearlo. Comías y bebías lo que te pusieran enfrente. Eras, alternativamente, gigante y enana. Participabas en un ajedrez involuntario y regresabas para avanzar en aquél mundo alrevesado donde todo era lo contrario y había que recordar para olvidarlo todo. Si pudieras ser ella, interrogarías a la oruga que fumaba opio y escucharías atentamente la canción del hombre huevo que, cantando en el filo de un muro, sufría una caída y se quebraba. Siempre habías pensado que serías una excelente Alicia (así se llamaba la niña del cuento). Te encantaría escuchar las historias imposibles de aquél profesor de matemáticas a quien, por alguna razón (seguramente perversa), le gustaban las niñas y las llevaba a pasear por el lago en una barca para seducirlas con pastelillos y narraciones fantásticas. Te hubiera gustado sentarte en sus piernas y comer las golosinas que él habría llevado sólo para ti. Imaginabas que era un hombre suave y amable, dado a soñar pero dominado por el rigor de los números, que lo ataban a la tierra. No te inmutarías al sentir su urgencia mientras siguiera hablándote al oído con aquellas palabras tersas y bien articuladas que se deslizarían como sus dedos en tu interior. Al final del día, te entristecería dejarlo solo sabiendo cuánto te necesitaba. Sin embargo, debías regresar con tus padres para permitir que el anhelo de volver a verlo creciera nuevamente en ti, pero también para no despertar sospechas entre quienes pensaban que era un depravado. Estaban equivocados, pues jamás conociste un hombre más amable. Ni tú ni las demás habían ignorado jamás sus intenciones. La gente creía, erróneamente, que su corta edad les vedaba el acceso al significado de aquellas relaciones pero, nuevamente, se equivocaban pues la falta de edad no garantiza la pureza de los corazones. Quien así piensa ha olvidado su infancia. Te dolería ver cómo, conforme crecías y dejabas de ser niña, el maestro de matemáticas iría perdiendo su interés en ti; mirarías con ojos celosos a las advenedizas, niñas cuya lozanía le era irresistible. Sin remordimientos, se instalarían en su regazo, donde estuviste alguna vez. Poco a poco, las invitaciones a remar en el lago se harían escasas y tendrías la certeza de que ya no eras atractiva para aquél hombre que se deleitaba solo con la frescura que precede a la primera menstruación. El inicio de aquella sangre cíclica coincidiría con la última mirada amorosa, fija en el pasado como sucede siempre cuando se sabe que no volveremos a ver el rostro de la persona amada. Como despedida, te contaría otra historia fantástica, la mejor, destinada a consolidar en ti su recuerdo y a pactar un silencio que les convenía a ambos. La última palabra de aquella historia marcaría el principio de una añoranza que se extendería por siempre.
Así pasabas las tardes, Paloma, queriendo ser otras muchas personas. De todas ellas, sin embargo, habrías elegido ser la Alicia de aquél profesor solitario quien, para conseguir un poco de amor, debía inventar historias maravillosas, una de las cuales te pertenecería por siempre. Ésta sería tu posesión más valiosa. No la compartirías con nadie pues, como sucede con éstas cosas, perdería todo su valor si alguien más la escuchara.
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